Los principales funcionarios de EE. UU. Y China se pusieron manos a la obra para las cámaras, pero bien se podrían hacer concesiones a puerta cerrada. Por RICHARD JAVAD HEYDARIAN19 DE MARZO DE 2021

Lejos de allanar el camino para un “restablecimiento” suave en las relaciones entre Estados Unidos y China, la tan esperada reunión de alto nivel en Anchorage, Alaska, pareció confirmar el hecho de que las dos superpotencias están atrapadas en una “Nueva Guerra Fría” de facto. . “

La reunión de “dos más dos” entre el secretario de Estado estadounidense Antony Blinken y el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan con sus homólogos chinos Wang Yi y Yang Jiechi tuvo un comienzo tumultuoso, ya que ambas partes tomaron posiciones intransigentes ante las cámaras.

En lugar de explorar un terreno común y evitar la peligrosa escalada de varias tensiones bilaterales, cada lado jugó con su audiencia nacional adoptando una posición maximalista.

Como prometieron, los funcionarios estadounidenses ignoraron las “líneas rojas” de China al plantear directamente cuestiones delicadas de derechos humanos en China, incluso en lo que respecta al tratamiento de las minorías musulmanas uigures en Xinjiang y la represión de las protestas democráticas en Hong Kong.

Los dos diplomáticos más condecorados de China, que como embajadores en el pasado desempeñaron un papel fundamental en el restablecimiento de las tensas relaciones con Estados Unidos (Yang) y Japón (Wang), respondieron con su ahora característico estilo de “guerrero lobo”.

China inició acusando a sus anfitriones estadounidenses de violar los protocolos y retrasar el inicio de las conversaciones. Poco después estallaron los fuegos artificiales, y algunos participantes obviamente se salieron del guión con posturas espontáneas ante las cámaras.

A pesar de la advertencia de Wang, Blinken cumplió su promesa de plantear cuestiones de “línea roja”, incluidos los ciberataques chinos, su trato a las minorías uigures en Xinjiang y el aplastamiento de las protestas democráticas en Hong Kong.

“La alternativa a un orden basado en reglas es un mundo en el que el poder hace lo correcto y el ganador se lleva todo y ese sería un mundo mucho más violento e inestable”, dijo Blinken de manera provocativa.

Yang respondió de inmediato en un largo monólogo, acusando a Estados Unidos de ser el “campeón” de los ataques cibernéticos y cuestionando su ascendencia moral para hablar sobre cuestiones de derechos humanos y democracia.

“Mucha gente dentro de los Estados Unidos en realidad tiene poca confianza en la democracia de los Estados Unidos”, dijo, citando la violencia policial contra los afroamericanos y las consiguientes protestas Black Lives Matter en el país.

El ex embajador en los EE.UU. pasó a criticar el comentario de Blinken como no “normal”, mientras que curiosamente hizo un descargo de responsabilidad de que tampoco era su diatriba.

Luego, el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan hizo una réplica en una crítica inequívoca del sistema autoritario de China al afirmar que “un país seguro de sí mismo es capaz de mirar detenidamente sus propias deficiencias y buscar constantemente mejorar, y esa es la salsa secreta de Estados Unidos”.

Yang respondió diciendo: “¿Es esa la forma en que esperaba llevar a cabo este diálogo?”, Según el traductor de su delegación, lamentándose sarcásticamente: “Creo que pensamos demasiado bien en Estados Unidos. Estados Unidos no está calificado para hablar con China desde una posición de fuerza “.

Pronto, se pidió a los periodistas que abandonaran la sala, ya que ambas superpotencias pasaron a varias rondas de reuniones privadas durante dos días. Según los informes, las conversaciones a puerta cerrada anteriores fueron “sustantivas, serias y directas”, según funcionarios estadounidenses.

Se espera que las conversaciones privadas se concentren en una serie de entregables, lo que podría allanar el camino para una cumbre de alto perfil entre el presidente estadounidense Biden y el presidente chino Xi Jinping el próximo mes, probablemente el Día de la Tierra (22 de abril) para resaltar sus esfuerzos compartidos para Combatir el cambio climático global.

Ambas partes también están explorando un diálogo institucionalizado de alto nivel para facilitar la gestión de las tensiones bilaterales. La administración Biden está considerando proponer varios frutos a la mano, de los cuales China puede prometer concesiones inmediatas antes de cualquier cambio radical en su sistema político o política exterior.

Por su parte, según los informes , China quiere cambios concretos en la política de Estados Unidos, incluida la revocación de las sanciones de la era de Trump a empresas e individuos chinos. En particular, Beijing quiere que la administración Biden:

(i) eliminar las restricciones a la exportación, incluso sobre insumos tecnológicos clave, a los campeones nacionales chinos como Huawei Technologies y Semiconductor Manufacturing International  Corp;

(ii) restricciones de visado revertidas a ciertos miembros del Partido de la Comunidad China, así como a estudiantes y periodistas de los medios de comunicación estatales chinos en campos sensibles de la ciencia y la tecnología; y reabrir el consulado chino en Houston.

A cambio, China también podría levantar las sanciones a las exportaciones industriales y agrícolas de Estados Unidos, así como hacer ciertos ajustes en su política industrial para apaciguar los temores de prácticas de inversión depredadoras.

China también parece decidida a establecer un mecanismo recíproco de “pasaporte de vacunas”, que legitimará en parte sus propias vacunas Covid-19, que aún no han sido aprobadas por los principales países occidentales.

Ambas partes expresaron bajas expectativas de cualquier avance antes de la reunión. No obstante, señalaron su compromiso de aprovechar al máximo la confab “única” a través de discusiones prolongadas en varias rondas de reuniones a puertas cerradas probablemente más productivas , que estaban programadas para terminar a las 10 pm hora local del viernes.

Poco después de las elecciones estadounidenses en noviembre, China comenzó a comunicarse con los asistentes del presidente electo Biden  en un esfuerzo por revertir las enconadas tensiones bilaterales bajo la antigua administración de Donald Trump.

La reunión de Alaska, según el Ministerio de Relaciones Exteriores de China, fue idea de la nueva administración estadounidense, con Biden señalando una nueva era en la política exterior estadounidense y rechazando el unilateralismo de “Estados Unidos primero” de su predecesor.

“La parte estadounidense propuso sostener este diálogo estratégico de alto nivel, que creemos que es significativo … [para que] las dos partes puedan tener un diálogo sincero sobre temas de interés mutuo”, dijo el Ministerio de Relaciones Exteriores de China a The Wall Street Journal antes de la reunión.

China dejó en claro que esperaba que la reunión brinde la oportunidad de “volver a encarrilar las relaciones entre China y Estados Unidos”.

En cuanto a la administración de Biden, dio la bienvenida a la reunión como una plataforma para mejorar la cooperación bilateral sobre el cambio climático y la salud pública mundial, especialmente en términos de la provisión de la vacuna Covid-19 a los países en desarrollo.

Sin embargo, en una vista previa del colapso diplomático que se exhibió temprano en Alaska, los altos funcionarios de ambos lados lanzaron salvas no diplomáticas antes de la reunión.

El martes, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki, admitió que esperan que “partes de la conversación … puedan ser difíciles”. 

Otro alto funcionario estadounidense dijo : “No tenemos expectativas poco realistas … Por supuesto, llegamos a estas discusiones con una visión muy clara sobre el historial bastante pobre de [China] en el cumplimiento de sus promesas”.

El portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, subió la apuesta al dejar en claro: “Ciertamente no tiraremos de los golpes al discutir nuestras áreas de desacuerdo”.

El gobierno de Biden prometió plantear francamente sus preocupaciones sobre el historial de derechos humanos de China, así como su creciente presencia naval en aguas asiáticas y percibidas como prácticas comerciales y de inversión depredadoras.

Blinken también  pidió la liberación “inmediata e incondicional” de dos canadienses, Michael Spavor y el ex diplomático Michael Kovrig, actualmente detenidos en China bajo lo que muchos consideran cargos de motivación política.

Por su parte, el embajador de China en EE. UU., Cui Tiankai, admitió que “no tenemos grandes expectativas ni fantasías” y advirtió que “el prerrequisito para el diálogo y la comunicación entre cualquier país es que ambas partes tengan un espíritu de igualdad y respeto mutuo.”

El ministro de Relaciones Exteriores de China advirtió a Washington anteriormente sobre ciertas “líneas rojas”, incluida la discusión de asuntos políticos internos.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, pidió a la administración Biden que “deje de interferir en los asuntos de Hong Kong de China y se abstenga de seguir el camino equivocado”.

Es casi seguro que la reunión de Alaska no resolverá ninguno de estos temas clave a puerta cerrada. Pero a pesar de los fuegos artificiales públicos, la reunión todavía tiene el potencial de ayudar a romper el hielo en las relaciones bilaterales después de cuatro años de acritud bajo la administración Trump.

Publicado en Asia Times: https://asiatimes.com/2021/03/fireworks-and-fury-set-new-cold-war-tone-in-alaska/?mc_cid=27925b3103&mc_eid=3ab8a50a07

Por Denis Korkonidov (Periodista Federación Rusa)

La islamofobia se ha convertido en un fenómeno común de la vida en los Estados Unidos. La discriminación contra los musulmanes se ha vuelto muy notoria en el campo de la atención de la salud y en el hogar, cuando a las personas se les puede negar la asistencia médica o los servicios sociales solo por su afiliación religiosa. Tales restricciones, por supuesto, afectan negativamente la salud de la sociedad estadounidense.

Las manifestaciones de intolerancia religiosa, recibiendo un impulso adicional en relación con la guerra prolongada en Siria, los recientes ataques terroristas en Francia, Canadá, Bélgica, así como las declaraciones islamófobas de muchos políticos y diplomáticos, se han convertido en un sistema y se han convertido en un parte integral de la realidad estadounidense. Así, el número de crímenes registrados contra musulmanes en los Estados Unidos es ahora 5 veces mayor que antes de los eventos del 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo, el número total de crímenes por otros motivos, excluida la islamofobia, ha disminuido significativamente. . De ello se desprende que los estadounidenses comunes se han vuelto más intolerantes con los musulmanes, a quienes se considera los principales culpables de una mala vida.

Actualmente hay más de 3 millones de musulmanes en los Estados Unidos, la gran mayoría de los cuales son afroamericanos y árabes. Según los expertos, para 2050, los musulmanes constituirán la gran mayoría de la población estadounidense.

La principal razón de este fenómeno es la alta tasa de natalidad en las familias musulmanas, así como la creciente afluencia de migrantes, principalmente del mundo árabe. Al mismo tiempo, según los analistas, el crecimiento de las manifestaciones de islamofobia en la sociedad estadounidense es directamente proporcional al crecimiento del número de musulmanes. La población protestante blanca de Estados Unidos, que se está convirtiendo en una minoría etnoconfesional, no quiere renunciar a sus posiciones y se opone resueltamente a la rápida expansión del Islam. Mientras tanto, los expertos señalan que Estados Unidos jugó un papel muy importante en la difusión de las enseñanzas del profeta Mahoma, que, a través de la organización de revoluciones y guerras en los países árabes, obligó a la población local a emigrar, incluso a territorio estadounidense, trayendo la religión islámica. con ellos a su nuevo lugar de residencia.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE DOSSIER GEOPOLITICO

“Para afrontar los problemas de fondo, que no pueden ser resuelto por acciones de países aislados, es indispensable un consenso mundial”.

Es un hecho indiscutible que la tecnología hoy, ya está presente en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, merced al nuevo entorno en que nos hallamos inmersos y del cual somos parte, un lugar que nunca antes en la historia de la humanidad se haya experimentado en absoluto. De allí la afirmación de que nos encontramos ante un verdadero cambio epocál, donde la cuarta revolución industrial irrumpe en una etapa del sistema mundo.

También es dable expresar que en esta nueva era que tiene como principal actor a la revolución digital o la digitalización, donde la lucha entre potencias se manifiesta día a día, a cada momento por la supremacía tecnológica mundial, que en este momento de la historia no es ni más ni menos que el control de la tecnología de quinta generación 5G.

Para conocer cómo se llega a la Tecnología 5G se hace necesario realizar un breve recorrido histórico y saber de aquellas que la precedieron en el tiempo, empezando por la Tecnología 1G (1970-1980), ésta fue lanzada en Japón por la NTT en 1979 y corresponde a las primeras telefonías móviles. El 1G es analógico y permitieron a un pequeño grupo de abonados principalmente empresarios a comunicarse entre diferentes centros urbanos. Tecnología 2G (1980-2000), en esta generación de móviles ya se introduce protocolos de telefonía digital y permite entre otros SMS, FAX y MODEN, además de Roaming Internacional, llamada en espera, identificación de llamada, etc.; el móvil más reconocido de la época era el Nokia 3310, dispositivos con velocidades inferiores a 100 Kbit/S o 2.75G dependiendo de los diferentes estándares. 

Tecnología 3G (2003-2007), que utilizaba la conmutación de paquetes, con un ancho de banda de 5-20Mhz. Esta generación daba servicio de alta velocidad, internet inalámbrico fijo, de voz, videollamada, videoconferencia, navegación web, correos, mapas, música. En esta época sobresalieron los Blackberry y luego el Iphone el Smartphone que revoluciono la telefonía digital. Tecnología 4G (2007-2015), se basa en el estándar “LTE” que es el sucesor directo del 3G o 3G+, se basa en la tecnología IP que se alcanza por la convergencia entre las redes de cables y redes inalámbricas. También se caracteriza por un aumento significativo de tráfico de datos y puede alcanzar a los 150 Mb/s. De acceso a la internet móvil, televisión 3D, DVB, entre otras. El dispositivo sobresaliente de esta tecnología fue el Samsung Galaxy J1 Ace. 

Tecnología 5G (2015-2020) esta nueva generación usa la arquitectura inalámbrica abierta (OWA), utiliza tecnología de telefonía IP banda ancha, se prevé que para el 2025 una de cada cinco conexiones móviles se realizara sobre redes 5G, su velocidad máxima 10 Gbp/s y más ecológico entre otras bondades. El teléfono insignia de esta época Samsung S10.

Sin dudas que la conectividad 5G que está llegando a nuestra cotidianeidad tiene un sello mayoritariamente Asiático. Las marcas europeas han quedado rezagadas y las de EEUU luchan para frenar el embate proveniente de Asia, de allí radica la pelea por el liderazgo respecto a la tecnología de quinta generación donde la lista está liderada por Huawei, Samsung, Lg, ZTE y Ericsson.

Si bien la tecnología 5G aún no se ha implantado de lleno en todo el mundo pues aún son muy pocos los países que pueden poner en funcionamiento este tipo de alta tecnología y en la actualidad solo el 14% de la población mundial son usuarios merced a múltiples impedimentos de los propios Estados que no cuenta con la debida infraestructura para posibilitar el funcionamiento de la misma, por ende el número actual de países que operan, despliegan o comercializan en el mundo con Tecnología 5G son 38 entre ellos: Corea del Sur, Suiza, Emiratos Árabes, Finlandia, Reino Unido, España, Italia, Alemania, Japón, Irlanda, China, Rumania, Suecia, EEUU, Canadá, Austria, Tailandia y Bélgica, Australia, Nueva Zelanda y Brasil en nuestra región entre otros alrededor del mundo, en tanto Uruguay está en pleno despliegue de esta tecnología 5G y nuestro país Argentina junto a varios países cordilleranos están realizando recién inversiones en el 5G y se aguarda que para el 2025 el 60 de usuarios de todo el mundo tengan acceso a la misma.

Ahora bien, cuando afirmamos que la mencionada tecnología de quinta generación se halla pleno proceso de inversión, despliegue y comercialización en todo el mundo; el avance vertiginoso de la Tecnología en la actualidad parece no tener freno, debido a que nuevamente países Asiáticos continente que se ha apropiado de la vanguardia tecnológica en el presente; países como China ya ha lanzado al espacio el primer satélite 6G del mundo (Start Era-12 o UESTC), satélite que cuenta con un sistema óptico de detección remota para monitorear los desastres de cultivos y prevención de inundaciones e incendios forestales; a los efectos de verificar la tecnología 6G en el espacio, desde China afirman que esta tecnología 6G puede llegar a ser 100 veces más rápida que el 5G.

Cuando todo parecía que China había tomado la delantera en este tema trascendental y vaticino que para el 2035 se podría contar con este tipo de tecnología en el mundo; la empresa Surcoreana Samsung presento el pasado año su visión respecto a la comunicación en materia 6G, afirmando que su comercialización podría estar para el 2028, y para que esto se dé se, trabaja de lleno en tres pilares fundamentales que son: rendimiento, arquitectura y confiabilidad.

Algunos ejemplos y potencial de esta Tecnología 6G que ser distante a nuestra realidad ya se empiezan a entablar fechas menores a una década; entre ellos la velocidad que es una de las categorías que caracterizan a la Cuarta Revolución Industrial, estima que el 6G posee una máxima de datos de 1,000 Gbp/s y una latencia de aire inferior a 100 microsegundos, 50 veces la velocidad de datos máximos y una décima parte de latencia de 5G, en otras palabras y a efectos comparativos el 4g se mide en Megabyts, el 5G en Gigabyts y esta última que realmente se presenta como algo único en el mundo consta de una velocidad de 1 Terabyts.

De allí radica la importancia del presente trabajo académico, donde cada vez se hace más necesario la Regulación Global del Ciberespacio, ante el avance incierto de esta tecnología que pareciera sin lugar a dudas, viene a revolucionar toda la estructura de la red cableada inalámbrica, pero sin un freno regulatorio de la misma, poniendo en riesgo desde el simple y posible usuarios hasta los Estados mismos parte de la Comunidad Mundial.

La Cibergeopolitica es una realidad que no podemos negar y que nos indica e induce a entender lo que pasa en ese famoso quinto elemento que es el Ciberespacio y que sin una debida reglamentación, se abren puertas a limites impensados que busca esta tecnología 6G basada principalmente en Hologramas móvil de alta fidelidad, realidad extendida y replica digital; la velocidad que ya arranca de 50 a 100 veces más rápido que el 5G, dando paso de lleno con este tipo de velocidad a temas tan controvertidos en todo el mundo como la Inteligencia Artificial, el Transhumanismo, los Vehículos Autónomos, la revolución de los Smartphone, la atención Medica Digital (temas tratados en varios artículos desde el 2017 en adelante), Ciudades Inteligentes como una realidad inexcusable, y el nuevo estándar comunicacional que trata de las comunicaciones y transferencias de información bajo el agua.

Pero el análisis no culmina con los ensayos de la nueva tecnología 6G que aún no está en función, los avances siguen realizándose sin descanso más allá de todos los interrogantes que ésta ocasiona entre ellos principalmente los estándares éticos de la misma al momento de ser puesta en funcionamiento. 

Todo lo mencionado ut-supra, nos brindan datos y pistas importantes que no estaban en los planes de la mayoría de la población mundial, es que ya hay muchas teorías que esbozan que estamos antes los umbrales de la Quinta Revolución Industrial, y otros que afirman que esta nueva revolución se está dando en forma simultánea con la 4ta RI, y como puede ser que ya se esté hablando y pensado como un hecho concreto, si aún nos encontramos abrumados por los avances propios de la 4ta RI (big data, machine learnig, computación cuántica, internet de las cosas, XR, Industria 4.0, etc) y como si fuera poco ya asoma por el horizonte una nueva disrupción, llamada a sacudir otra vez los cimientos de la sociedad. En fin, hacemos alusión a la antes mencionada Quinta Revolución Industrial, atisbada en los principales foros económicos y tecnológicos del planeta; una revolución deseada por muchos y temidas por otros.

Por último, es menester saber tres puntos esenciales ante estas cuestiones que vienen a poner sobre tela de juicio más incertidumbres que certezas por no contar con una hoja de ruta clara hacia donde nos llevan estos avances sin una Regulación del Ciberespacio. Tampoco podemos negar que, a través del devenir de los tiempos en todas las revoluciones precedentes a la fecha, han tenido un denominador común donde hubo trabajos que desaparecieron y otros nuevos que se crearon, y por ello pensamos que no hay razón para pensar que la 4ta RI y la posible Quinta Revolución Industrial que se estaría dando en simultaneo a la precedente (4ta RI), vayan a quedar al margen de eta dinámica pre-existente.

Una de las voces que ya se han alzado y más precisamente en WEF fue la de Marc Benioff, fundador de Salesforce, quien afirmo que como lo exprese anteriormente la ETICA debe estar en el centro de la Quinta Revolución Industrial, que muchos afirman ya estar transitando; además otra característica a tener en cuenta es el abandonar la idea del crecimiento por el crecimiento mismo y poner los avances tecnológicos al servicio de los valores puramente humanos y de la inclusión. Entre los puntos sobresalientes de esta Quinta Revolución Industrial que muchos afirman estar ya en vigencia, repito en simultaneidad con la 4ta RI, los de:

  • Compatibilizar los beneficios y el progreso de la sostenibilidad, el cuidado del medio ambiente y el respeto de los derechos humanos.
  • Igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.
  • Lograr un mundo mejor, más eficiente y más productivo.
  • Facilitar la plena accesibilidad social y laboral.

Todos estos fundamentos para quienes venimos tratando la geopolítica de la internet y desde la cibergeopolitica hace ya varios años, muchos de estos puntos nos remiten directamente a los 17 puntos ODS de la ONU, que, al día de hoy, en lo que respecta a nuestra parte como centro de estudios y desde una perspectiva académica con un pensamiento netamente sudamericano, son más los cuestionamientos y preguntas sin respuestas las que se nos presentan y varios los temas a tratar que parecieran estar camuflados dentro de ese programa que se lleva adelante y pretenden implementar para el 2030. Lo repetimos cientos de veces y en cada lugar que tengamos que exponer o disertar, que primeramente la Falta de Regulación Global O Universal del Ciberespacio, hace que todo se torne turbio y la normativa quede en manos del más fuerte, quien impondrá su postura si es necesario a la fuerza, y esto ocurre por un pendiente que hasta el día de hoy han fracasado los organismos multilaterales que deberían abogar por una Regulación Definitiva y esto se logra con el conjunto de las partes integrante de la sociedad y desde una mirada: social, política, económica, educativa, religiosa, culturales, etc…

Por ultimo dejo una reflexión del Papa Francisco con una impronta ecuménica, que se desprenden de la Encíclica “Laudato Si” sobre los cambios tecnológicos y también a los efectos de que cada uno tomemos dimensión de los momentos cruciales que vivimos y afrontamos, agravados por una pandemia de por medio: “…Alegrarse ante los avances tecnológicos porque la ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, la Tecnociencia bien orientada puede producir cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano; pero no podemos ignorar que las tecnologías dan a quienes tienen el conocimiento, sobre todo el poder económico para utilizarla, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad en el mundo entero, nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarla bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo”.

Estos son los grandes desafíos estratégicos que nos esperan y nos deparan día a día, y de nosotros depende dejar que el avance sea con el ser humano como un mero instrumento de la tecnología o bregamos una lucha ininterrumpida para marcar el camino a los efectos de lograr una Tecnología con Alma.

DR. MARIO R. DUARTE

Abogado (UCASAL) Juez Adm. Faltas M/C (Ctes-ARG). Esp. Derecho Público (UCSF) Esp. Seg. Ciud. Y Prev. Del. (FILDSyS) Académico Argentino AICTEH (Valencia-ESP). Miembro Dossier Geopolitico (-ARG).Seminarian Biolaw and Bioetic (U. Georgentawn-EEUU).

https://actualidad.rt.com/actualidad/372700-china-lanzar-espacio-primer-satelite-6g-probar-tecnologia

https://news.samsung.com/co/samsung-la-tecnologia-6g-sera-una-experiencia-hiperconectada-para-todos

https://www.muycomputerpro.com/2020/12/21/tecnologia-6g

https://blog.masmovil.es/la-evolucion-de-la-tecnologia-movil-1g-2g-3g-4g/

Laudato Si – Autor: Papa Francisco – Editorial: Ediciones Paulinas. (2015)

El 15/2/2012 fui entrevistado por el Programa “Detrás de la Razón”, que conduce el Periodista mexicano Roberto de la Madrid, junto al Dr. Eduardo J. Vior, dos argentinos, analizando el futuro de Trump y la situación política interna de USA. que por supuesto tendrá efectos externos dado el rol de República Imperial que asumió luego de la Segunda Guerra Mundial y mas aún después de la desaparición de la Unión Soviética. 

Dossier Geopolitico Tanque de Ideas suramericano, cada dia tiene mas presencias en medios globales de habla hispana

¿Perdió o ganó? ¿O qué pierde y qué gana EEUU? El impeachment contra Donald Trump del cual se desprende que es dos veces inocente cuando lo acusan de villano violador de la Constitución, se volvió un show de cámaras y micrófonos que mostró lo que menos importa para analizar la situación estadounidense tanto social, económica como política. Si bien el impeachment que fue presentado como un acto necesario ante un acto grave el cual tenía que ser castigado según los demócratas, lejos de entrar en el si Trump fue culpable o no, si de verdad movió mentes Trump para que asaltaran el Capitolio o no, sí representa el estado esencial de la relación entre pueblo y política y entre pueblo y pueblo en sus diferentes aristas dentro de los EEUU. Ese el punto que analizaremos en este capítulo para ver la conformación de poder para los próximos 8 años, vitales para el reacomodo geopolítico. ¿Quién defiende a Trump que no lo pueden sentenciar o no es más que un reflejo de lo que pasa en lo más profundo del devenir de ese país? ¿Qué sigue para Biden, qué propone y cómo enfrentará al nuevo padrino de los republicanos que ya tiene oficina electoral virtual en el club de golf Mar-a-Lago?

15 años promoviendo semanalmente la Geopolitica, en este Programa

Análisis Radial Semanal de Geopolitica de Carlos Pereyra Mele para el Programa: el Club de la Pluma, que conduce el Periodista Norberto Ganci por la Radio Web al Mundo. 

TEMAS:

Sigue profundizandose el conflicto entre Atlantistas (EEUU y socios) y Continentalistas (China y sus socios) conflicto que conduce a un mundo Bipolar nuevamente

AUDIO:

En la columna semanal de geopolítica para el Club de la Pluma de este domingo, Carlos Pereyra Mele, director de Dossier Geopolítico, comienza hablando de la Guerra de las Vacunas en Europa, que la define como una ESTAFA para los ciudadanos europeos y también da una mirada a la tragedia del Covid que se sufre en EEUU, Brasil y Perú. 

Luego, el experto en geopolítica, entra de lleno en el reciente Foro de Davos, al que encuentra cambiando su contenido clásico neoliberal, ese de la Globalización asimétrica y del dictado de las doctrinas de Washington, para ser poco a poco el atalaya de las nuevas voces determinantes del mundo. 

Y con una licencia copernicana, hace girar a ese nuevo mundo en tres ejes. El de  EEUU, el de Rusia y el de China. Todos acompañados por el resto de potencias de segundo orden. 

Nos descubre el director de Dossier Geopolítico, a un foro de Davos que ya vivió épocas doradas y de lujo, y que por la derrota del atlantismo y del resurgir de las viejas potencias asiáticas, se agotan en él las influencias de las elites, y siente y sufre el fin del glamour imperial. 

Nos habla también de la presión de los dirigentes europeos a EEUU durante el evento, para regular las actividades de los gigantes tecnológicos y para que colabore en el diseño de los nuevos equilibrios mundiales. 

Destaca la contradicción del canciller de Washington, quien insiste en la teoría de la EXCEPCIONALIDAD NORTEAMERICANA y en el deseo QUE TODO VUELVA A SER LO DE ANTES, a pesar de la grave brecha interna de su país, de la enorme crisis económica y del terrible sinceramiento de Biden, con aquello de: ¡¡EN EEUU HAY HAMBRE!! 

Pereyra Mele desmenuza al detalle la participación de Putin, que afirma que el poder unipolar ha terminado y cuando anuncia el final de una economía solo para un puñado de millonarios, en un mundo de 7 millones de personas y el acabose de un modelo económico insostenible. 

Sigue con el presidente ruso, que reclama a la UE trabajar juntos por su historia y por su pertenencia. Y a la que pide dejar de ser una cadena de distribución de las órdenes de EEUU. Mientras sostiene que el monopolio de la naturaleza por una potencia, va en contra de la pluralidad histórica de la civilización.

A seguir, el politólogo define Globalización y Globalismo y pregunta:

¿Qué es el multilateralismo coordinado, y qué el selectivo? y ¿Qué significa resetear las relaciones internacionales? Todo en referencia a que el protagonismo de Putin y Xi Jinping demuestra que el mundo está inmerso en una dura pugna por los liderazgos. 

Asegura también que China es la única vencedora del 2020 y que Xi Jinping fue el gran ganador de éste foro de Davos, destacando algunos aportes como:

-“El mundo no volverá a ser lo que fue en el pasado”

-“La universalidad no puede ser una colmena gigante al servicio de una nación reina”

-“La excepcionalidad (Como la de EEUU) significa ir a contra mano de la evolución de la humanidad.”

-“Que lo inverso a esto sería la guerra, en cualquiera de sus versiones, incluso la guerra tradicional si se empeñan en que una sola potencia sea la que intervenga en todos los conflictos.” 

Y concluye con que estos conceptos son parte de una lógica muy oriental que encaja con nuestro principio argentino de “… todo en su medida y armoniosamente…” Precisamente lo contrario a la imposición de la tabla de valores absolutos de los anglos sajones, que obligan a las comunidades organizadas a ser comunidades subordinadas. 

Y Pereyra Mele va cerrando su alocución alertando de que para evitar que se desaten todos los demonios, es necesario un arreglo geopolítico entre las potencias o nos vamos hacia un enfrentamiento global, con consecuencias catastróficas, 

Y cierra sentenciando que ningún organismo internacional de Occidente ha servido ni ha sido útil, para dirigir y luchar contra la pandemia, lo que califica  esa evidencia, como un total fracaso humanitario. 

Son unos pocos minutos de relato simple y entendible, que nos permite comprender en profundidad la actualidad del mundo. 

Eduardo Bonugli

Por NAZANÍN ARMANIAN

“Es posible que hayamos creado un Frankenstein” dijo un arrogante Richard Nixon en 1994, pidiendo perdón a la historia por permitir la incorporación de China en el mercado libre sin conseguir hacerse con el control de aquella milenaria civilización y someterle como un “socio menor” bajo su liderazgo: la creación traicionó a su creador, insinuó, disimulando su profunda ignorancia sobre el pasado y el presente de aquella potencia asiática. Cierto que entonces consiguió la cooperación china para aislar a la Unión Soviética, pero aquel país se define por ser protagonista de una de las revoluciones populares más determinantes de la historia de la humanidad que no de los errores que han cometido algunos de sus dirigentes.

EEUU se queda sin ideas, ya no para subordinar a la República Popular de China sino para contener su ascenso económico y el aumento de su peso político en el mundo. La Administración Obama ideó el Pivote asiático, que iba a consistir en crear una amplia estrategia militar, diplomática y económica en Asia, con el respaldo de sus aliados, con el fin de establecer su supremacía en el continente. No funcionó, entre otras muchas razones porque EEUU incumplió su promesa de invertir en los países del sudeste asiático y sus infraestructuras, y el gobierno de Trump abandonó la Asociación Transpacífica, demostrándoles que no se puede fiar de los lideres caprichosos de EEUU. ¿Por qué, entonces, el equipo de Biden cree que, a pesar de la desastrosa situación interna de EEUU, y el ascenso de China a ser la primera potencia comercial del mundo, podrá reavivar el “Pivote asiático” y devolver al genio en la botella, donde nunca estuvo?

Un Zar de Asia en el Gabinete

Así se apoda el exoficial naval y veterano funcionario experto en sudeste asiático Kurt Campbell, nombrado por Biden para coordinar las políticas asiáticas de su gobierno. Campbell, desde el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) trabajará con Jake Sullivan, el asesor de seguridad nacional, para juntos impedir que China “consiga el dominio global”, recoger los pedazos de EEUU que dejó atrás Donald Trump por su paso, y “hacer América grande otra vez” como desea Joe Biden.

Campbell, el “Zar de Asia”, por sus relaciones de amistad con los líderes de los países aliados de EEUU en aquella región, es director de la consultora The Asia Group, fue subsecretario de Estado para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico durante la presidencia de Clinton, y el artífice de la política “Reequilibrio” hacia Asia en la administración Obama-Biden.

El “Pivote asiático 2.0” es la promesa de Biden de una política agresivo y más efectiva hacia China, un competidor económico como ningún otro al que se haya enfrentado la superpotencia occidental. Sin embargo, Biden ha empezado mal: llamar “matón” al presidente Xi Jinping y amenazar con “presionar, aislar y castigar a China” suenen más bien a las rabietas y amenazas de un niño prepotente que de un político maduro.

El presidente electo de EEUU cree que la única potencia capaz de desafiar la hegemonía mundial de EEUU es China, aunque el país de Mao cuenta sólo con una influencia económica global: para obtener una hegemonía mundial hace falta una industria cinematográfica como Hollywood, una influencia cultural, un sistema de alianzas globales y cientos de bases militares sembradas por el planeta. Lo que pretende China, hoy por hoy, es acabar con la primacía militar de EEUU en el Este de Asia, por representar una amenaza seria: nadie ha olvidado las agresiones militares de este país a Vietnam y Corea. De hecho, los conflictos entre ambas potencias se han centrado en las proximidades de la geografía china: las islas del Mar de China Meridional, Tíbet, Taiwán o Hong Kong.

Lo halcones del Partido Demócrata, como Michele Flournoy, la subsecretaria de Defensa en la administración Obama, proponen el fortalecimiento del ejército de EEUU para que pudiera “amenazar de manera creíble con hundir todos los buques militares, submarinos y buques mercantes de China en el Mar de China Meridional en 72 horas“. Obviamente, inflamar “el peligro chino” no tiene otro objetivo que más militarismo y más guerras de expolio a nivel global. Estos halcones que, como Mike Pompeu, proponen un “cambio de régimen” en China ¿estarían dispuestos a acoger en Occidente a cientos de millones de chinos que emigrarían en busca del pan? El “socialismo chino” a pesar de todos sus carencias, es el único sistema que ha sido capaz de alimentar a 1.400 millones de personas, uno de cada cinco habitantes del planeta. Miren a la India, el país con el que China debe ser comparada: vende su pobreza e incompetencia como “atracción espiritual” mientras la mitad de sus habitantes (650 millones) ni tienen wáter en casa. En las últimas cuatro décadas La República Popular ha sacado de la pobreza a más de 800 millones de personas. Estas realidades obligan a “las palomas” del partido de Biden defender un “nuevo tipo de relaciones de gran poder” con la potencia asiática “basado en cooperación y beneficio”. Afirma el exsecretario de Defensa Jim Mattis que EEUU tiene dos poderes clave: el poder de inspiración y el poder de intimidación. Ante una Estado con una población de 1.400 millones de habitantes, la intimidación no funcionará. Este sector del Partido Demócrata propone que EEUU debe dejar de buscar la supremacía militar en todo el planeta, crear interdependencias económicas entre ambas países con el fin de reducir las amenazas del enemigo, y además adoptar políticas de inmigración que mejoren la desventaja demográfica de EEUU respecto al país asiático.

¿Cómo se obtiene el “Reequilibrio” en Asia?

De los discursos y artículos publicados por los nuevos actores de la política estadounidenses, se deduce que la contención de China podrá tener los siguientes elementos:

  • Representar a China como un desafío existencial con dos principales objetivos: mantener cohesionada a un EEUU fragmentado y justificar los megapresupuestos militares beneficiando a las corporaciones armamentísticas.
  • Forjar el multilateralismo y cooperación con los aliados de EEUU con el fin de reducir riesgos y pérdidas en posibles choques con China.
  • Fortalecer el foro estratégico “Diálogo de Seguridad Cuadrilateral” (Quad, su abreviado en inglés) entre EEUU, Japón, Australia e India y centrado en la disuasión militar de China.
  • Regresar al Acuerdo de la Asociación Transpacífico, que fue impulsada por el gobierno de Obama-Biden y de la que salió Trump. Está por ver cómo va a enfrentarse a la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, en inglés) constituida en noviembre pasado por China, Myanmar, Brunéi, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia y Vietnam, Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda.
  • Reconfigurar las alianzas asiáticas para formar una coalición anti-China más efectiva en torno del poder militar estadounidense.
  • Aprovechar las oportunidades que ofrece la India para los EE. UU., mediante el incremento del apoyo militar y de inteligencia al principal contrapeso regional de China. Pero, Nueva Delhi, que se siente incómoda ante las presiones de EEUU para enfrentarle con su vecina, ha desoído las advertencias de Washington sobre la compra de sistemas de defensa rusos S-400, cazas Sukhoi-30 MKI y MiG-29, no piensa entrar en este juego: “Quien tiene un tío en Alcalá no tiene tío, ni tiene ná”, dice el refrán español. A Corea del Sur tampoco le gusta esta contención rígida de China su mayor socio comercial. El temor de los aliados asiáticos de Washington de perder su autonomía política, y ser sacrificados ante los intereses particulares de EEUU es real. Biden y su equipo, anclados en la mentalidad de la Guerra Fría temen que sus amigos, los del ‘bloque estadounidense’, le abandonen para integrarse al inexistente ‘bloque chino’. Biden no consiguió disuadir a la Unión Europea (y sobre todo a Alemania) de firmar recientemente un ventajoso acuerdo de inversión con China. Incluso Japón, tras la salida del poder del primer ministro Shinzo Abe (quien tuvo un “bromance” con Donald Trump) en agosto de 2020, está mejorando sus relaciones con Beijing.
  • Crear órganos centrados en problemas individuales y concretos de la región con cada uno de los aliados, un enfoque más a la carta de las cuestiones que surgen día a día.
  • Restablecer los lazos entre Corea del Sur y Japón y ayudar a resolver sus problemas bilaterales.
  • Asignar un papel protagonista a Japón en la esfera de la seguridad de la región.
  • Facilitar la inmigración a EEUU para los uigures y los ciudadanos de Taiwán.
  • Utilizar el pretexto de los “defensa de los derechos humanos” y la “libertad religiosa” contra Beijing. No pregunten por qué EEUU ha matado a millones de “musulmanes” de Afganistán, Iraq, Libia, Siria o Yemen o incluso los sigue torturando en sus cárceles secretas, o por qué no rasga su vestidura por los fieles de Mahoma oprimidos por el nacionalhinduismo de Narendra Modi.
  • Apoyar inversiones en los países asiáticos para favorecer a su crecimiento y no necesitar productos chinos. Pero, ¿Tiene EEUU la capacidad de realizar tales inversiones?
  • Lanzar el plan de “Made in USA”, fabricando los mismos productos de amplia gama que llegan de China.
  • Presionar a las empresas y estados occidentales para que boicoteen la tecnología 5G china. A España, por ejemplo, EEUU le ha amenazado con dejar de suministrar información a sus servicios de inteligencia si en sus redes 5G entra la tecnología de Huawei.

China no está temblando de miedo

Biden recoge un EEUU más débil que hacer cuatro años. La pandemia ha destrozado la economía en crisis del país.

Beijing es consciente de que tanto la agitación interna de EEUU, en lo político, económico y social-, como la intención de Israel, Arabia Saudí y sus lobbies en Washington de imponer su agenda anti-iraní a Biden le impedirán que aplique una política agresiva contra China. La guerra para desmantelar Siria 2011 tenía entre sus 1+12 principales objetivos evitar la “Doctrina Obama“: retirar las tropas estadounidense de Oriente Próximo para enviarlas a cercar a China.

En la mentalidad china, que mira el presente con las gafas de futuro, EEUU no es más que un “tigre de papel“. Poco o nada podrá hacer para paralizar la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el proyecto de construcción de una infraestructura terrestre y marina que una a China con Europa, Asia y África.

En 2020, a pesar del impacto de la pandemia del coronavirus, la economía china creció un 2,3%, y se convirtió en la economía más grande del mundo. Si utilizamos la Paridad de Poder Adquisitivo, el PIB de China alcanzó los 24,2 billones de dólares, frente a los 20,8 billones de EEUU.  Lo cual demuestra que la guerra comercial de Trump fue un simple arañazo a la amplia red de relaciones comerciales de China con el mundo.

Lo mejor que puede hacer Joe Biden es definir el nuevo lugar de EEUU en el nuevo orden multipolar y luego asimilarlo sin rencores: pensar que una guerra exportará la crisis interna es un error.

Publicado en Opiniones Blog del Diario Público España https://blogs.publico.es/puntoyseguido/6968/el-fracaso-anticipado-del-pivote-asiatico-2-0-de-biden-contra-china/

La Unión Europea y los EEUU

Entrevista a nuestro socio estrategico en Italia, Tiberio Graziani, presidente del Instituto Internacional de Análisis Globales Vision & Global Trends

THE INTERNATIONAL AFFAIRS

¿Cuál es la actitud de la Unión Europea ante los acontecimientos en los Estados Unidos, incluida la invasión del Capitolio de los Estados Unidos por los partidarios de Donald Trump?

Con respecto al reciente ataque al Capitolio de Estados Unidos por partidarios de Trump, los líderes europeos han expresado públicamente su asombro y han criticado esta acción. A nivel nacional, los líderes políticos de los principales partidos, incluso los considerados euroescépticos, nacionalistas y / o populistas, han gritado “escándalo”, alegando que el ataque al Capitolio de Estados Unidos fue un ataque a la democracia.

Tal tipo de declaración “ataque al Capitolio = ataque a la democracia” por parte de líderes europeos y políticos de las distintas naciones miembros de la Unión Europea merece al menos dos reflexiones. Una de estas reflexiones tiene un carácter general:

Los líderes europeos son incapaces de concebir un tipo de democracia diferente al modelo demócrata liberal, es decir, al modelo que Estados Unidos ha difundido y exportado desde 1945 a gran parte del planeta y que constituye la superestructura – al mismo tiempo ideológica y operativa – del llamado sistema Occidental liderado por Estados Unidos.

Desde el punto de vista de la cultura política, esta incapacidad somete a las posiciones e intereses exclusivos de Washington, las decisiones de las clases dominantes europeas y de sus políticos sobre la política económica y social interna; y la política exterior. Todo ello se traduce en opciones políticas que, además de no tener en cuenta las variadas identidades e intereses culturales del Viejo Continente, a medio y largo plazo podrían resultar muy negativas para la implementación de la propia integración europea y la evolución de la UE en sentido unitario.

Otra reflexión, más atenta a las circunstancias actuales, se refiere, en cambio, al interés práctico de Bruselas y de las clases dominantes europeas en general para complacer a la nueva administración que a partir del 20 de enero estará dirigida por el demócrata Joe Biden.

¿Cuáles serán las consecuencias de la situación política en EEUU para las relaciones con la UE ?

A largo plazo, no habrá consecuencias destacables, salvo que se produzcan cambios -actualmente no previsibles- en el actual liderazgo de la Unión Europea. La política de Bruselas, por otro lado, podría verse influenciada por el posicionamiento de algunos gobiernos nacionales. En particular, con referencia a Europa central occidental, habrá que prestar mucha atención a Francia, y en cierta medida a Alemania, en lo que respecta a la implementación de las políticas exteriores individuales de estos dos países hacia China, Rusia e Irán. La sintonía manifestada en algunas ocasiones entre París y Berlín en cuanto a sus intereses nacionales hacia China y Rusia podría, de hecho, reflejarse también en algunas decisiones futuras de Bruselas hacia las dos potencias euroasiáticas, además de estratégicas para su evolución. EEUU, obviamente obstaculizaría esas eventualidades.

Castigo a Hungría y premios al aliado polaco


En cuanto a Europa del Este, la situación parece menos clara, por los efectos que podrían tener sobre Bruselas las ambiguas y conflictivas iniciativas de Budapest y Varsovia y sus relaciones con Estados Unidos. La Hungría de Orban, retóricamente crítica de la visión liberal democrática de Bruselas y, hasta cierto punto, más cercana a la “doctrina Trump”, podría sufrir una fuerte “represalia” por parte de la nueva administración estadounidense, también en consideración de algunas “simpatías” entre Budapest y Moscú. En el caso de cualquier “represalia”, no se pueden excluir los procesos que podrían conducir a una especie de “revolución de color” sobre el modelo de lo vivido en Ucrania, con el objetivo de eliminar a Orban.
Polonia, igualmente crítica de Bruselas como Hungría, sigue siendo, sin embargo, el “mejor amigo” de Estados Unidos en Europa: por esta razón no creo que sufra “represalias” por parte de Biden. Por el contrario, la función anti-rusa y pro-ucraniana de Polonia se verá reforzada por el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

Obstaculización al gasoducto germano ruso y a la participación en la Ruta de la Seda

¿Cambiarían las relaciones bilaterales entre la UE y los EEUU bajo la presidencia de Joe Biden y, si lo hicieran, cuán profundos serían los cambios?

Estados Unidos, incluso bajo la presidencia democrática de Biden, no cambiará su estrategia ahora secular hacia Europa. En el contexto de la estrategia estadounidense, Europa es considerada una cabeza de puente lanzada sobre la masa euroasiática y sobre el continente africano, en particular a través de Italia: por lo tanto, la administración Biden se mantendrá fiel a esta perspectiva, por otra parte vital para la supervivencia de Estados Unidos como potencia mundial. En vista de esto, debemos esperar que la nueva administración sea aún más asertiva que la anterior republicana hacia Bruselas y sus Estados miembros.

Probablemente, Biden tomará acciones aún más decididas que Trump para contrarrestar el proyecto ruso alemán de North Stream u otras iniciativas de asociación similares entre Moscú y Berlín y también entre Moscú y París. También es muy previsible que Biden obstruya cualquier tipo de iniciativa de asociación euro-china, centrada, de diversas maneras, en el proyecto Nueva Ruta de la Seda.

Ante esto, la contradicción entre los intereses reales europeos y estadounidenses sólo puede estallar si Alemania y Francia libran una batalla común en nombre de la refundación de la Unión Europea como actor independiente en el nuevo escenario global, aparentemente ahora policéntrico.Anuncios

Publicado en: https://revueltaglobal.home.blog/2021/01/24/eeuu-biden-puede-ser-mas-decidido-que-trump-obstaculizando-los-intereses-de-europa/

Con mayor diplomacia Biden insistirá en políticas agresivas utilizando desgastadas coberturas ideológicas.

Por Claudio Katz

RESUMEN 

Estados Unidos intenta recuperar su alicaído dominio mundial capturando riquezas, sofocando rebeliones y disuadiendo competidores. Sostiene ese operativo con un gigantesco poder militar y una gravosa economía armamentista. 

Las guerras híbridas han transformado radicalmente el intervencionismo imperial. Multiplicaron el caótico escenario de refugiados y víctimas civiles que genera la demolición de varios estados. 

La ruptura de la cohesión interna es el principal obstáculo al resurgimiento imperial estadounidense. Los fracasos económicos y geopolíticos de Trump confirmaron esas limitaciones. Esa impotencia no disminuyó el rearme con nuevos dispositivos atómicos. Con mayor diplomacia Biden insistirá en políticas agresivas utilizando desgastadas coberturas ideológicas.

El intento estadounidense de recuperar dominio mundial es la principal característica del imperialismo del siglo XXI. Washington pretende retomar esa primacía frente a las adversidades generadas por la globalización y la multipolaridad. Confronta con el surgimiento de un gran rival y con la insubordinación de sus viejos aliados. 

La primera potencia ha perdido autoridad y capacidad de intervención. Busca contrarrestar la diseminación del poder mundial y la sistemática erosión de su liderazgo. En las últimas décadas ensayó varios cursos infructuosos para revertir su declive y continúa tanteando esa resurrección.

Todas sus acciones se cimentan en el uso de la fuerza. Estados Unidos perdió el control de la política internacional que exhibía en el pasado, pero mantiene un gran poder de fuego. Expande un destructivo arsenal para forzar su propia recomposición. Esa conducta confirma la aterradora dinámica del imperialismo como mecanismo de dominación.

En la primera mitad del siglo XX las grandes potencias disputaban el liderazgo mundial por medio de la guerra. En el período subsiguiente, Estados Unidos ejerció esa conducción con intervenciones armadas en la periferia para confrontar con la amenaza socialista. En la actualidad el capitalismo occidental afronta una crisis muy severa con su timonel averiado.

Washington pretende reconquistar supremacía en tres áreas que definen el dominio imperial: el manejo de los recursos naturales, el sometimiento de los pueblos y la neutralización de los rivales. Todos sus operativos apuntan a capturar riquezas, sofocar rebeliones y disuadir competidores.

El control de las materias primas es indispensable para sostener la primacía militar y garantizar los abastecimientos que impactan sobre el curso de la economía. La contención de las sublevaciones populares es esencial para estabilizar el orden capitalista que el Pentágono aseguró durante décadas. Estados Unidos intenta mantener la fuerza que tradicionalmente utilizó para intervenir en América Latina, África, Medio Oriente y el Sur de Asia. Necesita también lidiar con el desafiante chino para doblegar a otros rivales. En esas batallas se dirime el éxito o naufragio de la resurrección imperial estadounidense.

LA CENTRALIDAD BÉLICA 

El imperialismo es sinónimo de poder militar. Todas las potencias han dominado mediante esa carta sabiendo que el capitalismo no podría subsistir sin ejércitos. Es cierto que el sistema recurre también a la manipulación, el engaño y la desinformación, pero no sustituye la amenaza coercitiva por la simple preeminencia ideológica. Combina la violencia con el consentimiento y hace valer un poder implícito (soft power) que se asienta en el poder explícito (hard power). 

Conviene recordar estos fundamentos, frente a las teorías que reemplazan el imperialismo por la hegemonía como concepto ordenador de la geopolítica contemporánea. Ciertamente los poderosos han reforzado su prédica a través de los medios de comunicación. Desenvuelven un sistemático trabajo de desinformación y ocultamiento de la realidad. También perfeccionaron el uso de las instituciones políticas y judiciales del estado para asegurar sus privilegios. Pero en el orden internacional la supremacía de las grandes potencias se dirime por medio de amenazas militares. 

El sistema global opera con un resguardo bélico comandado por Estados Unidos. Desde 1945 la primera potencia emprendió 211 intervenciones en 67 países. Mantiene actualmente 250.000 soldados estacionados en 700 bases distribuidas en 150 naciones (Chacón, 2019). Esa mega-estructura ha guiado la política norteamericana desde el lanzamiento de las bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima y la conformación de la OTAN como brazo auxiliar del Pentágono. 

Las tres principales incursiones de la guerra fría (Corea en 1950-1953, Vietnam en 1955-1975 y Afganistán en 1978-1989) demostraron el mortífero alcance de ese poder. Washington ha edificado un tejido internacional de instalaciones militares sin precedentes en la historia (Mancillas, 2018). 

El control de las materias primas ha sido determinante de muchas operaciones bélicas. Las masacres que padece Medio Oriente para dirimir quién maneja el petróleo ilustran esa centralidad. Esa disputa detonó la sangría de Irak y Libia e influyó en las incursiones de Afganistán y Siria. Las reservas de crudo son también el botín ambicionado por los generales que organizan el acoso de Irán y el cerco de Venezuela. 

ECONOMÍA ARMAMENTISTA 

La política exterior estadounidense está condicionada por la red de contratistas que se enriquecen con la guerra. Lucran con la fabricación de explosivos que deben probarse en algún rincón del planeta. El aparato industrial-militar necesita esas confrontaciones. Se nutre de un gasto que no aumenta sólo en períodos de intenso belicismo, sino también en las fases de distensión. 

Gran parte del cambio tecnológico se procesa en la órbita militar. La informática, la aeronáutica y la actividad espacial son los epicentros de esa experimentación. Los grandes proveedores del Pentágono aprovechan el resguardo del presupuesto estatal, para fabricar artefactos veinte veces más costosos que sus equivalentes civiles. Operan con cuantiosas sumas, en un sector autonomizado de las restricciones competitivas del mercado (Katz, 2003). 

Ese modelo armamentista se desenvuelve al compás de las exportaciones. Las 48 grandes firmas del complejo industrial-militar manejan el 64% de la fabricación bélica mundial. Entre el 2015 y el 2019 el volumen de sus ventas ascendió un 5,5% en comparación al quinquenio anterior y un 20% en relación al período 2005-2009. 

El gasto militar global alcanzó en 2017 su mayor nivel desde el final de la guerra fría (1,74 billones de dólares), con Estados Unidos a la cabeza de todas las transacciones (Ferrari, 2020). La primera potencia concentra la mitad de los desembolsos y patrocina a las cinco primeras empresas de esa actividad. 

El protagonismo tecnológico norteamericano depende de esa primacía internacional en el sector bélico. El desarrollo del capitalismo digital de la última década ha transitado por fabricaciones militares previas y es congruente con el uso de armas dentro del país. Estados Unidos es el principal mercado de las 12.000 millones de balas que se fabrican anualmente. La Asociación Nacional del Rifle brinda sostén material y cultural a la continuada centralidad del Pentágono. 

Pero esa gravitación de la economía armamentista también genera muchas adversidades al sistema productivo. Exige un volumen de financiamiento que el país no puede proveer con recursos propios. El bache es cubierto con un déficit fiscal y un endeudamiento externo que amenazan el señoreaje del dólar. 

Estados Unidos sostuvo su andamiaje militar desde la posguerra con el gran tributo que impuso a sus socios. Esa carga es actualmente resistida por los aliados europeos y ha desencadenado una crisis de financiamiento de la OTAN. Desaparecida la Unión Soviética, el Viejo Continente objeta la utilidad de un dispositivo que Washington utiliza para sus propios intereses. 

La economía militar estadounidense se asienta en un modelo de altos costos y baja competitividad. El gendarme del capitalismo pudo forzar durante mucho tiempo la subordinación de sus desarmados rivales. Pero ya no cuenta con el mismo margen para administrar sus gravosas innovaciones en el área militar. Otros países desenvuelven los mismos cambios tecnológicos con operaciones más baratas y eficientes en la esfera civil. 

El gasto bélico influye en forma muy contradictoria sobre el ciclo de la economía norteamericana. Apuntala el nivel de actividad cuando el estado canaliza impuestos hacia una demanda cautiva. También absorbe capitales excedentes que no encuentran inversiones rentables en otras ramas. Pero en las coyunturas adversas, incrementa el déficit fiscal y captura porciones del gasto público que podrían destinarse a numerosas asignaciones productivas. En esos momentos los réditos que generan las erogaciones militares para la tecnología y las exportaciones, no compensan el deterioro (y nefasto direccionamiento) de los recursos públicos. 

LAS GUERRAS DE NUEVO TIPO 

La actual intervención externa de Estados Unidos recrea los viejos patrones de la acción imperial. La conspiración persiste como el componente central de esas modalidades. La vieja tradición de la CIA en golpes de estado contra los gobiernos progresistas ha reaparecido en numerosos países. 

Washington retoma también las “guerras de aproximación” (proxy war), en las áreas priorizadas para hostilizar a las naciones crucificadas por el Departamento de Estado (China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela) (Petras, 2018). 

Pero el fracaso de Irak marcó un giro en las modalidades de intervención. Esa ocupación desembocó en un gran fracaso por la resistencia afrontada en el país y por la propia inconsistencia del operativo. Ese fiasco indujo la sustitución de las invasiones tradicionales por una nueva variedad de guerras híbridas (VVAA, 2019). 

En esas incursiones las acciones bélicas corrientes son reemplazadas por una amalgama de acciones no convencionales, con mayor peso de fuerzas para-estatales y uso creciente del terror. Este tipo de operaciones ha predominado en los Balcanes, Siria, Yemen y Libia (Korybko, 2020). 

En esos casos la acción imperial asume una connotación policial de hostigamiento, que privilegia el sometimiento a la victoria explícita sobre los adversarios. Esas intervenciones amplían los operativos que la DEA perfeccionó en su pulseada con el narcotráfico. El control del país acosado se torna más relevante (o factible) que su derrota y la agresión con alta tecnología ocupa un lugar preeminente (“guerras de quinta generación”). 

En incontables casos el componente terrorista de esas acciones ha desbordado el curso diseñado por la Casa Blanca, generando una secuencia autónoma de acciones destructivas. Ese descontrol se verificó con los talibanes, inicialmente adiestrados en Afganistán para acosar a un gobierno pro-soviético. Lo mismo ocurrió con los yihadistas, entrenados en Arabia Saudita para erosionar a los gobiernos laicos del mundo árabe. 

A través de guerras híbridas Estados Unidos intenta controlar a sus rivales, sin consumar intervenciones bélicas en regla. Combina el cerco económico y la provocación terrorista, con la promoción de conflictos étnicos, religiosos o nacionales en los países diabolizados. También propicia la canalización derechista del descontento a través de los líderes autoritarios que han usufructuado de las “revoluciones de colores”. Esos operativos han permitido incorporar a varios países del Este Europeo al cerco de la OTAN contra Rusia. 

Las guerras híbridas incluyen campañas mediáticas más penetrantes que la vieja batería de posguerra contra el comunismo. Con nuevos enemigos (terrorismo, islamistas, narcotráfico), amenazas (estados fallidos) y peligros (expansionismo chino), Washington despliega sus campañas, mediante una extendida red de fundaciones y ONGs. También utiliza la guerra de la información en las redes sociales. 

Las agresiones imperiales incluyen una novedosa variedad de recursos. Basta observar lo sucedido en Sudamérica con la operación implementada por varios jueces y medios de comunicaciones contra los líderes progresistas (lawfare), para mensurar el alcance de esas conspiraciones. Pero esos atropellos suscitan inéditas conmociones en incontables planos. 

ESCENARIOS CAÓTICOS 

Durante la primera mitad del siglo XX imperaron las conflagraciones a escala industrial, con masas de uniformados exterminados por la maquinaria bélica. En esas guerras totales con muertes anónimas se impuso el indiscriminado entierro de los “soldados desconocidos” (Traverso, 2019). 

En las últimas décadas ha prevalecido otra modalidad de acciones con decreciente compromiso de tropas en los campos de batalla. Estados Unidos perfeccionó ese curso, mediante los bombardeos aéreos que destruyen aldeas sin la presencia directa de los marines. Ese tipo de intervención se afianzó con la generalización de drones y satélites. 

Con esas modalidades el imperialismo del siglo XXI destruye o balcaniza a los países que obstaculizan el resurgimiento de la dominación norteamericana. El aumento del número de miembros en las Naciones Unidas es un indicador de esa remodelación. 

La población desarmada ha sido la principal afectada por incursiones que disolvieron la vieja distinción entre combatientes y civiles. Solamente el 5% de las víctimas de la Primera Guerra Mundial eran ciudadanos no alistados. Esta cifra se elevó al 66% en la Segunda Guerra y promedia el 80-90% en los conflictos actuales (Hobsbawm, 2007: cap 1). 

Las operaciones que sostiene el Pentágono han barrido definitivamente con todas las normas de las Convenciones de La Haya (1899 y 1907), que distinguían a los uniformados de los civiles. La misma disolución se verifica en los conflictos externos e internos de numerosos estados. La frontera entre la paz y la guerra se ha diluido, potenciando el indescriptible sufrimiento de los refugiados. El organismo que computa el número de esos desamparados registró en 2019 un total de 79,5 millones de personas desplazadas de sus hogares (Unhcr-Acnur, 2020). 

Esa monumental cifra de traslados forzosos ilustra el grado de violencia imperante. Aunque los conflictos no alcancen la generalizada escala del pasado, sus consecuencias sobre los civiles son proporcionalmente mayores. 

La agresión imperial quebranta en forma sistemática las fronteras entre los países. Impone una remodelación geográfica que contrasta con las rígidas barreras limítrofes de la guerra fría. Esas líneas definían estrictos campos de confrontación y contenían a las poblaciones en sus localidades de origen.

Los estallidos bélicos actuales potencian los efectos de la creciente presión emigratoria hacia los centros del hemisferio norte. La huida de la guerra confluye con la masiva escapatoria de la devastación económica que padecen varios países de la periferia. 

El imperialismo estadounidense es el principal causante de las tragedias bélicas contemporáneas. Provee armas, auspicia tensiones raciales, religiosas o étnicas y promueve prácticas terroristas que destruyen a los países afectados (Armanian, 2017). 

Lo ocurrido en el mundo árabe ilustra esa secuencia. Bajo las órdenes de sucesivos presidentes, Estados Unidos implementó la demolición de Afganistán (Reagan-Carter), Irak (Bush) y Siria (Obama). Esas masacres implicaron: 220.000 muertos en el primer país, 650.000 en el segundo y 250.000 en el tercero. La disgregación social y el resentimiento político generado por esas matanzas desencadenaron, a su vez, atentados suicidas en los países centrales. El terror desembocó en enceguecidas respuestas de más terror. 

Las atrocidades imperiales han socavado los propios objetivos de esas incursiones. Para desplazar a Gadafi el imperialismo pulverizó la integridad territorial de Libia y deshizo el sistema de tapones construido en el Norte de África para contener la emigración hacia Europa. El país se convirtió en un centro de explotación de migrantes, gestionado por las mafias que Occidente financió para apoderarse de Libia. Frente a semejante desmadre, los viejos colonialistas ya no diseñan nuevas fronteras formales. Sólo improvisan mecanismos de contención de los refugiados (Buxton; Akkerman, 2018). 

El Pentágono ha desplegado, además, unas 50 bases ocultas en África, mientras las compañías petroleras occidentales controlan a los tiros sus yacimientos de Nigeria, Sudán y Níger (Armanian, 2018). Ese apetito por los recursos naturales es el trasfondo de las tragedias en el continente negro. La acción imperial ha incentivado los enfrentamientos étnicos ancestrales para incrementar su manejo de esos recursos. 

LA FRACTURA INTERNA 

El principal obstáculo que afronta la recomposición imperial estadounidense es la ruptura de la cohesión interna del país. Ese cimiento sostuvo durante décadas la intervención de la primera potencia en el resto del mundo. Pero el gigante del Norte ha registrado un cambio radical como consecuencia del retroceso económico, la grieta política, las tensiones raciales y la nueva conformación étnico-poblacional. La uniformidad cultural que nutría el “sueño americano” se ha diluido y Estados Unidos afronta una fractura sin precedentes. 

Las divisiones han erosionado el sustento de la injerencia norteamericana en el exterior. Las operaciones militares no cuentan con el aval del pasado y han quedado afectadas por el fin de la conscripción. Washington ya no embarca en sus incursiones a un ejército de reclutas, ni justifica esas acciones con mensajes de ciega fidelidad a la bandera. Para consumar operativos quirúrgicos opta por un armamento más acotado y de mayor precisión. Prioriza el impacto mediático y la contención de bajas en sus propias filas.

La privatización de la guerra sintetiza esas tendencias. Se ha generalizado el uso de mercenarios y contratistas que negocian el precio de cada masacre. Esta modalidad de belicismo sin compromiso de la población, explica la pérdida de interés general por las acciones imperiales. Las guerras sin reclutas exigen mayores gastos, pero atenúan las resistencias internas. Impiden incluso percibir los fracasos en territorios lejanos (Irak, Afganistán) como adversidades propias. 

Pero la contrapartida de ese divorcio es la creciente dificultad imperial para incursionar en proyectos más ambiciosos. Resulta muy difícil recuperar el liderazgo mundial, sin la adhesión de segmentos significativos de la población. 

El imperialismo de posguerra se asentaba en una autoridad oficial que se ha disipado. El fin del alistamiento masivo introdujo un nuevo derecho democrático, que paradójicamente deteriora la capacidad del estado norteamericano para recuperar su decaído poder imperial (Hobsbawm, 2007: cap 5). 

La privatización de la guerra acentúa, a su vez, los traumáticos efectos del divorcio entre los gendarmes y la población. El trauma de los retornados de Irak o Afganistán ilustra ese efecto. El uso de mercenarios también expande la militarización interna y la incontrolable explosión de violencia que suscita la libre portación de armas. 

Esta secuencia de corrosiones asume un alcance mayor con la canalización derechista del descontento social. Esa captación política despuntó con el TEA Party y se afianzó con el Trumpismo. 

La xenofobia, el chauvinismo y el supremacismo blanco se han extendido con discursos racistas que culpabilizan a las minorías, los migrantes y los extranjeros del declive estadounidense. Pero esa furia nacionalista sólo ahonda la fractura interna, sin recrear la base social extendida que utilizaba el imperialismo estadounidense para incursionar en el exterior. 

LOS FALLIDOS DE TRUMP 

Los últimos cuatro años aportaron un categórico retrato del fracasado intento estadounidense de recuperar dominio imperial. Trump privilegió la recomposición de la economía y pretendió utilizar la superioridad militar del país para apuntalar el relanzamiento productivo. 

Con ese soporte encaró durísimas negociaciones externas, a fin de extender al plano comercial las ventajas monetarias que mantiene el dólar. Propició acuerdos bilaterales y cuestionó el libre-comercio para aprovechar la primacía financiera de Wall Street y la Reserva Federal. 

Trump intentó preservar la supremacía tecnológica mediante crecientes exigencias de cobro de la propiedad intelectual. Con ese control de la financiarización y del capitalismo digital esperaba forjar un nuevo equilibrio entre los sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. Apostó a combinar la protección local con los negocios mundiales.

El multimillonario priorizó la contención de China. Encaró una brutal pulseada para reducir el déficit comercial, a fin de repetir el sometimiento que impuso Reagan a Japón en los años 80. Buscó además afianzar las ventajas sobre Europa, aprovechando la existencia de un aparato estatal unificado, frente a competidores transatlánticos que no logran extender su unificación monetaria al plano fiscal y bancario. Bajo la apariencia de un improvisado desorden, el ocupante de la Casa Blanca concibió un ambicioso plan de recuperación estadounidense (Katz, 2020). 

Pero su estrategia dependía del aval de los aliados (Australia, Arabia Saudita, Israel), la subordinación de los socios (Europa, Japón) y la complacencia de un adversario (Rusia) para forzar la capitulación de otro (China). El magnate no consiguió esos alineamientos y el relanzamiento norteamericano falló desde el principio. 

La confrontación con China fue su principal fracaso. Las amenazas no amedrentaron al dragón asiático, que aceptó mayores compras y menores exportaciones, sin convalidar la apertura financiera y el freno de las inversiones tecnológicas. China no acomodó su política monetaria a los reclamos de un deudor, que ha colocado el grueso de sus títulos en los bancos asiáticos. 

Tampoco los socios de Estados Unidos resignaron los negocios con el gran cliente asiático. Europa no se sumó a la confrontación con China e Inglaterra continuó jugando su propia partida en el mundo. El gigante oriental incrementó para colmo su intercambio comercial con todos los países del hemisferio americano (Merino, 2020). 

Trump sólo logró inducir un alivio de coyuntura, sin revertir ningún desequilibrio significativo de la economía. Esa carencia de resultados salió a flote en la crisis que precipitó la pandemia y en su propia eyección de la Casa Blanca. 

Las mismas adversidades se verificaron en la órbita geopolítica. El magnate intentó neutralizar la pesada herencia de fracasos militares. Propició un manejo cauto de las aventuras bélicas frente al fiasco de Irak, el pozo de Somalia y los despistes de Siria. 

Para desandar las infructuosas campañas de Bush forzó retiradas de tropas en los escenarios más expuestos. Transfirió operaciones a sus socios sauditas e israelíes y redujo el protagonismo previo. Sostuvo la anexión de Cisjordania y las masacres de los yemenitas, pero no comprometió al Pentágono con otra intervención. Prescindió de los marines de la crisis libia, sustrajo efectivos de Siria y abandonó a los aliados kurdos. En esa zona avaló la gravitación de Turquía y consintió la preeminencia de Rusia. 

Trump volvió a experimentar la misma impotencia de sus antecesores en el control de la proliferación nuclear. Esa incapacidad para restringir la tenencia de bombas atómicas a un selecto club de potencias ilustra las limitaciones norteamericanas. Estados Unidos no puede dictar el rumbo del planeta, si una pequeña franja de países comparte el poder de chantaje que otorgan las cargas nucleares. 

Las fracasadas tratativas con Corea del Norte confirmaron esas flaquezas de Washington. Kim perfeccionó la estructura de misiles y rechazó la oferta de desarme a cambio de provisiones de energía o alimentos. Sabe que únicamente el poderío nuclear impide la repetición en su país de lo ocurrido en Irak, Libia o Yugoslavia.

Ese resguardo atómico es la carta contra un imperio que impuso la división de la península coreana y rechaza cualquier tratativa de reunificación. Estados Unidos veta constantemente los avances en la propuesta ruso-china de frenar la militarización de ambos lados (Gandásegui, 2017). Pero al cabo de varias amenazas Trump archivó su pose de fanfarrón y aceptó la simple continuidad de las conversaciones. 

Una barrera muy semejante encontró en Irán. También ahí la prioridad imperialista ha sido el freno del desarrollo nuclear para garantizar el monopolio atómico regional de Israel. Trump rompió el acuerdo de desarme suscripto por Obama y viabilizado a través de una verificación internacional. 

El magnate redobló las provocaciones con embargos y atentados. El asesinato del general Soleimani fue el punto culminante de esa agresión. Implicó un descarado acto de terrorismo hacia el jefe del ejército de un país, que no perpetró ninguna agresión contra Estados Unidos. Pero ese tipo de crímenes -seguido por la eliminación de varios científicos de alto rango- no ha logrado detener la paulatina incorporación de Irán al club de los países protegidos con la coraza atómica. 

Esa misma diseminación del poder nuclear impide a Washington imponer su arbitraje en otros conflictos regionales. Las tensiones entre Pakistán e India oponen, por ejemplo, a dos ejércitos con ese tipo de armamento y consiguiente capacidad para autonomizarse del tutelaje imperial 

Trump falló también en sus agresiones contra Venezuela. Propició todos los complots imaginables para recuperar el control de la principal reserva petrolera del hemisferio y no pudo doblegar al chavismo. Sus amenazas chocaron con la imposibilidad de repetir las viejas intervenciones militares en América Latina. 

LA NUEVA ESTRATEGIA DE REARME 

Trump no se limitó a retacear la presencia militar en el exterior con la expectativa de relanzar la economía. Incrementó en forma drástica el presupuesto militar para descartar cualquier sugerencia de efectivo repliegue imperial. Esas erogaciones saltaron de 580.000 millones de dólares (2016) a 713.000 millones (2020). Garantizó ganancias récord a los fabricantes de misiles y ensayó una mega-bomba de inédito alcance en Afganistán. 

El magnate relanzó la guerra de las galaxias y rompió los tratados de desarme nuclear. También avaló al giro hacia la “Competencia entre los Principales Poderes” (GPC), en reemplazo de la “Guerra Global contra el Terrorismo” (GWOT). Ese cambio tiende a sustituir la identificación, rastreo y destrucción de fuerzas adversas en remotas áreas de Asia, África o Medio Oriente por un rearme preparatorio de conflictos más convencionales. Con ese viraje propició cerrar el capítulo-Bush de incursiones en áreas alejadas, para retomar la confrontación tradicional con los enemigos del Pentágono (Klare 2020). 

Con esa óptica el magnate complementó las presiones comerciales sobre China con un gran despliegue de la flota del Pacífico. Exigió la desmilitarización de los arrecifes del Mar del Sur para quebrantar el escudo defensivo de su rival. Reforzó drásticamente el desplazamiento de tropas iniciado por Obama desde Medio Oriente hacia el continente asiático. 

La presión sobre China escaló con la ampliación de la marina y la adquisición de un asombroso número de buques y submarinos. La fuerza aérea fue modernizada en sintonía con todas las innovaciones de la inteligencia artificial y el adiestramiento en ciberguerras. 

Para hostilizar a China, Trump reforzó el bloque forjado con India, Japón, Australia y Corea del Sur (Quad). Ese alineamiento militar presupone que los eventuales choques con Beijing se librarán en el Océano Pacífico e Índico. Un connotado asesor del Departamento de Estado localiza en esa región el desenlace de la confrontación sino-estadounidense (Mearsheimer, 2020). 

La estrategia frente a Rusia fue más cautelosa y amoldada al intento inicial de atraer a Putin a un acuerdo contra Xi Jin Ping. Del fracaso de ese operativo emergieron las iniciativas de reequipamiento de los ejércitos terrestres en el continente europeo. La Casa Blanca continuó su trabajo de cooptación militar de los países fronterizos con Rusia y extendió la red de misiles de la OTAN desde las Repúblicas Bálticas y Polonia hasta Rumania. 

Con esa nueva estrategia el despliegue de armas nucleares retomó su vieja centralidad. Trump aprobó el desarrollo de municiones atómicas basadas en ojivas de alcance acotado y misiles balísticos de lanzamiento marítimo. Las primeras series de estas bombas ya fueron fabricadas y entregadas al alto mando. 

Para desenvolver esos fulminantes artefactos Trump rompió los tratados de racionalización nuclear concertados en 1987. Puso fin al mecanismo de compatibilizar con Rusia la destrucción del armamento obsoleto. Apadrinó, además, la primera prueba de un misil de mediano alcance desde el final de la guerra fría. 

La nueva estrategia bélica explica la brutal exigencia de mayor financiación europea de la OTAN. Con actitudes de matón, el magnate recordó que Occidente debe solventar los auxilios prestados por Estados Unidos. Esa demanda generó la mayor tensión transatlántica desde la posguerra. 

Trump buscó arrastrar a sus aliados a conflictos con China y Rusia, que socavan los negocios del Viejo Continente. En esa región existe una seria resistencia a la militarización que propicia Estados Unidos. Pero el capitalismo europeo no ha podido emanciparse de la tutela bélica norteamericana y por eso acompañó las incursiones de Irak y Ucrania. Rechaza la demanda de mayor gasto en la OTAN, pero sin romper la subordinación a Washington. 

El alter imperialismo europeo concibe su propio sistema de defensa en estrecha conexión con el Pentágono y por esa razón no logra consumar la unificación de su propio ejército. Existe un divorcio entre la supremacía militar de Francia y el poder económico de Alemania que impide materializar esa iniciativa (Serfati, 2018). 

Trump no pudo someter a Europa, pero sus interlocutores de Bruselas, Paris y Berlín continuaron careciendo de una brújula propia. Esa indefinición acrecentó la capacidad exhibida por Rusia para contener la recomposición imperial estadounidense. Putin reforzó el dique defensivo que estableció con Xi Jinping y salió airoso de las pulseadas geopolíticas en Siria, Crimea y Nagorno-Karabaj. Es muy visible el abismo imperante entre estos resultados y la disgregación que prevalecía en la era de Yeltsin. 

Como China no disputa con la misma frontalidad geopolítica sus logros son menos visibles, pero exhibe resultados económicos impresionantes en su puja con Estados Unidos. El mandato del millonario retrató la incapacidad norteamericana para recuperar la primacía imperial. 

EL ASALTO AL CAPITOLIO 

Trump se despidió con una aventura que retrata la magnitud de la crisis política estadounidense. La invasión al Congreso no fue un acto improvisado. Los grupos ultraderechistas difundieron previamente el plan, financiaron viajes, reservaron hoteles y transportaron armas. Al interior del recinto siguieron las rutas de acceso a los despachos señaladas por los diputados cómplices. 

La policía creó una zona liberada y aseguró durante horas la presencia de los asaltantes. Si un grupo de afroamericanos hubiera intentado una acción semejante habría sido acribillado al instante. Las manifestaciones pacíficas en ese mismo lugar concluyeron en los últimos años con centenares de heridos y detenidos. 

Trump participó directamente en la asonada. Instigó a los manifestantes, mantuvo comunicaciones con sus líderes y les prometió apoyó. El objetivo de la acción era presionar a los congresistas republicanos que cuestionaban la impugnación de la elección. Ese apriete incluía amenazas para forzarlos a seguir la instrucción presidencial. Con la provocación en el Capitolio el magnate intentó sostener su absurda denuncia de fraude. Consiguió mantener la lealtad de un centenar de legisladores y demorar el desalojo, pero al final abandonó la partida y condenó a los ocupantes. 

La incursión fue tan surrealista como los especímenes que la perpetraron. El grupo de alucinados que se retrató en los sillones del Congreso parecía extraído de una tira fantástica de la televisión. Pero el bizarro acto que consumaron no borra la huella fascista del operativo. 

Todos los delirantes que intervinieron en la toma integran algún grupo de las milicias supremacistas. Actúan en sectas fanáticas (QAnon Shaman) o se referencian en la congresista que ganó su mandato con el símbolo de la ametralladora (Marjorie Taylor Greene). Los gendarmes que abrieron las puertas del Congreso participan en esas formaciones ultraderechistas. 

Los grupos paramilitares cuentan con 50.000 miembros bien pertrechados. Se especializan en atacar manifestaciones juveniles o democráticas y hace pocos meses realizaron un ensayo del asalto frente a la legislatura de Michigan. Una cuarta parte de esas milicias está integrada por soldados o policías y esa afiliación quedó confirmada en la lista de detenidos por el ataque al Capitolio. 

La elevada presencia militar en los pelotones fascistas forzó dos pronunciamientos del alto mando, rechazando el involucramiento de las fuerzas armadas en las aventuras del trumpismo. Diez ex secretarios de Defensa firmaron esa advertencia y el FBI organizó la ceremonia de nombramiento de Biden con un inédito operativo para desmantelar eventuales atentados. Al cabo de muchos años de libre circulación y prédica, los grupos fascistas se han transformado en la principal amenaza terrorista. Los supremacistas (y no los herederos de Bin Laden) son señalados como el gran peligro en ciernes. A diferencia de lo ocurrido con las Torres Gemelas esta vez el enemigo es interno. 

Esos grupos se sostienen en una base social racista que actualizó los emblemas neo-confederados. Retoman las periódicas oleadas de reacción contra las conquistas democráticas. En el pasado ajusticiaban a esclavos liberados o atentaban contra los derechos civiles. Ahora rechazan la integración racial, el multiculturalismo y la acción afirmativa. 

Los afroamericanos persisten como el principal blanco de un resentimiento que se extiende a los inmigrantes. Por esa razón la impugnación del resultado electoral anti-Trump fue tan intensa en los estados con votantes negros y latinos. Los extremistas evangélicos añaden su cruzada contra el aborto y el feminismo a la campaña ultra-conservadora. 

El asalto al Capitolio no fue la antítesis de la realidad estadounidense que imagina Biden. Expresa el agonizante estado del sistema político y complementa todas las anomalías que salieron a flote durante los comicios. La irrupción de fascistas armados en el Congreso no es ajena al sistema electoral antidemocrático que digita la plutocracia gobernante. 

Las tentativas de golpe eran el único ingrediente que faltaba en ese infame dispositivo. Las hordas de Trump llenaron ese vacío, sepultando todas las burlas hacia los regímenes políticos de América Latina. Esta vez el típico episodio de una República Bananera se localizó en Washington. Los bandoleros no asaltaron el Parlamento de Honduras, Bolivia o El Salvador. El operativo que exporta el Departamento de Estado y organiza la embajada yanqui fue implementado en casa. 

Las consecuencias políticas de ese episodio son inconmensurables. Afectan directamente la capacidad de intervención imperial. La OEA tendrá que reinventar sus guiones para condenar “las violaciones a las instituciones democráticas”, en los países que simplemente imitan lo ocurrido en Washington. También deberá explicar por qué razón la cúpula de los Republicanos y Demócratas toleraron esa incursión, sin ninguna represalia contundente contra sus responsables. 

Los efectos más perdurables aún son nebulosos, pero las comparaciones que se establecieron con la captura de Roma por los bárbaros o con las marchas de Mussolini ilustran la gravedad de lo ocurrido. Varios historiadores estiman que el país afronta el mayor enfrentamiento interno desde la guerra civil del siglo XIX. 

En lo inmediato se perfilan dos escenarios contrapuestos de declive o resurgimiento de Trump. Los exponentes de la primera previsión destacan que la aventura golpista acentuó un deterioro ya soportado por el magnate, como consecuencia de la pandemia y la derrota electoral (PSL, 2021; Naím, 2021). Zafó de la destitución (25ª Enmienda), pero no de un impeachment que podría inhabilitarlo a futuro. Se despidió con la deserción de funcionarios, rechazos de congresistas republicanos y un vergonzoso auto-indulto de sus cómplices. La ceremonia militarizada del traspaso disuadió las marchas previstas de apoyo a su gestión. 

Trump fue abandonado por sectores de las finanzas y la industria que solventaron su campaña y el poder tecnológico lo repudió cortando sus cuentas en Twitter y Facebook. El establishment teme los incontrolables efectos de las jugadas del ex presidente. Si la decadencia de Trump se corrobora, el asalto al Capitolio será recordado como el “Tejerazo” de España en 1981 (intento final y fallido del franquismo para conservar el poder). 

Pero una biblioteca opuesta de analistas estima que lo ocurrido no modificará la sólida inserción política del trumpismo (Vandepitte, 2021; Farber, 2021; Post, 2020). El millonario cuenta con una base social que reunió al 47 % de los votantes y sometió al partido republicano a su liderazgo. Muchos legisladores han repetido su fábula del fraude electoral, con el alocado agregado que fue perpetrado por un fantasmal grupo izquierdista (Antifas). 

Esta visión postula que el trumpismo se ha consolidado dentro de la estructura estatal (gendarmes, jueces, funcionarios) y podría construir una tercera formación para desafiar el bipartidismo, si no logra domesticar el hervidero republicano. La inhabilitación de Trump sería contrarrestada por el protagonismo de sus hijos o algún otro sucesor. Y la animadversión de los financistas sería compensada con otros contribuyentes. 

Pero las dos opciones de caída o persistencia del trumpismo no dependen sólo del comportamiento de las elites y los realineamientos de los Republicanos. Aún está pendiente la reacción en el polo opuesto de jóvenes, precarizados, afroamericanos, feministas y latinos, que antes del período electoral ocuparon las calles con enormes manifestaciones. Si esas voces retoman su presencia -con la demanda de democratizar el sistema electoral- el futuro del magnate se dirimirá en otro escenario. 

CONTINUIDADES E INTERROGANTES 

La salida de Trump reducirá el tono de la retórica imperial, pero no la intensidad de las agresiones estadounidenses. Con mayor uso de la diplomacia y la hipocresía, Biden comparte las políticas de estado de su antecesor. 

Los dos partidos del establishment se han alternado en el manejo de las estructuras que sostienen la preeminencia militar de la primera potencia. Las evidencias de este belicismo compartido son incontables. Los Demócratas no sólo iniciaron las grandes guerras de Corea y Vietnam. Tanto Clinton como Obama autorizaron más incursiones externas que Trump y en el 2002 el propio Biden apoyó la invasión a Irak, supervisó la intervención en Libia y avaló el golpe en Honduras (Luzzani, 2020). 

El dispositivo imperial norteamericano se asienta en un sistema político antidemocrático, que garantiza el periódico reparto de los cargos públicos entre las dos formaciones tradicionales. En la última elección fue particularmente visible cómo operan esos mecanismos de manipulación. En Estados Unidos no funciona el principio elemental de una persona-un voto. Tampoco existe un padrón federal o una autoridad electoral única. Hay que inscribirse y el ganador de cada estado se queda con todos los electores. 

La plutocracia que maneja ese sistema asegura su continuidad con los descomunales gastos de campaña que proveen las grandes empresas (10.800 millones de dólares en el 2020). Los 50 estadounidenses más ricos -que poseen una riqueza equivalente a la mitad de los habitantes del país- tienen garantizado su control del régimen. Con ese basamento se definen las estrategias imperiales que utiliza la primera potencia para dictar lecciones de democracia al resto del mundo. 

Biden se apresta a retomar la política externa tradicional manchada por los exabruptos de su antecesor. Intentará en esa esfera el mismo retorno a la “normalidad” que promete en el ámbito interior. Los medios de comunicación acompañan ese maquillaje. 

El nuevo morador de la Casa Blanca apuntala el neoliberalismo con algunas pinceladas de progresismo en la agenda de las minorías, el feminismo y el cambio climático. Esa misma mixtura instrumentará en la arena exterior, rodeando los lineamientos básicos del imperio con mayores ornamentos de retórica amigable. Esa línea ha sido sugerida por los tradicionales asesores del Departamento de Estado (Nye, 2020). Biden implementará esa combinación aprovechando su larga experiencia de medio siglo en los intersticios de Washington. 

Ya colocó el mismo equipo de funcionarios de Obama en los puestos claves de la política exterior. Pero no podrá repetir simplemente el globalismo multilateral de esa gestión. Con los Tratados de Libre-comercio Transpacíficos (TTP) y Transatlánticos (TTIO), Obama propiciaba una red de alianzas asiáticas para rodear a China y un tejido de acuerdos con Europa para aislar a Rusia. Ninguno de esos convenios pudo concretarse, antes de su brutal entierro por el bilateralismo mercantilista de Trump. Es muy improbable que Biden pueda retomar el curso precedente, como pilar económico de su estrategia imperial.

Para comandar los mega-tratados comerciales con Europa y Asia se requiere una economía de alta eficiencia que Estados Unidos ya no maneja. No alcanza con el dólar, la alta tecnología y el Pentágono. Ni siquiera en el propio hemisferio americano la primera potencia logró consumar una estrategia librecambista. Sólo consolidó el T-MEC con México, sin reinstalar ninguna variante del ALCA en el resto de la región. 

Por otra parte, la crisis de la globalización persiste y la prédica de Trump para confrontar con los adversarios comerciales ha calado en el electorado. Existe una fuerte corriente de opinión hostil al globalismo tradicional de las elites costeras. A ese malestar se añade el Gran Confinamiento generado por la pandemia y la inédita paralización del transporte y el comercio internacional. La confluencia de obstáculos para retomar el multilateralismo es muy significativa. 

Biden deberá concebir un nuevo pilar para su programa externo con otro equilibrio entre americanistas y globalistas. De la misma forma que Trump se distanció del intervencionismo de Bush, Biden deberá ensayar algún cóctel más alejado del formato Demócrata tradicional.

Sus primeros pasos apuntarán a recomponer relaciones tradicionales con los aliados de la OTAN. Intentará cicatrizar las heridas dejadas por su antecesor, retomando proyectos para lidiar con el cambio climático (Acuerdo de Paris). Buscará “descarbonizar” el sector eléctrico con incentivos a las energías renovables e impulsos al auto eléctrico. Pero esas iniciativas no resuelven el gran dilema de la estrategia frente a China. 

En este terreno sobran los indicios de continuidad. Biden intensificará la presión para gestar una OTAN del Pacífico-Índico (Dohert, 2020). Australia ya decidió participar en ejercicios navales con Japón y transformarse en el gran portaviones regional del Pentágono. A su vez, Taiwán ha sido provisto de un novedoso armamento aéreo y la India brinda señales de aprobación al acoso en el Mar de China (Donnet, 2020). 

El nuevo presidente tratará de incorporar a Europa a esta campaña. Se apresta a suturar las heridas dejadas por Trump, aprovechando el novedoso clima de adversidad con China que despunta entre las elites del Viejo Continente. La Unión Europea designó al gigante oriental como un “competidor estratégico” y los gobiernos de Alemania, Francia e Inglaterra negocian el veto a Huawei en sus redes 5G. Macron acaba nombrar incluso un representante galo en el cuarteto belicista que formó el Pentágono en Asia (Quad). 

Pero nadie sabe aún cómo se financiará la OTAN y la lista de temas en conflicto con el Viejo Continente es muy extendida. Incluye la postura estadounidense frente al Brexit y una definición frente al proyecto trumpista de tratado de libre comercio anglo-americano. También sigue pendiente la postura del Departamento de Estado frente al gasoducto que conectará a Alemania con Rusia. 

Biden adscribe al fanatismo pro-israelí de su antecesor, pero Europa propicia un contrapeso más equilibrado con el mundo árabe. Deberá resolver si mantiene la presión bélica sobre Irán, o si por el contrario restablece el tratado nuclear que propician las empresas de Alemania y Francia. 

Estas definiciones incidirán en la estrategia bélica de Biden. Tendrá que optar entre el retaceo de tropas que caracterizó a Trump o el intervencionismo que propiciaban Obama-Clinton. Apuntalar las guerras híbridas o el rearme para grandes conflagraciones involucra otra definición de peso. Pero en cualquiera de esas variantes, se dispone a insistir en el proyecto imperial de recuperación estadounidense. 

ATASCOS EN LA IDEOLOGÍA 

Es probable que Biden retome el estandarte de los derechos humanos como justificación de la política imperial. Esa cobertura ha sido tradicionalmente utilizada para enmascarar los operativos de intervención. Trump abandonó esos mensajes y simplemente optó por disparatadas afirmaciones sin ninguna pretensión de credibilidad. 

La presión sobre China que concibe Biden seguramente incluirá alguna alusión a la falta de democracia. En ese caso difundirá condenas de los mismos atropellos que se realizan en los países asociados con la primera potencia. Lo que se silencia de Arabia Saudita, Colombia o Israel ocuparía la primera plana de cuestionamientos a Beijing. 

Biden reemplazaría las burdas acusaciones de competencia desleal o fabricación del coronavirus por críticas a la ausencia de libertad de expresión y reunión. Quizás señale también la responsabilidad china en el deterioro del medio ambiente, para atraer al subordinado cómplice europeo. 

Pero no será sencillo colocar a China en la lista de países afectados por una tiranía. El imperialismo de los derechos humanos ha sido habitualmente instrumentado para tutelar pequeñas (o medianas) naciones. En esos casos se realza la inoperancia de un “estado fallido” y la consiguiente necesidad del socorro humanitario. Con esa cobertura se arremetió en Somalia, Haití, Serbia, Irak, Afganistán o Libia. 

Los invasores nunca explican la selectividad de ese padrinazgo. Excluyen a incontables países sujetos a las mismas anomalías. Además descalifican a la población “rescatada” presentándola como una multitud incapaz de gestionar su propio destino. 

La contención de masacres derivadas de enfrentamientos étnicos, religiosos o tribales ha sido otro pretexto de la intervención. Se lo utilizó en África y en los Balcanes, alegando la necesidad de contener matanzas entre poblaciones enemistadas. También en esos casos se ha supuesto que sólo una fuerza armada foránea puede pacificar a los pueblos enfrentados. 

Pero ese padrinazgo imperial contrasta con la frecuente incapacidad para arbitrar los propios conflictos internos. Nadie sugiere una mediación externa para resolver esas tensiones. La esencia del imperialismo justamente radica en el auto-asignado derecho a intervenir en otro país, para administrar los problemas que en casa se gestionan sin ninguna injerencia foránea. 

Lo mismo ocurre con el enjuiciamiento de los culpables. Los acusados de los países periféricos quedan sujetos a normas del derecho internacional, que no se aplican a sus pares del Primer Mundo. Milosevic puede enfrentar un tribunal, pero Kissinger está invariablemente exento de ese infortunio. 

Con esa conducta Estados Unidos actualiza el acervo de hipocresía heredada de Gran Bretaña. En el siglo XIX la flota inglesa hostigaba el tráfico internacional de esclavos con argumentos libertarios, que encubrían su propósito de controlar la totalidad del transporte marítimo. Washington recurre a un estandarte parecido y olvida los monumentales desastres que generan las potencias auto-concebidas como salvadoras de la humanidad. Esas intervenciones suelen empeorar los escenarios que prometían enmendar. 

Si Biden intenta retomar ese vetusto guión liberal incrementará la pérdida de credibilidad que afecta actualmente a Estados Unidos. El discurso oficial de los derechos humanos está desgastado. Fue la gran bandera de la Segunda Guerra y perdió consistencia durante el macartismo. Reapareció con la implosión de la URSS, pero volvió a quedar descascarada con las tropelías de Bush y las complicidades de Obama.

Lo mismo ocurre con el estandarte de la democracia, que en la variante imperial estadounidense siempre combinó el universalismo con la excepcionalidad. Con el primer pilar se justificó el rol misionero providencial de la primera potencia y con el segundo el periódico repliegue aislacionista. 

La mitología que cultiva Washington mixtura un llamado al protagonismo planetario (“el mundo está destinado a seguirnos”) con mensajes de protección del propio territorio (“no involucrar al país en causas ajenas”). De esa mixtura emergió la autoimagen de Estados Unidos como una fuerza militar activa, pero sujeta a operaciones solicitadas, remuneradas o mendigadas por el resto del mundo (Anderson, 2016). 

Las facetas intervencionistas y aislacionistas siempre tuvieron basamentos divergentes en las mistificaciones de las elites de las costas y los prejuicios del interior norteamericano. Ambas corrientes se complementaron, fusionaron y volvieron a fracturarse. Ese contrapunto fue actualizado por los globalistas contra los americanistas y ahora por Biden contra Trump. 

Pero las dos vertientes se sostienen en la misma obsesión inmemorial por la seguridad, en un país curiosamente privilegiado por la protección geográfica. El temor a la agresión externa alcanzó picos de paranoia durante la tensión con la URSS y resurgió con oleadas de pánico irracional durante la reciente “guerra contra el terrorismo”. 

La ideología imperial estadounidense afronta las mismas dificultades que la concepción americanista del mundo. Ambas enaltecen los valores del capitalismo, ponderan el individualismo, idealizan la competencia, glorifican el beneficio, mistifican el riesgo, alaban el enriquecimiento y justifican la desigualdad. 

Estos fundamentos consolidaron la hegemonía estadounidense de posguerra y lograron cierta sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero ya no se sostienen en la primacía económica de Norteamérica y han quedado transformados por su reconversión en ideales de otras clases capitalistas del mundo. Los mitos estadounidenses no tienen la preeminencia del pasado (Boron, 2019). 

En la segunda mitad del siglo XX el imperialismo estadounidense complementó la coerción, con una ideología que conquistó preeminencia en el lenguaje y la cultura. Esa influencia persiste pero con modalidades más automatizadas de la matriz estadounidense y los intentos de recomposición imperial deben lidiar con ese dato. La crisis de largo plazo -que analizaremos en nuestro próximo texto- determina irresolubles tensiones en múltiples planos. 

25-1-2021 

REFERENCIAS

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-Farber, Samuel (2021). Las causas del trumpismo y por qué perdurará, 10/01/ 

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-Vandepitte, Marc (2021). Por qué el asalto al Capitolio es sólo el comienzo 13/01 

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-VVAA (2019). Venezuela y las guerras híbridas en Nuestra América, Dossier no 17 Instituto Tricontinental de Investigación Social, 6, https://www.thetricontinental.org/wp-content/uploads/2019/06/190604

Por: Claudio Katz

Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz 

Publicado en:  https://www.alainet.org/es/articulo/210662

15 años promoviendo semanalmente la Geopolitica, en este Programa

Análisis Radial Semanal de Geopolitica de Carlos Pereyra Mele para el Programa: el Club de la Pluma, que conduce el Periodista Norberto Ganci por la Radio Web al Mundo. 

TEMAS:

Sigue profundizandose el conflicto entre Atlantistas (EEUU y socios) y Continentalistas (China y sus socios) conflicto que conduce a un mundo Bipolar nuevamente

AUDIO:

PRESENTACIÓN DEL AUDIO

Carlos Pereyra Mele, nos trae hoy en su columna radial y semanal del Club de La Pluma, la realidad fiel y cruda del EEUU de hoy, cuando se inicia un nuevo curso político.

Analiza en el audio, cómo el inminente y complicado cambio de gobierno en Washington, NO MODIFICARÁ EN NADA EL PROCESO DE DECADENCIA DE UN IMPERIO.

También describe cómo la Prensa acosa para impedir que Trump sea futuro candidato, y que no acceda a cualquier cargo público.

Ironiza con altura intelectual, que NO SERÁ VERDAD aquel dicho popular de que MUERTO EL PERRO, SE ACABÓ LA RABIA.

Define a los sublevados como unos “Sans-culottes, Cabezas Rubias, Anglosajones” que han tomado su particular Bastilla, por ser los olvidados del Sueño Americano desde la época de Reagan.

Pero que, como en la Revolución Francesa, sólo habrá al final una mayor profundización del poder de los grandes grupos empresariales, económicos, financieros norteamericanos.

También avisa que a este interior profundo y mal pagado de EEUU, le insistirán con la exigencia de abandonar sus posiciones de xenofobia, homofobia, machismo, racismo, etc, ahora que para  la DERECHA NO ANTI LIBERAL, la solución a todos los problemas, está en resolver esos asuntos sociales.

Desnuda Carlos Pereyra Mele,  la verdad sobre que estos grupos no son antisistemas. Solo atacan a las minorías y nunca al gran capital. 

Tampoco denuncian la timba financiera de los bancos, ni el abandono de los apoyos a las políticas  productivas.

Y desnuda de que sus protestas han dejado impune al sistema financiero que es el que de verdad les ha asfixiado a ellos y a las administraciones.

Vuelve a demostrar la certeza geopolítica, sostenida desde hace 20 años por Dossier Geopolítico, sobre que continuará sin cambios el enfrentamiento del bloque Atlantista Anglosajón contra el bloque Euroasiático y que seguirá la desenfrenada carrera por el poder entre las tres grandes potencias capitalistas del mundo, EEUU, China y Rusia.

También apunta sobre un tema crucial de la geopolítica, cuando hace hincapié en el EXTRAÑO SILENCIO de Baiden sobre las últimas sanciones internacionales de Trump, que podrían ser todo un “trabajo sucio” a favor de la nueva administración. Y da un repaso concienzudo a esas sanciones

Habla y demuestra al detalle como la estructura del Occidente está cada vez más debilitada por los cambios en la UE y los acuerdos en Asia, con China a la cabeza.

Y con total claridad, plantea una meridiana ecuación geopolítica que demuestra que EEUU ha perdido el Poder Blando y ya solo le queda el Poder Duro. Un análisis profundo y certero que, de por sí solo, justifica escuchar el audio.

Avanza sobre lo que nos espera para los próximos 10 años en la lucha por “LOS ESCALONES DEL PODER MUNDIAL” y termina dando una mirada profunda, crítica, preocupante y esperanzadora sobre América Latina.

Por Eduardo Bonugli Madrid Colaborador de Dossier Geopolitico

Mientras se coagula la sangre política y real tras el asalto al Capitolio, se rinde homenaje a los patriotas o sus contrarios los Demócratas y Republicanos; mientras se cocina el impeachment contra el presidente, mientras se ajusta la bolsa de Wall Street… Mike Pompeo y su patrón, Donald Trump realizan una serie de jugadas estratégicas que algunos definen como odio personal pero otros lo analizan como jaques a futuro, tanto para apuntalar su poder, porque finalmente Trump se podrá ir, pero la marca Trump, no, como para seguir dejando piedras en el camino, desde su política exterior al concierto internacional. Se viven momentos muy tensos y por eso es necesario ver el problema desde los diversos actores y factores que se presentan en el análisis, desde un fantasma noticioso que parece ser Washington, que a veces se oculta y otras asusta. ¿Cuál es la agenda Trump 2024? ¿Cuál es su intensión en la lista de terroristas que tiene el departamento de Estado? ¿Cuáles son las causas y consecuencias? Estamos a unos días del 20 de enero, día de la asunción en la capital estadounidense, y por eso mismo, hay que preguntar. -PREGUNTEMOS y dejemos que los protagonistas Carlos Santa Maria y Carlos Pereyra Mele; nos orienten y que usted alcance la conclusión. Le recuerdo que han censurado este programa no una sino muchas veces, y por todos lados. Las cuentas de Hispantv en YouTube, se han cerrado en varias ocasiones. Por eso, la cuenta oficial de un servidor fue abierta para que usted nos siga y en caso de que se pierdan las otras, mantengamos siempre por aquí la nueva información. “Detrás de la Razón oficial Roberto de la Madrid”