Significa el triste destino del pueblo Saharuí, aplastado desde hace medio siglo por la codicia de las potencias.-

EEUU, Marruecos, Israel, España, Trump, el Rey Juan Carlos, Franco, y el fraude de la  actual monarquía española completan el paisaje de la persecución y genocidio de “los olvidados del desierto”, ante la indiferencia e hipocresía del mundo libre.

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Otra brecha abierta en el mundo árabe, más una durísima e histórica patada en la boca a la cancillería española, es el resultado del reconocimiento de EEUU a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, ex colonia española, a cambio de que Rabat establezca relaciones diplomáticas con Israel.

Tal acuerdo pretende cerrar la maniobra inconclusa gestada en 1975 por el sempiterno secretario de estado en la sombra, Henri Kissinger y por el Rey Hasán II de Marruecos, cuando se apropiaron por la fuerza de los 260 mil kilómetros cuadrados del desierto, sobre la costa atlántica, justo al norte de África, privando a sus 70 mil pobladores de su independencia como nación libre.

El reconocimiento es también un golpe bajo a los equilibrios diplomáticos internacionales, que divide aún más al mundo árabe, acorrala a Palestina para imponer la supremacía de Israel en Oriente Medio, y es un cheque en blanco para que Marruecos termine de someter y/o aniquilar a este pueblo perseguido.

El Sahara Occidental es una zona estratégica para las andanzas bélicas de Occidente, muy ricas en minerales altamente demandados para las nuevas tecnologías. Y que siempre despertaron la codicia de Occidente. 

El idilio entre el Israel y Marruecos viene ya desde 1965, cuando los servicios secretos israelíes, con la complicidad de la policía francesa, asesinó en los bosques de Saint Germain, cerca de Paris, al opositor marroquí Ben Barka a cambio de que Hasán permitiera un amplio espionaje en la Cumbre Árabe de Casablanca de ese año, que fueron fundamentales en la Guerra de los Seis Días. Luego de esta exitosa complicidad, ambos bandos comenzaron el asalto a las remotas arenas del desierto, que aún eran colonia española.

La ocupación marroquí de 1975 quedó inconclusa, porque al año siguiente los habitantes del Sahara reaccionaron con su Frente POLISARIO, quién proclamó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y declaró la guerra a Marruecos. Aunque la ONU reconoció al Frente como único interlocutor de la zona y ordenó la realización de un referéndum de autodeterminación, el mismo fue siempre boicoteado por las potencias de Occidente.

En aquel 1975, Juan Carlos de Borbón ya ejercía de facto como jefe del estado español en funciones mientras Franco agonizaba y, según  historiadores de la época, el imberbe heredero del dictador, habría facilitado la entrega de la entonces colonia española a Marruecos en un acuerdo a tres con EEUU.

Los entretelones de aquella entrega preocuparían seriamente a la actual Monarquía española, asediada hoy por los escándalos diarios sobre la fortuna ilegal del viejo monarca, ante la posibilidad de que la jauría de la prensa pretenda relacionar los dineros opacos descubiertos ahora, con alguna supuesta “contraprestación” a Juan Carlos por aquella también supuesta y nula resistencia a la entrega del Sahara.

En cualquier caso, la realidad dice que Trump ha impuesto su voluntad haciendo pagar al gobierno de Madrid un duro precio por vivir en la irresponsable fantasía de creerse socio y aliado importante de EEUU, que no ha dudado en demostrar hasta donde le importa su alianza con España. 

Semejante bochorno diplomático es también el resultado de la errante y pusilánime política española en este conflicto, que puso de manifiesto su fobia histérica a la realización del referéndum, como lo obligaba la ONU y lo reclamaba medio mundo.

Es que España no puede apoyar ningún tipo de referéndum, aunque sea en el norte de África, porque se le abriría la caja de Pandora en su propio reino ya que no podrían frenar otros referéndums similares, como por ejemplo el de la monarquía borbónica o sobre la independencia de Cataluña o del País Vasco.

Por lo tanto, el boicot de La Moncloa al mandato de la ONU ha sito total, y se entiende porque cualquier referéndum, del tipo que sea, es la peor pesadilla para la privilegiada elite cortesana, política, empresarial y mediática de España

En el plano internacional, se demuestra que Trump, en solo 4 años y sin disparar un solo balín, ha logrado más para Israel y ha golpeado más a Palestina, que las anteriores 6 administraciones norteamericanas con todas sus frenéticas tempestades bélicas, a lo largo y ancho del globo.

Ni siquiera el muy progresista Obama, ni la muy feminista Hillary Clinton, con sus bombardeos, invasiones y matanzas por todo el globo, consiguieron darle semejante alegría a Tel Aviv, como lo ha hecho Trump en estos tiempos.

El electo Joe Biden debe estar hoy muy agradecido del presidente saliente por haberle hecho este penúltimo «trabajo sucio». Un acto de vandalismo diplomático que ya es un “Hecho Consumado”, irreversible y definitivo, muy a gusto de la Casa Blanca, toda vez que Marruecos pasa a ser un activo del cada vez más menguante patrimonio geopolítico del Sionismo Internacional y de la debilitada Alianza Atlántica. En consecuencia, poco le importa al “Gran Hermano Imperial”, la vergüenza infringida a España y a la UE

Tanto la derecha española como el partido Socialista y el pretencioso poder mediático, se lamen las heridas en silencio ante la evidencia y la magnitud del desprecio inflingido por el coloso del Norte. Un siglo y medio de dominación colonial en el Sahara no les alcanzaron a los gobiernos de Madrid para tener una posición digna y respetuosa con su historia y con aquellos a los que impuso su imperio. De la misma manera que en 1975, “la cruel España franquista” huyó y abandonó la zona sin pegar un solo tiro, en 2020, “la monarquía parlamentaria” de hoy no se atreve ni siquiera a levantar la voz. 

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La ignominia va cerrando así el penúltimo capitulo del “Imperio donde nunca se ponía el sol”, aquel mito de Felipe II en el siglo XVI que resumía como románticas y valientes a las sanguinarias conquistas coloniales de su reino por todo el mundo.

Las últimas dos páginas escritas sobre la agonía de aquel “Glorioso Imperio Monárquico” son la Guerra de Las Malvinas en 1981 y esta patada en la boca de Trump por el Sahara. 

En ambos casos, los herederos de Felipe II y de Franco, más los actuales monarcas y la elite política moderna, han pisoteado aquella leyenda de romanticismo y valentía, renegando de la propiedad de esas tierras que fueron suyas, avergonzándose ante los países ocupantes y dando las espaldas a sus antiguos súbditos.

Eduardo A Bonugli

Madrid, 16 Diciembre 2020

Andrew Korybko 15 de diciembre Global Research

Las sanciones selectivas impuestas recientemente contra Turquía y la inminente Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) 2021 que imponen medidas similares en su contra por la adquisición de los sistemas de defensa aérea S-400 de Rusia, aunque son ilegales en términos de derecho internacional y un ejemplo flagrante de intromisión hostil. en los asuntos de su aliado nominal de la OTAN, en realidad fortalecerá la soberanía de su objetivo inspirándolo a redoblar sus políticas independientes.

Sanciones subversivas

Los observadores de Oriente Medio se alarmaron, pero no necesariamente se sorprendieron al escuchar que Estados Unidos impuso recientemente sanciones selectivas contra Turquía y que su Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) 2021 exige otras similares, para  la adquisición de los sistemas de defensa aérea S-400 de Rusia. Estados Unidos ha amenazado durante mucho tiempo con castigar a su aliado nominal de la OTAN en virtud de la Ley de lucha contra los adversarios estadounidenses mediante sanciones (CAATSA), pero ahora finalmente se cumplió y se convertirá en ley a través de la NDAA. Aunque Trump amenazó con vetarlo por no apelar la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, el Senado tiene una mayoría a prueba de veto, por lo que, en última instancia, podrán anular sus esfuerzos. Además, las sanciones selectivas del lunes muestran que el presidente ciertamente apoya esta política en principio. Aunque ilegal en términos de derecho internacional y un ejemplo flagrante de intromisión hostil en los asuntos de su socio putativo, este desarrollo en realidad fortalece la soberanía de su objetivo al inspirarlo a redoblar sus políticas independientes.

La «diplomacia militar» de Turquía con Rusia

La intención de Estados Unidos es presionar a Turquía para que revierta su rápido acercamiento con Rusia durante los últimos años, que fue sobrealimentado después del fallido intento de golpe militar pro estadounidense contra el presidente Erdogan en el verano de 2016. Ese evento decisivo mostró a Turquía la importancia de diversificar sus alianzas estratégicas, particularmente en el ámbito militar, derivan de su decisión de adquirir los S-400. Estados Unidos argumenta que estos sistemas son redundantes ya que Turquía tiene acceso a las opciones estadounidenses, pero es particularmente debido a la desconfianza sin precedentes entre esos dos países que Ankara no se siente cómodamente confiando en sus llamados equipos «aliados», especialmente después del fallido golpe militar. Desde entonces, la “diplomacia militar” – el uso de medios militares para promover fines políticos – ha sido el núcleo de la Asociación Estratégica Ruso-Turca emergente. Esto ha permitido a ambos países mejorar rápidamente la confianza entre ellos, así como gestionar de manera más responsable conflictos regionales como los de Siria, Libia y Azerbaiyán.

Errores estadounidenses

Los políticos estadounidenses subestimaron la determinación del presidente Erdogan de diversificar las asociaciones estratégicas de Turquía, pensando erróneamente que la amenaza de sanciones lograría que se alejara del acercamiento en curso de su país con Rusia y posiblemente incluso fabricara una ruptura inesperada entre ellos si Ankara abandonaba el S-400. acuerdo. Tampoco entendieron cuánto desconfía de Estados Unidos después del fallido golpe militar. Al sancionar arrogantemente a su país, están confirmando de manera contraproducente sus sospechas de que Estados Unidos trata a Turquía como un «socio menor» y todavía está comprometido a socavarlo personalmente después de que invirtió gran parte de su reputación política en casa para ver el histórico S-400. trato exitoso. Incluso un simple análisis de liderazgo realizado por un observador casual sugeriría que las amenazas son la forma incorrecta de tratar con alguien como el presidente Erdogan, ya que él no retrocede y, de hecho, se envalentona para mantener su posición cuando se le presiona por principios. Estados Unidos obviamente lo sabe, pero aun así sancionó a Turquía.

Tres explicaciones

Hay tres explicaciones principales de por qué decidieron seguir adelante con esta política a pesar de eso. La primera es que las burocracias militares, de inteligencia y diplomáticas permanentes de Estados Unidos (“estado profundo”) están profundamente divididas sobre el tema y que los pragmáticos que comprenden lo contraproducente que es esta política han sido golpeados por los ideólogos que quieren enviar un fuerte mensaje de disgusto al sancionar a Turquía. La segunda es que el «estado profundo» está unido en este tema, tal vez creyendo que la sustancia de las próximas sanciones eventualmente será tan significativa como su óptica y, por lo tanto, tendrá la oportunidad de tener éxito con su objetivo declarado. Y tercero muy bien podría ser que Estados Unidos se haya resignado al hecho de que la Asociación Estratégica Ruso-Turca es una realidad geopolítica que no irá a ninguna parte pronto y que lo mejor que pueden hacer es mostrar al mundo que los estadounidenses, como resultado, la Asociación Estratégica de Turquía se verá irreparablemente dañada.

La estrategia de contención dual de EE. UU.

El autor predijo el mes pasado que «Rusia y Turquia van a perder mas con la presidencia de Biden», argumentando que la promesa demócrata de unas relaciones más pragmáticas con China y un posible regreso al acuerdo nuclear iraní se combinarían para ejercer una inmensa presión sobre esas dos grandes potencias, aunque con el resultado no deseado de acercarlos aún más a una relación más profunda, de compleja interdependencia estratégica. Probablemente ese sea el caso en tal escenario, los EE. UU. podrían querer adelantarse en su doble contención de esos dos, imponiendo finalmente sanciones a Turquía por su compra de S-400 con el fin de preparar el escenario para los próximos cuatro años. , tiempo durante el cual su objetivo redoblará sus políticas independientes o cederá bajo presión. Sin embargo, este último escenario es poco probable, ya que equivaldría a que Turquía se sometiera estratégicamente a la desvanecida hegemonía unipolar de EE. UU. lo que tendría consecuencias drásticas para la soberanía del país, quizás incluso acelerando los planes de Estados Unidos para llevar a cabo un cambio de régimen allí.

Pensamientos concluyentes

Es por eso que la última de las tres explicaciones detrás de este movimiento, que Estados Unidos acepta la existencia continuada de la Asociación Estratégica Ruso-Turca pero quiere disparar un tiro de advertencia que indica su severo disgusto, es la más creíble. Esta observación también refuerza los sentimientos del autor de que Rusia y Turquía serán los dos principales objetivos geopolíticos de Biden, lo que a su vez los llevará a moverse mucho más cerca en respuesta. Por supuesto, quedará por ver si más sanciones de este tipo serán simbólicas o sustantivas, pero este desarrollo sigue siendo incuestionablemente negativo para las relaciones entre Estados Unidos y Turquía. La posición interna del presidente Erdogan tampoco se debilitará, pero en realidad mejorará ya que Estados Unidos le está mostrando al pueblo turco cuán responsable fue la “diplomacia militar” de su líder en la diversificación de las alianzas estratégicas del país debido a la preocupación de que no se pudiera confiar en Estados Unidos. Si bien el futuro siempre es difícil de predecir, una cosa está clara y es que las relaciones entre Estados Unidos y Turquía nunca volveran a ser las mismas después de la imposición de estas sanciones.

Andrew Korybko es un analista político estadounidense con sede en Moscú que se especializa en la relación entre la estrategia estadounidense en Afro-Eurasia, la visión global One Belt One Road de China de la conectividad de la Nueva Ruta de la Seda y la Guerra Híbrida. Es un colaborador frecuente de Global Research.

15 años promoviendo semanalmente la Geopolitica, en este Programa

Análisis Radial Semanal de Geopolitica de Carlos Pereyra Mele para el Programa: el Club de la Pluma, que conduce el Periodista Norberto Ganci por la Radio Web al Mundo. 

TEMAS:

Sigue profundizandose el conflicto entre Atlantistas (EEUU y socios) y Continentalistas (China y sus socios) conflicto que conduce a un mundo Bipolar nuevamente

Política Internacional de la semana y proyección geopolitica

2020 año que cambió Todo.

Año complicado en temas de Salud y Económicos; 13/12 el sainete electoral sin saber quien es el Presidente electo, Joe Biden toma nuevas decisiones nombrando como Secretario de defensa a un General “negro” el primero en la Historia de EEUU. Hombre del Complejo Tecnológico Militar Industrial. Volver al pasado. Trump NO suspende las ejecuciones de reos rompiendo la tradición de 130 años. Elecciones en Venezuela y sus marcos políticos nacionales e internacionales, con consecuencias en la región; No sirvieron las salvajes sanciones unilaterales, a pesar del atraso del “pago” reconocido por Elliot Abrams a la “oposicion” (Injerencia extranjera?). La OEA siguió siendo la Escribanía de Washington. En nivel Internacional EEUU pagó al reino de Marruecos su “Paz” con el estado de Israel esa acción con la entrega del Sahara Occidental a su soberanía. El Dato Tecnologico: China creo un Computadora Cuantica.

Análisis Geopolitico de la semana: la visita del Papa Francisco visitará Bagdad entre los días 5 y 8 de marzo del 2021, analizamos la geopolitica de las religiones que lleva adelante el Vaticano de la Religion catolica Apostolica Romana y las otras religiones monoteístas

Elecciones Parlamentarias en Venezuela: Pereyra Mele. entrevistado por Roberto de La madrid, Director de “Detrás de la Razón” 

Venezuela está libre, apunta el presidente Nicolás Maduro. Está libre de la oposición. Maduro asegura que fue una aplastante victoria y una lección de democracia las elecciones legislativas que vimos este domingo, en donde según Maduro, se votó masivamente por el chavismo. Así y ahora, ya no hay obstáculos para la ideología y política del partido en el poder, porque tiene también la Asamblea Nacional. ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿y en medio de qué pasó? trataremos de preguntar en este capítulo que por el tema, ya es polémico en el mundo. POR ROBERTO DE LA MADRID ©

PREGUNTEMOS

y dejemos que los protagonistas nos orienten y que usted alcance la conclusión. Le recuerdo que han censurado este programa no una sino muchas veces, y por todos lados. Las cuentas de Hispantv en YouTube, se han cerrado en varias ocasiones. Por eso, la cuenta oficial de un servidor fue abierta para que usted nos siga y en caso de que se pierdan las otras, mantengamos siempre por aquí la nueva información. Búsquela y suscríbase, el nombre usted ya lo conoce: «Detrás de la Razón oficial Roberto de la Madrid» aquí le ponemos el link: https://t.co/M8G9UiRlnV 

Por Paul Musgrave para Foreign Affairs

En la década de 1990, rica, perezosa y feliz, los estadounidenses imaginaron un mundo que podría ser como ellos.

Cuando los tanques atacaron y los refugiados huyeron en el último  round de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno-Karabaj, las redes sociales se convirtieron en otro campo de batalla, con algunos participantes sorprendentes. Esto incluyó a la sucursal local de McDonald’s, que publicó algunos tuits ardientes  a favor de Azerbaiyán, aunque de breve duración.

Para los norteamericanos que recuerdan el análisis de política exterior, perezosamente, optimista que produjo su país en la década de 1990, fue un momento conmovedor. Una empresa que alguna vez se consideró un desmotivador para la guerra  se había convertido en participante de una. Es otro golpe a la idea de que la globalización económica, por sí sola, puede hacer que la guerra sea menos probable, en contrapartida a lo que sucede con los legados que deja todo declive imperial que producen una nueva ola de conflictos.

Resulta que soy uno de esos norteamericanos. Cuando Bill Clinton todavía era presidente, el presidente Donald Trump era un chiste y las Torres Gemelas estaban en pie, yo era un estudiante de primer año de la universidad que tomaba un curso sobre política exterior estadounidense. Nuestro libro de texto fue “El Lexus y el olivo”, un bestseller de 1999 del columnista del “New York Times”,  Thomas Friedman.

La afirmación de Friedman era simple: los beneficios de la integración económica reducen las opciones políticas abiertas a los gobiernos, lo que hace que la guerra, que interrumpe esa integración, sea tan poco atractiva que la hace,  prácticamente,  impensable. Si eso suena como la teoría de la paz capitalista como la entendieron Montesquieu, Adam Smith y Richard Cobden, es más o menos como fue.

El libro formó parte del exceso de activistas de la globalización simplista que definió el verdadero momento unipolar, ese período entre mediados de la década de 1990 y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Ese optimismo reflejó un duro giro de las ansiedades que esas mismas clases habían abrazado en el mundo inestable e inmediatamente posterior a la Guerra Fría. En 1990, John Mearsheimer reflexionó en “The Atlantic” que los norteamericanos pronto se perderían la Guerra Fría cuando el mundo colapsara en la anarquía. El ensayo de 1993 de Samuel Huntington en “Foreign Affairs”, «¿El choque de civilizaciones?», sugirió que el futuro presentaría baños de sangre entre las civilizaciones. Tanto Michael Crichton como Tom Clancy escribieron thrillers en los que los Estados Unidos se vieron amenazados por la humillación de la creciente potencia económica asiática, Japón. Durante un tiempo, se inició una nueva era de competencia entre grandes potencias.

Sin embargo, a mediados de la década de 1990, los norteamericanos se habían relajado. La guerra de la coalición liderada por los Estados Unidos contra el presidente Saddam Hussein fue un ejercicio, sorprendentemente, exitoso. Resultó que los japoneses no querían embarcarse en una guerra de agresión solo porque sus abuelos lo habían hecho (y su economía ya se había hundido de todos modos). La integración europea avanzaba pacíficamente. El ex presidente soviético Mikhail Gorbachev hizo un comercial de Pizza Hut. El problema más urgente para los líderes de opinión de la política exterior estadounidense parecía ser tratar de explicar por qué se había producido este período feliz y por qué nunca podría terminar. No había mucha necesidad de aprender mucho sobre el resto del mundo: la combinación del poder irresistible de los Estados Unidos, tanto duro como blando, significaba que el mundo se volvería más como nosotros de todos modos.

En manos de Friedman, los sofisticados sabores de Cobden y Smith se homogeneizaron en un plato de comida  rápida, al que llamó la «Teoría de los Arcos Dorados para la Prevención de Conflictos».  Su tesis, originalmente expuesta en una columna de 1996, proponía explicar el declive de la guerra como resultado de la expansión del capitalismo global: «No hay dos países que tengan un McDonald’s que hayan librado una guerra entre sí».

Friedman admitió que la correlación pacífica entre McDonald’s y las relaciones pacíficas no era causal. Incluso entrevistó a un ejecutivo de McDonald’s (identificado sin verguenza como «un secretario de estado de facto»), quien le dijo que McDonald’s no abrió en los mercados hasta que ya eran ricos y lo suficientemente desarrollados para sostener una clase media que podía permitirse lujos occidentales como las comidas rápidas.

En otras palabras, la presencia de un restaurante McDonald’s no ejerció propiedades mágicas para reducir conflictos. En cambio, McDonald’s colocó, estratégicamente, sus restaurantes en países que, en primer lugar, era poco probable que fueran a la guerra.

Y esto tiene sentido. McDonald’s tiene un alto nivel para abrir una franquicia porque la confiabilidad de su cadena de suministro es tanto un punto de jactancia como el núcleo de su modelo comercial. Un Big Mac es un Big Mac en todo el mundo, incluso si un cuarto de libra podría no tener el mismo nombre en uno con el sistema métrico. (Los viajeros experimentados también pueden hablar de la limpieza y confiabilidad de los inodoros). En toda África, por ejemplo, incluso hoy, McDonald’s opera en solo cuatro países: Marruecos, Egipto, Sudáfrica y la isla turística de Mauricio. En la década de 1990, cuando África era el centro del conflicto mundial, con la Segunda Guerra del Congo cobrando 5,4 millones de vidas, la ilusión de paz se fue con las hamburguesas y las papas fritas.

La causa real de la observación de Friedman fue de cómo la expansión del capital global estaba haciendo que los nuevos mercados emergentes fueran cada vez más atractivos para las corporaciones multinacionales. La conjetura de Friedman era menos una teoría de los arcos dorados y más una correlación de los arcos dorados. La correlación puede no ser causal, como cualquier politólogo podría haberle dicho a Friedman, pero los eslóganes rápidos son rentables.

Por supuesto, si los académicos no venden tan bien como Friedman, también rara vez se demuestra que están equivocados tan rápidamente o de manera tan decisiva como Friedman. Poco después de que el libro llegara a los estantes de los minoristas, comenzó la campaña de bombardeos de la OTAN dirigida por Estados Unidos contra Serbia.

Belgrado se había jactado de tener un McDonald’s desde 1988. Hasta aquí la teoría de los Arcos Dorados.

Como muchos artefactos culturales de ese período, el libro de Friedman fue olvidado casi por completo después de que los ataques terroristas del 11 de septiembre barrieran el optimismo embriagador de Clinton. (Para ser honesto, lo olvidé poco después de terminar de leerlo, entre otras cosas porque estaba distraído por la otra gran historia de ese semestre: Bush vs. Gore).

Sin embargo, el propio Friedman nunca lo soltó. En una edición revisada y algo molesta de “El Lexus y el olivo”, se quejaba de que los críticos lo habían entendido mal.

La presentación actualizada de Friedman trató de refinar su teoría para preservarla. “Mi primera reacción… fue señalar a la defensiva que la OTAN no es un país, que la guerra de Kosovo ni siquiera fue una guerra real y, en la medida en que fue una guerra real, fue una intervención de la OTAN en una guerra civil, entre serbios y albaneses de Kosovo ”, escribió.

De hecho, hay algo en esta defensa. El conjunto de datos académicos “Correlates of War” registra el conflicto OTAN-Serbia como disputa Nro 4137, que está codificada como 4 (“uso de la fuerza”) en lugar de 5 (“guerra”). Y, como sugiere Friedman, la disputa más amplia, también, podría codificarse como una guerra civil, aunque las guerras civiles internacionalizadas representan una forma distinta y cada vez más común de conflicto militar.

Sin embargo, la verdadera defensa de Friedman se basa en la idea de que McDonald’s era irrelevante para la teoría de los Arcos Dorados. «Kosovo demuestra cuánta presión… los regímenes nacionalistas pueden sufrir cuando los costos de sus aventuras y las guerras de elección se llevan a su pueblo en la era de la globalización», escribió Friedman. La globalización contemporánea «crea una red mucho más fuerte de restricciones en el comportamiento de la política exterior de aquellas naciones que están conectadas al sistema».

Para ser claros, los años siguientes no han sido más amables con su teoría, incluso en su forma posterior a McDonald’s. Desde que Friedman escribió esos pasajes, Wikipedia señala con ironía, que han estallado tres disputas militarizadas adicionales entre países con McDonald’s: la Guerra del Líbano de 2006; la guerra entre Georgia y Rusia de 2008 y la crisis de Crimea de 2014.

Puede que Friedman no haya seguido adelante, pero el resto de nosotros sí. En los años transcurridos desde que escribió la primera versión, obtuve un doctorado en relaciones internacionales. Ahora, doy mi propio curso sobre política exterior norteamericana.

No enseño “El Lexus y el olivo”. Si tuviera que enseñar una versión de la hipótesis de la paz capitalista, probablemente, usaría la escrita por el erudito Erik Gartzke, en la que el desarrollo del mercado disminuye las perspectivas de guerra entre dos países, pero no lo descarta. O está el argumento de Dale Copeland de que las expectativas de ganancias del comercio, no las ganancias en sí mismas, reducen la probabilidad de guerras entre Estados.

Estas sutiles distinciones son importantes. E incluso esas dos versiones de la paz capitalista llevan a conclusiones diferentes. Si la integración comercial y económica entre países realmente sofoca la belicosidad, es poco probable que los Estados Unidos y China vayan a la guerra. Pero si los líderes de esos países deciden desacoplar su economía, las posibilidades de guerra aumentarían en consecuencia.

Por supuesto, les explicaría a mis alumnos, que la guerra, también, podría proceder de otras causas. La integración económica puede no ser la panacea para evitar una guerra interestatal después de todo. John Vasquez escribe: «La guerra entre iguales ha seguido al fracaso de la política de poder para resolver ciertos problemas muy importantes», escribe, ninguno más que los «problemas relacionados con el territorio, especialmente la contigüidad territorial».

En la ex Unión Soviética, las guerras por Chechenia, Georgia, Ucrania y ahora Nagorno-Karabaj han involucrado al territorio como un elemento crucial, una historia mucho más cercana a lo que predecía la teoría de Vásquez que la de Friedman.

La globalización puede haber aumentado los costos de estas guerras, pero obviamente no las han evitado. Sin duda, Armenia no tiene McDonald’s, un problema lo suficientemente grave como para haberse planteado en el parlamento de Ereván a principios de este año. Las entusiastas de la franquicia de Azerbaiyán también fueron rechazadas por el Ministerio del Interior.

Independientemente, la lógica de Friedman sugiere que el conflicto no debería haber comenzado o no debería haber sido tan sangriento una vez que lo hizo. Tanto Armenia como Azerbaiyán obtienen una puntuación alta (y casi idéntica) en el índice de globalización ETH de Zurich KOF. El ritmo de las muertes sugiere que el conflicto podría calificarse como una supuesta guerra real según el criterio tradicional de 1.000 muertes relacionadas con la batalla. (De hecho, algunos informes dicen que el número de muertos superó rápidamente ese nivel).

Y si el conflicto ha quitado el apoyo final de la teoría de los Arcos Dorados, finalmente también ha derrocado toda la confianza que quedaba en la creencia de la década de 1990 en el eterno resplandor del orden norteamericano. 

El resurgimiento del conflicto de Nagorno-Karabaj proporciona otra razón más para preocuparse de que el mundo esté entrando en una nueva fase de conflictos más violentos, incluidas guerras importantes y la globalización no los evitará más que el floreciente comercio antes de que el asesinato del archiduque Fernando impidiera la Primera Guerra Mundial.

Después de todo, siguen surgiendo guerras que desafían la evaluación optimista de que la guerra es una reliquia del pasado. Las formas específicas en que surgen estos conflictos, además, apuntan a la posibilidad de que puedan estallar nuevas guerras que hagan que incluso los conflictos sangrientos como los de Siria y Yemen parezcan relativamente menores.

Impulsadas por procesos de disfunción imperial y colapso interno, las guerras de hoy tienen causas que son enormemente difíciles de curar.

Los conflictos en la ex Unión Soviética, desde Chechenia en la década de 1990 hasta Nagorno-Karabaj en la actualidad, representan un conjunto de guerras en la sucesión postsoviética. Rusia ha intentado mantener su papel central contra rivales reales y percibidos en toda esa vasta región, incluido el Islam transnacional, la Unión Europea, los Estados Unidos, China y ahora, posiblemente, Turquía.

En el Medio Oriente, las potencias regionales revisionistas como Arabia Saudita e Irán compiten por el poder, mientras los Estados Unidos continúan proclamando en voz alta que no está dispuesto a continuar desempeñando su papel estabilizador imperial (incluso si Washington nunca parece encontrar la salida).

Y China, que alguna vez prefirió mantener tranquilas sus disputas fronterizas, parece cada vez más dispuesta a hacer ruido de sables desde el estrecho de Taiwán hasta los Himalaya.

Cualquier conflicto dado puede tener un conjunto particular de causas. Pero una cosa que Friedman hizo bien, fue buscar cambios en el amplio sistema internacional en lugar de enfocarse solo en esas particularidades. Y en este caso, los factores comunes son la incertidumbre sobre las intenciones de los Estados Unidos y el papel de los nuevos retadores globales.

Gran parte de esa incertidumbre proviene de cómo la administración Trump y sus disfunciones internas más profundas han obstaculizado la política exterior de los Estados Unidos. Irónicamente, a pesar de que los agoreros de la era inmediatamente posterior a la Guerra Fría y que habían predicho que el liderazgo estadounidense colapsaría debido a un desafío externo, el golpe más grave vino desde adentro. Si el catalizador no hubiera sido Trump, entonces es probable que algún otro emprendedor político hubiera aprovechado las oportunidades que brinda el polarizado sistema político estadounidense para lograr resultados similares.

Si la teoría de los Arcos Dorados fuera correcta, el ascenso de otros países no debería haber planteado un desafío al orden de los Estados Unidos. Friedman asumió que todos los países estarían obligados por la globalización a elegir entre el mismo número limitado de opciones. En esto, no estaba solo. Muchos observadores, desde políticos hasta académicos de relaciones internacionales, hicieron la misma apuesta. Y, como él, también asumieron que los Estados Unidos harían lo que fuera necesario para mantener una posición de hegemonía benevolente que defiende el sistema internacional. Pero resulta que los países están dispuestos a pagar un precio económico para perseguir otros valores.

Ya no podemos dar por sentada la idea de que los Estados Unidos, o cualquier otro país, estará obligado a ser un actor responsable. Es hora de empezar a pensar en cómo será la próxima era de la política mundial.

Mientras enseño a mis alumnos, me persigue la idea de que mi evaluación de lo que necesitan saber resultará tan anticuada y limitada como terminó siendo la elección de Friedman por parte de mi profesor como libro de texto. Como mínimo, puedo tratar de evitar errores tan catastróficos y arrogantes como la perezosa confianza en el poder estadounidense que definió mi juventud.

Eso significa renunciar a historias simples y enseñar debates reales entre teorías complejas. Significa tomarse en serio las culturas y los intereses de otros países, en lugar de asumir que todos solo quieren ser estadounidenses. Sobre todo, significa estar abierto acerca de cómo la única manera de hacer un mundo mejor es trabajar duro por él.

Paul Musgrave es profesor asistente de ciencias políticas en la Universidad de Massachusetts Amherst.

Traducción: Carlos Pissolito

Original: https://foreignpolicy.com/2020/11/26/mcdonalds-peace-nagornokarabakh-friedman/

Publicado en Espacio Estrategico: https://espacioestrategico.blogspot.com/2020/12/el-hermoso-y-tonto-sueno-de-la-teoria.html

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Análisis Radial Semanal de Geopolitica de Carlos Pereyra Mele para el Programa: el Club de la Pluma, que conduce el Periodista Norberto Ganci por la Radio Web al Mundo. 

TEMAS:

Política Internacional de la semana y proyección geopolitica

2020 año que cambió Todo.

Han pasado 30 días después no se sabe a ciencia cierta quién es el Presidente electo, El trumpismo no ha sido derrotado, La Crisis del Hegemón es mas que claro, tampoco hubo la “Ola Azul” del candidato Democrato, saco 74 millones de votos y Biden saco 80 millones, Hay una profunda Crisis interna social y el supuesto partido vencedor  Demócrata es una especie de cooperativa lo que hará complicado tener a las propia tropas ordenadas. En Política Internacional va a seguir en el mismo sentido de enfrentar a china que llevó adelante Trump…

Un crimen internacional usando armamento con tecnología robótica manejada satelitalmente nos referimos al asesinato del cientifico: físico nuclear iraní Mohsen Fakhrizadeh el pasado 27 de noviembre, este crimen procupa a la comunidad internacion que puede causar un conflicto global segun sea las repesalias, las evidencias se direccionan hacia Israel y su socio protector USA…

Nuevas tendencias y alianzas mundiales se acrecientan…

La buena Noticia para la región es la importancia de la primera reunión después de un año entre el Presidente de argentina Alberto Fernández y el del Brasil jair Bolsonaro

Otra reunión internacional de Alberto Fernandez con Joe Biden, que también es de importancia no solo para Argentina sino para la región.

La otra Noticia son las elecciones de Legisladores en la República de Venezuela -Con un dato la oposicion reconoce que recibe subsidios del Gobierno Norteamericano-

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DATOS DEL ACUERDO EN LA ZONA DE ASIA ENTRE ANTIGUOS ENEMIGOS

Análisis de la RCEP: Asia en el centro de la escena 3 diciembre, 2020

Desde Guangzhou, el consultor y ex diplomático Mario Quinteros escribe para DangDai sobre la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por su sigla en inglés), que acaba de lanzarse la semana pasada y cubre, con centro en Asia, casi un tercio de la economía global. Por Martio Quinteros (*)

Qué es el RCEP

El domingo 15 de noviembre de 2020, después de ocho largos años de negociaciones, 15 naciones de Asia lograron firmar el que –hasta el momento- es el más grande acuerdo de libre comercio en el mundo: el RCEP (Regional Comprehensive Economic Parnership) – Asociación Regional Económica y Comprehensiva.

El acuerdo aglutina a los diez miembros del grupo ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático – Brunei, Cambodia, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam), junto con Australia, China, Nueva Zelandia, Japón y Corea del Sur; en este acuerdo participan naciones que representan en su conjunto alrededor de un tercio de la población (2.200 millones de personas) y del PBI (26.2 billones de dólares) del mundo, conduciéndolas hacia menores tarifas, simplificación de las regulaciones de comercio y una promesa de mayor crecimiento económico.

Es así que el RCEP se une al CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans-Pacific Partnership – Acuerdo Comprehensivo y Progresivo para la Asociación Transpacífica – un bloque de once países ubicados en ambas costas del Océano Pacifico, establecido en 2018, cuyos participantes son Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelandia, Perú, Singapur y Vietnam) representando los dos grupos más importantes de la región del mundo con mayor crecimiento. El RCEP tendría que efectivizarse dentro de los próximos dos años, una vez que los países participantes (un mínimo de seis ASEAN y de tres no-ASEAN firmantes) ratifiquen el documento.

No deja de llamar la atención que Estados Unidos esté ausente de estos dos grupos: nunca participo en las negociaciones del RCEP y, a principios de 2017, se retiró del Trans Pacific Parnership (TPP – acuerdo que precedió al CPTPP), poco después de la asunción al poder de Donald Trump en Washington.

Principales características del RCEP

– El acuerdo pone en evidencia y refleja el hecho de que el centro de gravedad de la economía mundial se ha desplazado en los últimos cincuenta años del Atlántico Norte el Este de Asia;

– El acuerdo disminuirá hasta el 92 % de las tarifas afectando el comercio intrarregional en un marco de 20 años, también establece reglas comunes para el comercio electrónico, el comercio internacional y la propiedad intelectual. Alrededor del 65 % de los sectores de servicios estarán abiertos para los participantes;

– El comercio intra-asiático es ya más importante que los intercambios de Asia con América del Norte y Europa sumados. El RCEP simplemente acentuara esta tendencia, al reforzar y consolidar los vínculos comerciales y de inversiones entre sus miembros;

– El RCEP es un ejemplo de una integración económica pragmática en la que se construyeron consensos entre los signatarios solo hasta el punto en que estos fueron factibles y fundando el acuerdo en la red pre-existente de tratados de libre comercio entre los miembros de ASEAN y el resto de los participantes;

– Las realidades geográficas y económicas del mundo, más la disputa comercial y las amenazas económicas de Washington han impulsado a China a reducir su dependencia del mercado de Estados Unidos y a diversificar sus opciones comerciales, impulsando así la concreción del tratado;

– El pacto reúne, por primera vez en un acuerdo de libre comercio, a Japón, China y Corea del Sur;

– El RCEP representa un claro avance en el mundo de las ideas de multilateralismo y libre comercio;

– Se han incluido clausulas especiales para arreglos transitorios y transferencias de tecnologías que beneficien a los participantes menos desarrollados (Cambodia, Laos, Myanmar);

– Se ha agradecido especialmente la valiosa contribución de India en la conformación del acuerdo y se espera que pueda incorporarse como miembro en los próximos años a pesar de haberse retirado de las negociaciones en 2019;

– No se han incorporado al RCEP normas sobre trabajo y medio ambiente (a diferencia del CPTPP) y las provisiones con respecto a los servicios e inversiones son menos detalladas que en el CPTPP;

– Por último, pero no menos importante, cabe destacar que el RCEP es un signo muy claro de que Asia ha logrado un lugar pre-eminente en la economía mundial. Una posición que está basada en estabilidad económica, importantes inversiones en educación y salud, instituciones robustas y un sector privado dinámico y con ideas claras que promueve la innovación y el comercio internacional.

China y el RCEP

Ya, alrededor de 70% del comercio total de China es con Asia y Europa, situación que hace natural que Beijing apoyara y promoviera el concepto del RECP desde el inicio mismo de las negociaciones y que –dada su pre-eminencia económica en la región- China haya asumido un rol importante en la conformación de los detalles del acuerdo.

Sin embargo, es muy importante señalar que el RCEP es principalmente el resultado de una iniciativa del grupo ASEAN, así expresado desde el mismo inicio de las negociaciones, y de los esfuerzos de ASEAN para apuntalar la dinámica de la economía y el comercio de la región. Es más, la arquitectura del acuerdo ha sido principalmente estructurada sobre los acuerdos de libre comercio pre-existentes entre ASEAN y el resto de los participantes, habiendo esta sido principalmente definida por ASEAN con las contribuciones de los demás socios.

El retiro de India de las negociaciones del RCEP en 2019, después de haber sido uno de los participantes desde los comienzos, se debe principalmente a las políticas tradicionalmente proteccionistas heredadas desde los primeros años de la independencia (1947) y expresadas en la actualidad en las preocupaciones sobre el impacto domestico de importaciones de productos agrícolas y lácteos a precios competitivos de Australia y Nueva Zelandia así como de artículos manufacturados de China; en cualquier caso, los 15 signatarios acordaron expresar taxativamente que las puertas permanecen abiertas para que India se incorpore al tratado en el momento en que así lo decida.

China ya ha establecido una red de acuerdos de libre comercio con 17 países y bloques regionales y está negociando con otros 15, así como manteniendo conversaciones con Japón y Corea del Sur desde 2012 sobre un tratado de libre comercio trilateral (con escasos avances, hasta el presente) y un acuerdo de inversiones con la Unión Europea. De todos modos, el RCEP será el primer acuerdo de libre comercio multilateral en el que China ha formado parte.

Todos estos esfuerzos por parte de Beijing para alcanzar acuerdos que liberalicen el comercio exterior tienen por objetivo consolidar el desarrollo económico y la influencia internacional de China. Ciertamente, la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos y su despliegue de políticas proteccionistas y medidas anti-china, dio un gran impulso adicional a las actividades de Beijing para diversificar sus socios comerciales y promover el libre comercio. 

Que es lo que el RCEP ofrece a América Latina

– Algunas lecciones.

Quizás, la más importante contribución que pueda aportar el RCEP a América Latina sean las lecciones que se puedan obtener de este acuerdo en términos de una iniciativa de liberalización de comercio. En este sentido, sería interesante remontarse un poco en la historia y preguntarse: porque es que los países asiáticos fueron capaces de desarrollarse y profundizar su integración económica mientras que América Latina ha mostrado un grado de crecimiento decepcionante en las últimas décadas?

Un factor importante a considerar en esta cuestión es el modelo de desarrollo que cada región decidió elegir hace ya varias décadas: en los años 1950, América Latina implemento -con variado éxito- el modelo de sustitución de importaciones como política de industrialización, mientras que Asia –comenzando en la década de 1970- opto por esquemas de crecimiento liderado por las exportaciones.

Adicionalmente, en la década de 1980, Asia del Este desarrollo una estrategia de aprovechamiento de las sinergias basadas en las inversiones transfronterizas en el cual –principalmente Japón, pero también países de la EU y otras economías avanzadas- transferían tecnologías y capital a sus vecinos menos desarrollados, muy frecuentemente a través de joint ventures en las cuales el inversor extranjero mantenía participaciones minoritarias.

Fue así que los ‘Tigres Asiáticos’ –Corea del Sur, Taiwan, Malasia, Indonesia y, hasta un cierto punto, Vietnam y Filipinas- se desarrollaron en el marco de una división internacional del trabajo en el sector industrial en la cual los países más ricos transferían aquellas actividades que requerían menores costos de mano de obra a socios y sucursales establecidos en economías menos avanzadas en el sur y sud-este de Asia. Un ciclo de industrialización, orientado hacia el mercado internacional, en el cual las industrias mano de obra intensivas eran progresivamente reubicadas en países de menor desarrollo, aportando así crecimiento económico y mejoras en los niveles de vida de la población.

La idea directriz atrás de este modelo era alcanzar un grado sistémico de competitividad global, creando así ventajas claras para los países en desarrollo en mercados internacionales. Este proceso se inició con las industrias textiles y de confecciones, seguido por el sector automotriz y algunas industrias químicas y, más tarde, por las actividades de la electrónica y del área digital. El factor clave aquí fue lograr niveles de competitividad global y no meramente local – como fue el caso del desarrollo basado en la sustitución de importaciones aplicado en América Latina.

Al mismo tiempo, América Latina aplicó –con varios grados de persistencia y calidad de gobernanza- mecanismos de desarrollo e integración regional orientados hacia los mercados domésticos y con una participación poco activa del sector privado.

Los resultados finales de estas dos diferentes estrategias de desarrollo están hoy dolorosamente a la vista de todos (se puede ver al respecto el trabajo de Michael Mortimer Flying geese vs. sitting ducks, CEPAL, Santiago de Chile,1993).

Oportunidades de negocios

Mercados integrados de tamaño continental –piénsese en la EU- crean innumerables oportunidades de negocios, tanto para los actores externos como internos a la región, en términos de tamaño del mercado, simplificación de regulaciones de comercio, normas comunes, mejoras en la conectividad física, homogenización en los sistemas jurídicos, economías de escala y accesibilidad financiera, entre otros. En este sentido, el RCEP será con el tiempo no muy diferente a otros grandes mercados integrados, ofreciendo nuevas e interesantes oportunidades de negocios para las empresas de América Latina.

Es bueno recordar que América Latina ya está suministrando a los países miembros del RCEP, principalmente, productos agropecuarios y otras materias primas (minerales, fibras textiles, madera, productos de pesca, etc.), aunque solo incipientemente productos más elaborados y listos para el consumidor o industrias intermediarias.

Para comenzar, habría que señalar que las normas comunes de calidad que introducirá el RCEP crearan un mercado más amplio para alimentos procesados (incluyendo bebidas), que llegaran a todos los estados miembros con las mismas reglas sanitarias y de empaque.

Adicionalmente, la demanda de los países signatarios de RCEP –especialmente en cuanto a alimentos- crecerá considerablemente a medida que sus economías crezcan y los ingresos de sus habitantes gradualmente se incrementen.

De todos modos, las mayores oportunidades (y los más grandes desafíos) para las empresas de América Latina ciertamente se producirán introduciendo más productos procesados y –fundamentalmente- desarrollando sus propias marcas antes que confiar en importadores y distribuidores locales para conducir la comercialización como se hace usualmente hoy en día.

Ciertamente, desarrollar marcas y posicionar productos dentro de cadenas de valor en sitios más cercanos al consumidor es un exigente –y bastante costoso- emprendimiento y por tanto no fácilmente alcanzable para muchas empresas de América Latina. De todos modos, es una tarea que asegura mejores retornos y más estabilidad a las operaciones que la venta de productos a granel o de una forma indiferenciada.

Esta aproximación a la comercialización puede ser facilitada por medio de un trabajo conjunto con socios locales –bajo un esquema de joint venture o asociación- a fin aliviar los requerimientos de financiación así como las dificultades de idioma y de desconexión con el medio local.

En cualquier caso, a fin de aprovechar plenamente las oportunidades que el RCEP ofrece a las empresas de América Latina, será necesario que estas tomen una actitud decididamente pro-activa en cuanto a la comercialización de sus productos, incrementen la presencia permanente en los países miembros del acuerdo y se conviertan en actores activos en dichos mercados.

(*) El autor dirige Yi Consulting en Guangzhou, donde también fue, como en otros destinos, varios de Asia, diplomático de carrera de la Cancillería argentina. www.yiconsultingchina.comhttps://dangdai.com.ar/2020/12/03/analisis-de-la-rcep-asia-en-el-centro-de-la-escena/

En el marco de la recesión geopolítica[1] actual del orden mundial (Bremmer) tanto las administraciones de Obama como la de Trump buscaron abordar los mismos imperativos y dilemas estratégicos de la relación hacia China, sin embargo destacándose distintos enfoques tácticos, en base a la diversidad ideológica entre las dos gestiones presidenciales.

(Gran) Estrategia y Cultura Estratégica

La Gran estrategia estadounidense busca combinar el interés estadounidense por un orden global geoeconómico “abierto” de la hegemonía liberal junto con una estrategia de mantenimiento de la supremacía geopolítica.

La cultura estratégica y el declive de la hegemonía estadounidense se han tratado en los trabajos de los académicos neorrealistas como Posen[2], Stephen Walt[3]y John Mearsheimer[3], Robert Kaplan[4]. Estos autores coinciden en que la Gran Estrategia de Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría, con su “ala” de estrategia de Hegemonía Liberal, ha fracasado, porque ha sido esencialmente demasiado ambiciosa ya que buscaba difundir y, a veces, hacer cumplir los valores liberales en todo el mundo a expensas de su poder nacional. Pero la visión compartida de estos académicos omite un aspecto muy relevante como sostiene Christopher Layne [5]:

Se debe menos por su política excesivamente ambiciosa y más por la apertura del orden mundial y a la competencia del libre mercado propia de hiper-globalización lo que a largo plazo harán que “la gran estrategia hegemónica (liberal) haga que Estados Unidos este menos seguro” provocando complejos dilemas geopolíticos.

El dilema chino: Capitalismo de Estado y Empresas de Participación Estatal

Esto es lo que ha sucedido, por ejemplo, con el ascenso de China, cuya apertura fue defendida en su momento por los decisores estadounidenses como parte de la construcción de un orden global liberal.

El ascenso de China ha hecho que la síntesis entre intereses en pugna (nacionales vs globalistas) sea un trabajo cada vez más desafiante, porque China representa tanto un socio como un rival para Washington.

En particular, los decisores políticos en Washington, DC sienten que el poder estadounidense se ve socavado por el capitalismo de Estado chino y, más concretamente, las empresas de propiedad estatal (SOE-EPE) de Beijing, ya que se convierten en instrumentos de supremacía económica y geopolítica en sectores estratégicos como la alta tecnología.

De hecho, el ascenso de China como actor internacional de primer nivel ha puesto de relieve la tensión entre las dos almas de la gran estrategia estadounidense: el globalismo y la supremacía geopolitíca nacional.

En el pasado, el éxito económico de estados competidores como Alemania y Japón no podía traducirse en aspiraciones geopolíticas dado que estos aceptaron un desarme posterior a la Segunda Guerra Mundial que finalizo sus aspiraciones geopolíticas.

Sin embargo, la estrategia geopolítica revisionista de su mejor amigo y ahora peor enemigo, China es un desafío supremo en comparación con otros rivales. China ahora cuenta con una renovada capacidad militar en el pacifico, absorbe grandes cantidades de deuda externa estadounidense, y con una clase media en crecimiento y un enorme mercado interno, hacen que sea difícil:

“mantener al mundo lo suficientemente abierto para los negocios globales y norteamericanos, sin prevenir que surgimiento de ningún otro desafiante”  Harvey [6]

Si bien la política exterior estadounidense muestra que existe una continuidad con respecto a sus objetivos estratégicos, cada administración perseguirá esos objetivos de modo táctico. Limitaciones estructurales sintetizadas en la conceptualización de Ian Bremmer de recesión geopolitíca, que plantea la difusión del poder global y declive del orden trans-atlántico liberal norteamericano a largo plazo.

El respaldo empírico de estos argumentos puede observarse al comparar los enfoques de política económica exterior de Obama y Trump hacia China.

Por un lado, Obama buscó encontrar un equilibrio favorable entre los intereses geopolíticos y geoeconómicos apoyándose en un enfoque multilateral y globalista. Esto se puede ver en sus esfuerzos por promover la Asociación Transpacífica (TPP) con el fin de contrastar las empresas estatales chinas en las áreas de alta tecnología e Internet y, más en general, socavar el capitalismo de estado de China intentando imponer mayor apertura económica.

Por otro lado, Trump, coherentemente con sus puntos de vista más nacionalistas, se ha dirigido hacia China llevando una política bilateral y confrontativa en búsqueda de la supremacía geopolitíca. Esto ha llevado a su administración a aumentar los aranceles sobre decenas de miles de millones de exportaciones chinas para y tomar represalias contra la competencia de las empresas estatales chinas en áreas sensibles.

Conclusiones

La estrategia estadounidense de Hegemonía Liberal ha contribuido al surgimiento de rivales económicos y geopolíticos sistémicos, como China recientemente. Se argumentó que el ascenso de China como actor internacional relevante ha hecho de este ejercicio de síntesis entre nacionalismo (primacía del interés nacional) y globalismo (un orden geoeconómico abierto) una tarea extremadamente desafiante para Estados Unidos porque China se ha convertido tanto en socio como en enemigo. En particular, la hegemonía de los Estados Unidos se ve desafiada por el entrelazamiento estratégico de China entre el poder político y las industrias clave (empresas de propiedad estatal).

Por lo tanto, los tomadores de decisiones políticas estadounidenses, desde Obama hasta Trump, entendieron que el capitalismo de estado chino es su principal fuente de poder, y por tanto una amenaza. Bajo este esquema analítico, se demostraron las diferencias entre las administraciones de Obama y Trump en su enfoque de la política económica exterior hacia China. Aunque adoptaron tácticas radicalmente diferentes, tanto Obama como Trump persiguieron objetivos estratégicos similares. Obama, sin embargo, puso más énfasis en el multilateralismo, mientras que Trump prefirió un enfoque bilateral y más confrontativo.

Referencias y bibliografía

[1] Bremmer, Ian. (2018) “geopolitical recession has arrived and the US-led world order is ending”.

https://www.cnbc.com/2018/10/10/china-emerging-markets-are-rising-us-led-order-ending-ian-bremmer.html

[2] Posen, B. R. and Ross, L. A. (1996) Competing Visions for U.S. Grand Strategy, International Security, Vol. 21, No. 3, pp. 5-53.

[3] Walt, S. M. (2018) The Hell of Good Intentions: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U.S. Primacy, New York: Farrar, Straus and Giroux. Pág 54.

[4] Kaplan, R.D. (2019) America Must Prepare for the Coming Chinese Empire: https://nationalinterest.org/feature/america-must-prepare-coming-chinese-empire-63102

[5]Layne, C. (2007)The Peace of Illusions: American Grand Strategy from 1940 to the Present, Ithaca and London: Cornell University Press. Pág 7.

[6]Harvey, D. (2003) The New Imperialism, US: Oxford University Press. Pág 84.

Juan Martin Gonzalez Cabañas es cientista político, Analista de Dossier Geopolítico,  de  analista de Vision & Global Trends integra el staff de la Universidad Nacional del Nordeste, Argentina. investigador asociado de Lab GRIMA 

LabGRIMA-UFPEL 154 Alberto Rosa Street,  Room 325 – ZIP Code 96010-770 Post Box 91 – Pelotas – RS ZIP Code 96010-761 – Brazil

Anis H. Bajrektarević

En varios artículos en diarios, y en conferencias en universidades hablé de la necesidad de volver a rescatar la tercera vía en las vísperas del mayor desacople estratégico global (entre China y EEUU), mucha gente me preguntó si mis declaraciones no eran exageradas.

Pero a medida que el orden mundial actual se debilita, las mega-confrontaciones parecerán cada vez más probables: las relaciones chino-americanas son cada vez más conflictivas, con mayores fricciones cada vez sobre comercio, tecnología avanzada, el derecho internacional, la influencia estratégica global. El desacoplamiento estratégico entre el mayor fabricante de productos estadounidenses, China, y su mayor consumidor, el mismo Estados, parece inevitable.

Actualmente, ambas partes como afirma el presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos -CFR-, Richard Haass – «… están desarrollando escenarios para una posible guerra…”. La retórica de los dos países se ha vuelto tan hostil que su velocidad y severidad no tiene precedentes al período posterior de la Segunda Guerra Mundial,

Por supuesto, muchos rechazarían el argumento anterior como una exageración y alarmismo de este autor. Por ello, expongamos algunos hechos:

·         El comercio extendido no es una forma de disuasión para evitar los enfrentamientos:

Los ejemplos comienzan desde la antigüedad, en las guerras del Peloponeso hasta en la modernidad, los casos más conocidos: el del Reino Unido y Alemania en los albores de la Primera Guerra Mundial, el de Japón y Estados Unidos en 1941 con la Segunda Guerra.

·         La ausencia de disuasión por paridad nuclear (en Asia)

Asia alberga, por mucho, el mayor número de potencias nucleares: 2 “legítimas”, 3 declaradas, 1 no declarada y al menos 2 estados con sistemas de suministro creíbles y tecnología como para tener «llave en mano» la capacidad nuclear. Ninguna de ellas (en cantidad y calidad de sus equipos) está en paridad en relación a las demás. Lo que hace que una doctrina de “ataque primario” sea tentadora.

La erosión del orden mundial

El actual orden mundial actual  sufrirá un deterioro debido a una combinación de estos motivos:

·         El Orden mundial actual se degradará por la declinación de una potencia que se encuentra con otra en ascenso (tal combinación pone nerviosos a ambos). El retador esperará su momento para “dar el golpe” mientras que el declinante intentará atacar cuanto antes, antes que el factor tiempo haga que pierda más poder y sea vulnerable a una pérdida mayor.

La China moderna es retratada en la imaginación geopolítica como la Alemania imperial de antaño, un oscuro poder iliberal que se aprovecha del sistema liberal global en su búsqueda desenfrenada por la dominación mundial. Este curso de la colisión se avivará independientemente del hecho de que no hay reclamos territoriales superpuestos, o incluso fronteras comunes entre China y EEUU, y a pesar de una interconectividad sin precedentes y una prosperidad mutua. La confrontación no es solo geoeconómica, sino también ideológica: un mundo liberal vs un mundo autoritario.

·         Así como también el debilitamiento del apoyo político por los principales garantes del orden liberal global existente de las posguerras, sucede debido al retroceso de sus economías y / o demografías.

Trump, Johnston, Bolsonaro, Modi, Kaczyński, Orbán no son causas, sino síntomas del debilitamiento del sistema político-económico de tipo occidental.

Aunque el nuevo presidente de Estados Unidos está declarado, sería una tontería esperar un cambio sustancial de su política hacia China. La nueva administración verá a China de la misma manera: no como un rival económico-comercial, sino como un enemigo geopolítico.

¿Otra declaración alarmante del autor?

La presidencia de Biden será una de las más débiles de los últimos 100 años. De hecho fue una victoria pírrica: Trump obtuvo algunos millones de votos más ahora que en 2016; El Senado está controlado por republicanos; El electorado de Trump está profundamente convencido de que la victoria les ha sido robada y sus inclinaciones se radicalizarán aún más; además muchos sectores en la sociedad estadounidense creen que China los perjudica económicamente.

Una presidencia Biden estará marcada por esta amarga convivencia. La administración estará limitada a hacer grandes cambios en la reformulación de políticas.

Tengamos en cuenta también que en los últimos casi 150 años, la presidencia de Trump fue el único período de cuatro años en el que los estadounidenses no iniciaron una sola guerra. Muchos creen ahora que es un buen momento para compensar.  Ergo, un cambio en la Casa Blanca – paradójicamente – no ralentizará el desacople estratégico en curso con China y el realineamiento global obligatorio, sino al contrario; sólo acelerará su velocidad y severidad.

Solo un éxito medible en la ” es-Chinización” de Occidente liderada por Estados Unidos determinará hasta dónde (y por cuánto tiempo) seguirá la desglobalización en curso, y si su segunda fase será una retroceso de la misma y una re-globalización (y por ellos re-americanización) del mundo.

Una vez más, un realineamiento forzado afectará a muchas regiones como América Latina y el Sudeste Asiático, desde los puntos de encuentro de bienes, culturas e ideas hasta las líneas político-militares. Este doloroso reajuste puede durar décadas. Optar por cualquiera de las partes no solo afectará la economía y seguridad, sino que también determinará los modelos sociales

En el caso del Indo-Pacifico las iniciativas como la ampliación del QUAD (Australia-EEUU-India-Japón) no pueden ser respuestas viables ¿Por qué recurrir a una táctica imperial?  ¿Por qué no asumir  una orientación estratégica más autónoma y prudente?

Todo esto invita a repensar lo mejor de la tradición del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) que salvó al mundo de las irresponsabilidades y fricciones pasadas de los dos bloques opuestos en la Guerra Fría que se enfrentaron en todo el mundo durante décadas. 

Las naciones de Medio Oriente, África, Asia, América Latina, hogar de históricas cumbres Sur-Sur, campeones del multilateralismo, no deberían agotar su pensamiento y acción exterior al respecto, no deberían subordinarse a ser meras Líneas Maginot de facto, deben liderar una Tercera Vía renovada.

Entre el enfrentamiento y el Bandwagoning (el ser arrastrados por una potencia mayo) es el momento de un verdadero multilateralismo y la convivencia pacífica, ambos postulados centrales del MNOAL, que brindo seguridad, voz y un sentido de búsqueda planetaria para la autorrealización de la humanidad.

Anis H. Bajrektarević: es profesor de política y derecho internacional, investigador y directivo de varios centros de investigación, así como autor de varios libros

Anis H. Bajrektarević

Invitado por Roberto de la Madrid como panelista el día 3/12/2020 -Justo cuando se cumplen 30 días de las elecciones presidenciales de  EEUU sin que esté claro todavía quién es el presidente electo oficial- Analizamos esta realidad del Ex Hegemon y sus consecuencias. Carlos Pereyra Mele.-

Programa “Detrás de la Razón” conducido por el Periodista Roberto de la Madrid por el Multimedio HispanTv 292.000 suscriptores en YouTube

Donald Trump ha sentenciado que su obligación más alta es darle democracia al país. «Como presidente no tengo más alta obligación que defender la ley y la Constitución de EEUU.. Es por esto que estoy determinado a proteger nuestro sistema de elección, el cual ahora está sitiado y bajo asalto coordinado.» Furioso, con cartulinas llenas de gráficas y datos y con un discurso al mundo, denunció que muchos votos fueron contados en otros países; que en varios estados se le permitió votar a la gente sin identificación o incluso no siendo residentes legales; que muchos votos se emitieron después de la fecha legal; que los demócratas usaron la pandemia como excusa para que millones de votos se hicieran por correo;  y que desde 2016 querían quitarle la primera victoria presidencial, con el engaño de la injerencia rusa y el impeachment. Todo esto en medio de los reveses que le han dado, el último el de su amigo y aliado, el fiscal general de EEUU, quien dijo que sí había potenciales fraudes pero que no era para tanto, como para revertir la elección o invalidarla. Trump ha acusado al FBI y al Departamento de Justicia por ser cómplices de lo que él llama el fraude de la historia. ¿Qué sigue? ¿Quién tiene razón o más certezas? 

-PREGUNTEMOS

y dejemos que los analistas nos orienten y que usted alcance la conclusión. Le recuerdo que han censurado este programa no una sino muchas veces, y por todos lados. Las cuentas de Hispantv en YouTube, se han cerrado en varias ocasiones. Por eso, la cuenta oficial de un servidor fue abierta para que usted nos siga y en caso de que se pierdan las otras, mantengamos siempre por aquí la nueva información. Búsquela y suscríbase, el nombre usted ya lo conoce: «Detrás de la Razón oficial Roberto de la Madrid» POR ROBERTO DE LA MADRID ©

Este 2020 la política internacional nos habrá dejado cambios en el liderazgo de la primera potencia mundial, Estados Unidos, y su principal aliado en Asia, Japón. Abe Shinzō dimitió el pasado verano como primer ministro japonés después de convertirse en la persona que más tiempo ha ocupado el cargo en la historia del país. ¿Cómo lo ha conseguido y qué cambios ha propiciado en la sociedad japonesa?

El pasado 28 de agosto Abe Shinzō presentó su dimisión como primer ministro de Japón aduciendo problemas de salud, después de convertirse en la persona que ha ocupado el cargo durante más tiempo en la historia del país, superando el récord anterior de su tío abuelo Satō Eisaku entre 1964 y 1972. ¿Cuáles son los factores que lo han llevado a alcanzar este hito y cuáles las transformaciones que ha experimentado la sociedad japonesa como consecuencia de su liderazgo?

Para entender de dónde surge el fenómeno Abe, hace falta antes trazar la trayectoria histórica del Japón de posguerra hasta la llegada al poder de este político en 2012. Lo que hace de Japón una gran potencia mundial es la fortaleza de su economía, pero ésta es en buena medida producto del puzzle geoestratégico de la Guerra Fría, que convirtió al país en la pieza clave para la protección de los intereses del bloque capitalista en Extremo Oriente.

Los primeros grandes beneficios económicos ganados por Japón gracias al contexto de la Guerra Fría los generó la Guerra de Corea (1950-1953): el país dobló su producción industrial al proporcionar todo tipo de material al ejército estadounidense, teniendo así el conflicto bélico un efecto de estímulo similar al que tuvo el Plan Marshall en Europa occidental. La segunda gran ola de beneficios para la economía japonesa se produjo cuando a principios de la década de 1960 Kennedy abrió como nunca antes el mercado estadounidense a los productos japoneses a cambio de alejar a Japón del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la China maoísta. Y por lo que respecta a la tercera gran ola de beneficios generados por la Guerra Fría, se produjo a partir de 1965 con la Guerra de Vietnam, durante la cual casi el 20% del comercio japonés estuvo relacionado con la contienda bélica.

En la década de 1970 Japón, a diferencia de otros países industrializados, adoptó medidas keynesianas para salir de la crisis de Bretton Woods (Nixon había abandonado en 1971 la convertibilidad del dólar en oro perjudicando las exportaciones de economías como la japonesa), y acabó sustituyendo a Estados Unidos como fábrica del mundo. Pero a mediados de la década de 1980, con la balanza comercial estadounidense ya muy perjudicada y desvanecido el peligro que implicaba un acercamiento de Japón a China después de las reformas procapitalistas de Deng Xiaoping, Estados Unidos obligó a los japoneses a hacer un esfuerzo coordinado para abaratar el dólar. Japón compensó entonces las consecuencias negativas para sus exportaciones relajando mucho el crédito, cosa que generó la burbuja de activos más grande de la historia.

Los precios de los activos empezaron a caer en 1991, y los daños colaterales fueron comparables a los de la crisis financiera de Estados Unidos del 2008 (si bien se produjeron de forma más gradual). Muchas empresas japonesas pasaron a invertir en el extranjero, en busca de economías en crecimiento como la china, y en poco más de veinte años el número de japoneses empleados en el sector industrial se redujo un tercio. En un primer momento se intentó compensar el paro generado por la crisis financiera con inversión en obra pública, pero esta vía se abandonó relativamente rápido debido al aumento desmesurado del déficit presupuestario (actualmente Japón es el país desarrollado más endeudado del mundo, si bien la mayoría de su deuda es interna).

La inestabilidad económica se tradujo rápidamente en inestabilidad política. La fuerza política que gobernaba Japón ininterrumpidamente desde 1955, el Partido Liberal Democrático (PLD), basaba su poder en redes clientelares en el “Japón del interior” nutridas por gasto en obras públicas y subsidios, que era posible mientras el país mantenía un imparable crecimiento económico. La antigua cantera de líderes del PLD surgida de esas redes tenía fuertes conexiones con la política regional y la burocracia, pero desde 1993 los primeros ministros son hijos o nietos de antiguos políticos, y su influencia no proviene tanto de las bases o de su capacidad para harmonizar intereses con la burocracia y las comunidades como de las conexiones familiares. En parte por este motivo, desde 1993 hasta la llegada al poder de Abe en 2012 se llegaron a suceder trece primeros ministros; especialmente inestable fue el período de 2006 a 2012, con una media de un primer ministro por año.

¿Qué sucede, pues, para que Abe rompa esta dinámica de inestabilidad a partir de 2012? Hay tres factores fundamentales que lo explican: el primero tiene que ver con una sensación general de falta de alternativa política, el segundo con una buena campaña propagandística centrada en la reforma económica del país, y el tercero con la mejora efectiva de la macroeconomía.

Por lo que respecta al primer factor, cabe decir que la sensación de falta de alternativa política es fruto de una realidad objetiva y al mismo tiempo es fomentada por el establishment. En 2008 el contagio financiero del colapso de Lehman Brothers fue limitado en Japón (los bancos japoneses estaban bastante saneados después del crac de 1991), pero la producción industrial quedó tocada por la recesión en Estados Unidos y Europa, destino de muchas exportaciones japonesas. Muchos trabajadores perdieron su trabajo, y se hizo habitual la presencia de campamentos de parados en los parques de las grandes ciudades de Japón. Fue en ese contexto que en 2009 un partido de centroizquierda como el Partido Democrático de Japón (PDJ) desbancó en las elecciones generales al PLD, que había gobernado casi ininterrumpidamente desde 1955.

Aunque el contenido de izquierdas de las políticas económicas del PDJ tendría que ir entre comillas, este partido sí que pretendía llevar a cabo un proceso de democratización del sistema político japonés proponiéndose reducir el poder desmesurado que ostenta la oligarquía burocrática desde principios del siglo pasado, así como revisar moderadamente la política de bases militares estadounidenses en territorio japonés y mejorar las relaciones con China. Esto fue suficiente para asustar al establishment, que desplegó una batería de trabas burocráticas en la ejecución de reformas y consiguió el apoyo de los Estados Unidos de Obama para orquestar una campaña mediática de desprestigio del PDJ.

El PDJ, sin suficiente músculo político para aguantar las presiones, acabó dando marcha atrás en sus promesas en política exterior y de seguridad nacional, y también implementó un impuesto al consumo que la burocracia hacía años que exigía para reducir el déficit público y que era enormemente impopular entre la población. A partir de entonces el partido perdió toda la credibilidad entre los votantes de izquierdas, y el establishment se conjuró para que un susto electoral como el de 2009 no volviese a producirse.

Bajo estas circunstancias, en 2012 Abe sube al poder ganando unas de las elecciones con más abstención de la historia (de hecho, las gana con menos votos para el PLD que los obtenidos en 2009 cuando el partido perdió el poder, y los altos niveles de abstención se han mantenido constantes hasta día de hoy) y se encuentra una burocracia dispuesta a ofrecer todas las facilidades para que el sistema político se mantenga estable.

Cuando Abe sube al poder aprovecha estas circunstancias y las potencia colocando sin demasiadas resistencias a sus hombres de confianza al frente de instituciones estatales, así como a través de medidas de cariz autoritario para evitar el resurgimiento de la oposición. En 2013 consigue la aprobación de una ley que otorga al gobierno poder para etiquetar cualquier información como “clasificada” y perseguir judicialmente a cualquier persona que indague en los hechos. Al mismo tiempo, coloca a numerosos cargos de extrema derecha en la televisión pública y purga a periodistas críticos con el gobierno. Otras tácticas contra la libertad de información incluyen amenazas de cierre a medios de comunicación o presiones a empresas para retirar la publicidad de la prensa crítica.

Por otro lado, a Estados Unidos (tanto con Obama como con Trump) le ha interesado dar apoyo a Abe porque no cuestiona la política de bases militares estadounidenses en territorio japonés y porque ha sido el político más decidido a cambiar la Constitución para permitir la plena remilitarización de su país, cosa que sintoniza con el deseo del Pentágono de convertir a Japón en una máquina de guerra para contrarrestar el poder de China en la región. No obstante, aunque el mejor aliado internacional de Trump ha sido Abe y éste ha conseguido aprobar una legislación que reinterpreta las cláusulas constitucionales antimilitaristas, la fuerte oposición (también de sectores dentro del PLD) ha acabado impidiendo por ahora la reforma de la Constitución.

Por lo que respecta al segundo factor que permite a Abe romper la dinámica de inestabilidad institucional, consiste en la exitosa campaña de propaganda del famoso paquete de reformas económicas conocido como Abenomics. En este punto resulta interesante destacar cierto paralelismo con el denominado “plan de duplicación de ingresos” que protagonizó la legislatura de Ikeda Hayato entre 1960 y 1964. En el año 1960 se había producido la movilización de masas más grande de la historia del país contra el tratado de seguridad entre Japón y Estados Unidos, que había obligado a dimitir al primer ministro de entonces, Kishi Nobusuke (abuelo de Abe y fundador del PLD en 1955 con la ayuda de la CIA, y que había formado parte del gobierno fascista durante la guerra). Después de las amplias movilizaciones de 1960 el establishment quedó muy preocupado por la plausible posibilidad de que la izquierda acabase gobernando Japón, y para evitarlo lanzó una campaña que dirigía toda la atención pública hacia el crecimiento del PIB y dejaba en segundo plano debates de carácter más ideológico. La legislatura de Ikeda, como ahora la de Abe, terminó con unos Juegos Olímpicos en Tokio que escenificaban el orgullo de un Japón triunfante.

Abe no abandona en 2012 las cuestiones ideológicas, pero aprende del error que le hizo fracasar durante su primer y breve mandato entre 2006 y 2007: no priorizar las cuestiones económicas. Así pues, lanza las tres “flechas” del Abenomics: reforma estructural de la economía (fundamentalmente humo propagandístico), estímulo fiscal (pese a aumentar el gasto público, este estímulo se ha visto anulado por el posterior aumento del impuesto al consumo ideado para reducir un déficit público cada vez mayor en la sociedad más envejecida del mundo) y, la más importante y efectiva, política monetaria laxa para imprimir billetes y devaluar la moneda.

La política monetaria laxa ha sido uno de los motivos clave que explican el tercer factor de estabilidad conseguido por Abe: la mejora macroeconómica. La devaluación del yen ha facilitado el aumento de las exportaciones japonesas, aunque se ha de tener en cuenta que, más allá de la intencionalidad de la medida, estas exportaciones han aumentado también gracias a que la legislatura de Abe ha coincidido con un largo tramo de crecimiento económico global. Este crecimiento global, además, ha hecho aumentar considerablemente la visita de turistas, provenientes sobre todo de las nuevas clases medias asiáticas.

El aumento de las exportaciones y del turismo han hecho crecer exponencialmente los beneficios empresariales, y el paro ha bajado considerablemente (si bien el empleo generado ha sido a menudo precario). Pero a falta de una oposición de izquierdas capaz de forzar un estímulo fiscal, los ingresos de la población se han mantenido estancados y por tanto también la demanda interna. El crecimiento del PIB ha sido constante (el segundo tramo de crecimiento más largo desde 1945) pero moderado (supera ligeramente el 1%), y en los últimos meses de mandato de Abe la economía empezó a mostrar signos de debilitamiento (ya desde antes de la pandemia). Sin embargo, estos resultados combinados con la desafección política imperante y las distracciones a la opinión pública brindadas por los Juegos Olímpicos y por las constantes muestras de hostilidad de los vecinos asiáticos, han sido suficientes para garantizar la estabilidad del gobierno de Abe pese a no tratarse de un personaje especialmente popular entre los japoneses.

Ferran de Vargas

Politólogo y doctor en Traducción y Estudios Interculturales. Investigador asociado del grupo de investigación GREGAL (Circulación Cultural Japón-Corea-Cataluña/España). Autor del libro «Izquierda y revolución. Una historia política del Japón de posguerra (1945-1972)» (Edicions Bellaterra).

fuente SIN PERMISO

https://www.sinpermiso.info/textos/el-japon-de-abe-shinzo