Resumen: Los estudios estratégicos se asientan sobre el fundamento teórico de la tradición realista. En este documento didáctico se exponen los argumentos centrales de varias ramas del realismo contemporáneo para el estudio de la política internacional: realismo clásico, realismo estructural, realismo ofensivo, realismo defensivo y realismo neoclásico.

Por Javier Jordán Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy


Introducción

Los estudios estratégicos investigan el comportamiento estratégico de diferentes actores políticos –principalmente Estados– en contextos competitivos. Su interés por el conflicto –no necesariamente armado– le hace coincidir con la corriente realista de las Relaciones Internacionales. Pero la convergencia va más allá del objeto de estudio. Realismo y estudios estratégicos comparten una serie de principios comunes; de hecho, están imbuidos en lo que podríamos denominar ‘filosofía realista’. La misma que inspiró la obra de Sun Tzu, Tucídides, Maquiavelo o Hobbes, así como a las decisiones de estadistas como Richelieu, Bismark o Metternich.

Como tradición filosófica el realismo tiene una visión relativamente pesimista de la naturaleza humana; no es del todo negativa pero sí consciente de sus límites. Coincide con la tradición judeocristiana al identificar un principio de desorden en el corazón humano, que no impide que el hombre o la mujer opten por el bien pero que, a menudo, los lleva a elegir el mal. De ahí se derivan choques de intereses, algunos de los cuales desembocan en enfrentamientos violentos. La justicia no tiene siempre la última palabra al dirimir los conflictos. A menudo quien tiene más poder es quien establece los términos. Según el enfoque realista, esta lógica no explica toda la historia de la Humanidad, pero sí una parte considerable de ella.

Trasladado al estudio de la política internacional, el realismo no se refiere tanto a una filosofía como a un conjunto de teorías académicas que intentan explicar con metodología de las ciencias sociales el comportamiento internacional de los Estados. Dada la formación en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de muchos investigadores de estudios estratégicos es natural que utilicen en sus trabajos los marcos teóricos realistas. De este modo, aunque los estudios estratégicos toman elementos de otras teorías de las Relaciones Internacionales, como el liberalismo institucional –por ejemplo, para explicar la continuidad de la OTAN tras el derrumbe del bloque soviético– o del constructivismo –para un concepto tan relevante como el dilema de seguridad–, resulta innegable que la corriente teórica predominante en ellos es la realista.

La asociación con los estudios estratégicos invita a profundizar en las teorías realistas para familiarizarse con sus conceptos fundamentales, diferenciar entre las distintas subcorrientes y conocer algunos de los debates internos del realismo. Este documento didáctico presenta los argumentos centrales de varias ramas de la tradición realista. Su intención es introductoria; ofrece un primer marco de referencia. Si se aspira a conocer en profundidad las teorías realistas, es necesario leer las obras comentadas en este trabajo.

El realismo clásico

El realismo clásico no es una teoría unificada. Bajo esta etiqueta conviven autores que difieren entre sí en presupuesto, objetivos y metodologías (Rose, 1998: 153). No obstante, es un término válido para referirse a los primeros trabajos contemporáneos. La aplicación del término realista en el análisis de la política internacional procede en buena medida del libro de Edward Hallett Carr The Twenty Years’ Crisis, 1919-1939, publicado el mismo año que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Carr (2016: 12-18) criticaba el idealismo predominante durante el periodo de entreguerras en el ámbito académico. A su juicio era una perspectiva normativa (deber ser) que no tenía en cuenta los condicionantes reales (lo que realmente es) de la práctica política. Se generaba así una brecha entre los presupuestos teóricos del intelectual y la realidad a la que debía enfrentarse el profesional de la política.

La teoría realista dentro de la disciplina de las Relaciones Internacionales nació así como reacción al supuesto ‘idealismo’ de postulados propios de la corriente liberal, como la armonía de intereses o el internacionalismo, que son el punto de arranque de teorías más elaboradas como la paz democrática, la paz comercial o el institucionalismo liberal. Como alternativa, Carr (2016: 62-63) proponía sentar las bases del enfoque realista sobre los tres principios de Maquiavelo: 1) la historia es una secuencia de causas y efectos cuya lógica puede ser comprendida racionalmente, 2) la teoría se deriva de los hechos y no al revés, y 3) la ética no es suficiente para condicionar la política. Ni Carr ni Maquiavelo niegan la importancia de la moralidad, pero dudan que sea efectiva en ausencia de una autoridad que vele por su cumplimiento.

Como veremos a continuación, existen diferencias notables entre las distintas teorías realistas que han ido desarrollándose desde entonces y no todas asumen íntegramente los postulados de Carr. A pesar de ello, es posible identificar un mínimo común denominador que se puede resumir en los siguientes puntos (Wohlforth, 2010: 133; Tang, 2010: 10):

  • Importancia del grupo. Desde épocas remotas los seres humanos se han asociado con el fin de sobrevivir y satisfacer todo tipo de necesidades. La política tiene lugar entre colectivos, tanto en el plano doméstico como en el internacional, y las dinámicas derivadas de cohesión grupal generan a menudo conflictos con otros grupos. En la actualidad el Estado es la agrupación humana de referencia en gran parte del planeta, y es el principal actor –aunque no el único– de las interacciones globales. De ahí que el realismo centre su atención en el Estado. No obstante, el enfoque realista se puede aplicar también a las interacciones competitivas entre otro tipo de colectividades, tanto hoy en día como en otros momentos de la Historia. La pugna entre las ciudades-estado de la Grecia clásica o entre los señores feudales de la Edad Media resulta explicable desde la lógica realista, igual que los conflictos y alianzas entre grupos tribales y actores no estatales allí donde no existe un Estado funcional en el momento presente.
  • Conducta estratégica. Los actores políticos calculan sus acciones en términos de interés. El egoísmo está enraizado en la naturaleza humana. Su manifestación puede ser más o menos intensa –e incluso se puede superar a favor de actitudes generosas– en función de los valores y virtudes de cada individuo, siendo facilitado o no por las estructuras sociales. La tendencia a defender los intereses propios se aplica también a los actores políticos colectivos, aunque el proceso por el que se agregan intereses y se forman las agendas es evidentemente complejo. El interés nacional es por tanto un constructo, resultado de un proceso político. Pero más allá de la variedad de posibles intereses, el realismo asume que la supervivencia es un interés ineludible de todos los actores políticos colectivos, en particular de los Estados.
  • Anarquía internacional. Además de una evidencia empírica, la ausencia de un gobierno mundial constituye la piedra angular de las teorías realistas, Al no existir una autoridad ejecutiva que garantice el cumplimiento del derecho internacional, los Estados tienen que valerse de sí mismos a la hora de defender sus intereses, incluida por supuesto la supervivencia. De este modo, la estructura del sistema incentiva la desconfianza, la autotutela (autodefensa) e intensifica el cálculo interesado a la hora de alcanzar objetivos en la esfera internacional. La anarquía es a su vez un factor que permite distinguir entre el realismo de la política interna (donde aquella es sustituida por la estructura jerárquica del Estado) y el realismo de la política internacional.
  • Atención al poder relativo. Desde un punto de vista coercitivo, el poder es la capacidad que tiene el actor A para hacer que el actor B haga lo que A quiere aunque B no quiera (Dahl, 1957: 201). El poder puede entenderse de manera absoluta, como la cantidad de recursos de poder –fundamentalmente materiales– que posee un Estado (medido en indicadores como PIB, demografía, capacidades militares, capacidad de extracción y gestión de recursos, etc.), o como poder relativo, comparando esos recursos de poder con los de los demás Estados. Teniendo en cuenta los principios anteriores, en un contexto de actores que persiguen su propio interés y en ausencia de una autoridad suprema que garantice la seguridad y el cumplimiento de la ley, los Estados dependen en último término de sí mismos y de su cuota de poder relativo a la hora de defender sus respectivos intereses. El poder es así el principal criterio del juego político, que en buena medida condiciona sus resultados. Sin embargo, el poder no es el único medio a la hora de generar seguridad. La corriente del realismo defensivo reconoce también la importancia de la cooperación entre Estados y la creación de regímenes de seguridad como vías complementarias.
  • Cautela en el empleo del poder militar. En contra de ciertos clichés que caricaturizan el realismo como belicista, las teorías realistas suelen abogar por la prudencia. La perspectiva realista agudiza la conciencia sobre los límites del poder propio y permanece atenta a la cuota de poder de potenciales rivales. A diferencia de otras corrientes teóricas con ingredientes ideológicos universalistas –como el liberalismo y el marxismo–, el realismo es poco dado a las aventuras militares con tintes de ingeniería social. Por ese motivo, realistas como Morgenthau y George Kennan fueron críticos con la guerra de Vietnam; o, más recientemente, se opusieron a la guerra de Irak de 2003, como fue el caso de John Mearsheimer y Stephen M. Walt. Las teorías realistas recomiendan el equilibrio de poder (interno y externo), antes que la guerra, a la hora de mantener o alterar en beneficio propio la distribución de poder relativo.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el realismo se convirtió en el enfoque predominante de las Relaciones Internacionales, destacando Hans Morgenthau como uno de sus principales a raí de la publicación en 1948 de Politics among Nations: The Struggle for Power and Peace. Otros autores con perspectivas propias de lo que hoy en día se denomina realismo clásico fueron Reinhold Niebuhr, Nicholas Spykman, Martin Wight, Henry Kissinger, y George F. Kennan, famoso este último por el llamado ‘telegrama largo’ que inspiró entre otros la doctrina de la contención frente a la URSS. Al otro lado del Atlántico podemos encontrar postulados netamente realistas en Guerra y paz entre las naciones de Raymond Aron (1963: 63-86), donde se habla abiertamente del estado de naturaleza hobbesiano de la política internacional y de los límites de la diplomacia, si no va acompañada de otros instrumentos de poder.

En su explicación de la política internacional el realismo clásico presta atención a tres niveles de análisis, que en su obra Man, the State and War, Kenneth N. Waltz (2001: 12-13) denominará las tres imágenes de las relaciones internacionales: el nivel del individuo (en particular, las élites que influyen en la acción exterior), el del Estado (su estructura de poder interna, la ideología que impulsa su acción exterior) y el sistema internacional.  De esos tres niveles, Morgenthau (2006: 4) concede una atención particular al primero. Según este autor, las leyes que rigen la política internacional tienen sus raíces en la naturaleza humana. Las personas sienten el impulso de dominar el entorno que les rodea. Primero su propia vida, después su familia, el entorno social y laboral más cercano y, en la medida de lo posible, otras estructuras sociales. La naturaleza humana es permanente y universal, de modo que esa inclinación hacia el ejercicio del poder (animus dominandi) se encuentra presente en todas las culturas y tiempos históricos, particularmente entre quienes se dedican a la política. Según Morgenthau, a partir de esa constante, unida al cálculo racional de costes y beneficios (es decir, búsqueda de poder y cálculo estratégico) resulta posible entender el comportamiento internacional pasado, presente o futuro. En palabras de Morgenthau (2006: 5): Nos ponemos en el lugar de un estadista que se enfrenta a un determinado problema de política exterior en unas circunstancias concretas, y nos preguntamos qué alternativas racionales tiene, cuál debe elegir y cómo debe afrontar el problema en esas circunstancias (presumiendo siempre que actúa de manera racional) […]. Contrastar esa hipótesis racional con los hechos reales y sus consecuencias dota de significado teórico a los acontecimientos de la política internacional.

El planteamiento de Morgenthau tiene un carácter general. Obviamente, la personalidad, los prejuicios, las preferencias subjetivas, los errores de apreciación o los condicionantes de la política interna pueden afectar el cálculo racional del estadista (Morgenthau, 2006: 7). El realismo no niega la existencia de determinadas conductas irracionales, pero se concentra en la búsqueda de elementos de racionalidad para comprender la política internacional (Morgenthau, 2006: 9-10). Entre esos elementos el más objetivo y, por tanto, la principal clave interpretativa a la hora de entender la política entre las naciones es según Morgenthau (2006: 5) “el concepto de interés definido como poder”. Los Estados intentan aumentar su respectiva cuota de poder. Ese deseo, además de derivarse de la voluntad de poder de los individuos que están al frente del Estado, se explica porque una mayor cuota de poder garantiza la consecución del resto de intereses (de seguridad, prosperidad económica, ideológicos, etc.). Así pues, la política internacional se puede entender en último término como una competencia constante por el poder (Morgenthau, 2006: 29-30). A mayor poder, mayor capacidad para alcanzar el resto de objetivos.

El realismo estructural de Kenneth N. Waltz

Kenneth N. Waltz publicó en 1979 la primera edición de Theory of International Politics. Con ella se iniciaba una nueva corriente conocida como neorrealismo o realismo estructural. Fue a partir de entonces cuando la tradición realista en la que se encuadraban Morgenthau y el resto de los autores mencionados en el epígrafe anterior pasó a conocerse como ‘realismo clásico’.

El propósito de Waltz consistía en desarrollar una teoría parsimoniosa (es decir, sencilla, capaz de explicar un fenómeno complejo con un número reducido de proposiciones) sobre la política internacional. Recordemos lo expuesto líneas atrás; según Waltz, la política internacional puede contemplarse desde tres niveles de análisis (a los que él denomina imágenes): el individuo, el Estado y el sistema internacional. Pues bien, con el fin de conseguir una teoría general, aplicable en principio a cualquier región del mundo y cualquier momento de la historia, Waltz limita su atención a la tercera imagen: la estructura del sistema internacional y a los resultados que de ella se derivan. Por ejemplo, la mayor o menor probabilidad de conflictos armados o de procesos de equilibrio de poder.

Waltz no niega la influencia de los factores propios de la primera y segunda imagen como la ideología, el tipo de régimen político, la ambición de sus líderes, la racionalidad o irracionalidad de estos, etc. pero los deja al margen de su teoría por dos razones:

  • Los condicionantes impuestos por la estructura internacional tienen más influencia en el comportamiento exterior de los Estados que sus particularidades internas. Según Waltz (1986: 343), “cada Estado pone en marcha una política o decide ciertas acciones de acuerdo con sus propios procesos internos, pero sus decisiones se ven configuradas por la presencia continua de otros Estados y por las interacciones entre ellos”.
  • Supondría introducir demasiadas variables y ello dificultaría la construcción de un modelo explicativo. Para elaborar una teoría es preciso abstraerse de la realidad y tratar de simplificarla: identificar los elementos fundamentales y hacer explicaciones y predicciones generales.

Waltz (2010: 68-69) admite que su teoría es insuficiente a la hora de estudiar la política exterior de un determinado país o una intervención militar concreta, ya que para ellos sería necesario prestar atención a los niveles de análisis del individuo y del Estado, tal como hace el realismo neoclásico (que veremos un poco más adelante). Lo que él propone es una teoría general sobre la política internacional, no una teoría de política exterior. Esta diferencia es fundamental.

Pasando así a la tercera imagen, Waltz (2010: 88-99) entiende el sistema internacional como una estructura política compuesta por unidades que interactúan entre sí. Y, como en toda estructura política, hay que prestar atención a tres elementos:

  1. Principio de ordenación (si es un sistema anárquico o jerárquico)
  2. Carácter de las unidades (si son funcionalmente similares o diferenciadas)
  3. Distribución de capacidades

 Según Waltz, cuando los aplicamos al sistema internacional, constatamos que los dos primeros son constantes: estructura anárquica y unidades funcionalmente similares. La inexistencia de una autoridad política efectiva a escala internacional da lugar a la anarquía, y ésta, unida a la búsqueda egoísta del interés y al principio de autotutela, lleva a que los Estados se comporten como unidades funcionalmente similares. Es decir, ninguno se especializa en una función concreta, como sí sucede en otro tipo de sistemas; por ejemplo, en los componentes del hardware de un ordenador. Ningún Estado quiere ser dependiente de los demás y por ello evita la especialización de funciones.

Como consecuencia, el único aspecto del sistema que varía es la distribución de capacidades materiales (actuales y potenciales). El poder de los Estados puede medirse en diferentes esferas: económica, militar, política, demográfica. Pero lo que al final cuenta, según Waltz, es cómo los Estados combinan todos esos recursos para competir eficazmente en el sistema internacional y ocupar una posición predominante. Dicho de otro modo, lo que varía en el sistema es la distribución de poder entre los distintos Estados.

El modelo de Waltz se centra en la política de las grandes potencias porque son ellas las que más influyen en la configuración del sistema. De hecho, el tipo de sistema dependerá de su número (sistema multipolar, bipolar y unipolar). La consideración de gran potencia depende del poder agregado del país; es decir, de la suma de su tamaño físico, población, dotación de recursos, fuerza militar, estabilidad política y competencia. Waltz (2010: 93-95) reconoce la importancia de los actores no estatales en la política internacional, pero prefiere dejarlos al margen con el fin de simplificar su teoría. Sólo entrarían en el hipotético caso de que alcanzaran una relevancia similar a la de las grandes potencias.

Por tanto, la distribución de capacidades materiales constituye la variable independiente del modelo, mientras que la variable dependiente es la estrategia adaptativa que siguen los Estados para garantizar su supervivencia. Waltz (2010: 127-128) destaca dos posibles estrategias:

  • Equilibrio de poder; es la política que adoptan uno o varios Estados con el fin de contrapesar el poder creciente de otro Estado o coalición de Estados. Los medios utilizados pueden ser internos (aumento de la capacidad económica, militar, etc.) o externos (creación de alianzas, debilitamiento de las coaliciones contrarias, etc.). Según Kenneth N. Waltz, para que se produzca el equilibrio de poder basta con que exista un sistema de autotutela con dos o más unidades. Es decir, anarquía y unidades que quieran sobrevivir. El equilibrio de poder ofrece además numersoso ejemplos de países que se han aliado debido a las presiones del sistema internacional (la alteración de la distribución de poder relativo por el incremento de poder de una potencia emergente) y no por la similitud de sus regímenes políticos. Fue el caso de la Francia republicana con la Rusia zarista frente a Alemania antes de la Primera Guerra Mundial; el acercamiento de la China comunista y Estados Unidos en la década de 1970 para contrapesar a la URSS, o lo es actualmente la cercanía entre Estados Unidos y Vietnam para contrapesar a China en pleno siglo XXI. Es decir, esos juegos diplomáticos se explican por la tercera imagen, no tanto por factores de los niveles de análisis del individuo o del Estado. Obviamente, un actor puede hacer caso omiso de las presiones externas (no contrapesando a una potencia regional con aspiraciones hegemónicas) pero pagará un precio por ello.
  • Emulación; los Estados tienden a imitar o a innovar ante las prácticas exitosas de otros. La competición potencia la similitud de atributos y conductas entre los actores del sistema. Se produce una socialización que genera de manera espontánea e informal normas de comportamiento. Se seleccionan las conductas por sus consecuencias, favoreciendo las premiadas y evitando las que llevan al fracaso.

Waltz reconoce la competencia entre Estados pero se distancia de la visión pesimista del realismo clásico sobre la conflictividad en el sistema internacional. Según Waltz, las grandes potencias no se encuentran en una situación permanente de temor mutuo, sino que dirigen gran parte de su atención a cuestiones ajenas a la seguridad, y aceptan vivir con un nivel de seguridad relativamente moderado. En opinión de Waltz (1989: 40), los estadistas sólo persiguen una cantidad ‘apropiada’ de poder, habida cuenta de sus necesidades de seguridad.

Por último, Waltz sostiene que la sencillez de su modelo le permite realizar predicciones generales sobre tendencias del sistema que se repiten en diferentes épocas y lugares. A saber:

  • Los sistemas multipolares son menos estables y, por tanto, con mayor riesgo de guerra que los bipolares
  • La interdependencia es menor en la bipolaridad que en la multipolaridad
  • Es muy improbable, o incluso imposible, que un Estado alcance la hegemonía absoluta ya que el resto de Estado tratarán de contrapesarlo. Por tanto, la unipolaridad podría darse a nivel regional pero no a escala global.

Las aportaciones de Waltz renovaron el enfoque realista y fueron a la vez objeto de numerosas críticas dentro y fuera del propio realismo. Según algunos autores (Buzan, Jones & Little, 1993), el enfoque sistémico de Waltz es incapaz de explicar cómo se producen los cambios en el sistema internacional, ya que su exclusión de la segunda imagen hace difícil entender la conducta de los Estados revisionistas que ponen en peligro su propia seguridad y la del resto al alterar el statu quo. El realismo estructural tampoco explica los casos de infra-equilibrio de poder, aquellos donde determinados países no responden al ascenso de una potencia hostil. Para ello, es necesario acudir a variables de la primera y segunda imagen no contempladas por el realismo estructural (Schweller, 1996). Por otra parte, la teoría de Waltz sólo permite hacer predicciones demasiado generales sobre la conducta de los Estados por lo que, según Robert Keohane (1986) y, más tarde, Wohlforth (2010), no se podría considerar como una auténtica teoría de la política internacional pues no aborda de manera explícita la mayor parte de los fenómenos que tienen lugar en ella.

En Relaciones Internacionales no existe una ‘teoría del todo’, capaz de explicar la totalidad de los comportamientos de los Estados. La principal contribución de Waltz consiste en destacar la importancia los inputs estructurales de la tercera imagen sobre las variables de la primera y segunda imagen; lo cual permite explicar la repetición de determinados comportamientos (en particular el equilibrio de poder) al margen de la similitud o no de los Estados que los protagonizan. Esos condicionantes externos no son sin embargo una camisa de fuerza. Se pueden obviar, pero al hacerlo se han de asumir las consecuencias.

A partir del realismo estructural de Kenneth N. Waltz se han desarrollado nuevas propuestas teóricas encuadradas bajo las etiquetas de realismo defensivo y realismo ofensivo. Antes de pasar a comentar cada una de ellas es oportuno destacar tres aspectos que a menudo son objeto de confusión:

  • La diferencia esencial entre el realismo defensivo y el realismo ofensivo no es que el primero recomienda políticas defensivas y el segundo políticas agresivas. Los adjetivos defensivo y ofensivo llevan a primera vista a engaño. Lo que distingue a ambos realismos es la actitud de los Estados respecto a la distribución de poder relativo. Mientras que para el realismo defensivo los Estados se contentan con un nivel ‘apropiado’ (o limitado) de poder, para el realismo ofensivo las grandes potencias tratan de incrementarlo sin límite, azuzadas por la desconfianza mutua entre ellas.
  • El realismo defensivo y el ofensivo no son complementarios en el plano abstracto. Sus principios teóricos son mutuamente excluyentes. Sin embargo, los dos realismos pueden emplearse a la vez al analizar la realidad, permitiendo distinguir entre Estados que se comportan según los parámetros del realismo ofensivo y Estados que lo hacen según el realismo defensivo. Esto ocurre incluso a nivel regional: por ejemplo, las relaciones entre los países de América del Sur o entre los países de Europa Occidental en la actualidad se explican bien mediante el realismo defensivo; mientras que otras regiones –como Oriente Medio– se entienden mejor desde la perspectiva del realismo ofensivo.
  • Tanto el realismo defensivo como el ofensivo continúan la senda iniciada por Waltz al centrar su atención en la tercera imagen. Por ello, ambos pueden ser correctamente etiquetados como ‘realismo estructural defensivo’ y ‘realismo estructural ofensivo’.

Hechas estas aclaraciones, pasamos a una explicación detallada del realismo ofensivo y defensivo.

El realismo ofensivo

El autor de referencia de esta corriente es John Mearsheimer (2003) con su obra The Tragedy of Great Power Politics. El realismo ofensivo forma parte del realismo estructural, que como acabamos de ver explica el comportamiento exterior de los Estados desde el nivel de análisis del sistema. La estructura internacional, marcada por un lado por la anarquía y, por otro, por la distribución de poder relativo condiciona la política exterior y de defensa. Según Mearsheimer, las potencias tratan de maximizar su poder movidas fundamentalmente por esas presiones sistémicas, no tanto por el tipo de régimen político. Como es lógico, puede haber excepciones y para explicarlas habrá que acudir a teorías que presten mayor atención a los factores internos, como veremos hace el realismo neoclásico.

Mearsheimer centra su teoría en las grandes potencias por ser estas quienes ejercen mayor influencia sobre el sistema internacional. Mearsheimer (2003: 5), define como gran potencia a los Estados con suficiente poder militar para enfrentarse en una guerra abierta a la potencia más poderosa del sistema y, o bien vencerla, o bien debilitarla seriamente, aunque acaben siendo derrotados. Siendo Estados Unidos la principal potencia del sistema en la actualidad, entenderíamos como gran potencia a China, Rusia, India y en menor medida a otros países como Japón, Reino Unido o Francia. Con cierta cautela la propuesta de Mearsheimer se puede aplicar al análisis regional. Como acabo de señalar, las relaciones entre las potencias de Oriente Medio se pueden explicar mediante el realismo ofensivo; y algo similar ocurre con las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, y cada vez más entre Estados Unidos y China. Sin embargo, hay otras regiones del mundo que se explican mejor desde el realismo defensivo.

Mearsheimer sostiene que las grandes potencias son revisionistas hasta que logran la hegemonía. Como en la práctica ninguna puede alcanzar dicha posición salvo a escala regional, la relación entre ellas está abocada a una competencia permanente, compatible no obstante con la cooperación en asuntos de interés común, aunque dicha cooperación es difícil de mantener a largo plazo por dos motivos: la atención a las ganancias relativas (por temor a que otra potencia aumente su cuota de poder) y el miedo a ser traicionados. Mearsheimer llega a esta conclusión a partir de los siguientes principios (2003: 30-32):

  • El sistema internacional es anárquico. No hay una autoridad central que proteja a unas potencias de otras
  • Las grandes potencias son actores racionales, y prestan atención a las consecuencias a corto, medio y largo plazo de sus acciones.
  • La supervivencia es el objetivo básico y principal de cualquier Estado. Las grandes potencias pueden perseguir otro tipo de intereses, como promover el bienestar de sus ciudadanos, mantener la cohesión social, extender la democracia o velar por la defensa de los derechos humanos. Pero por encima de todos ellos se encuentra la seguridad nacional.
  • Por definición, las grandes potencias disponen de capacidades para dañarse seriamente unas a otras.
  • Los responsables políticos no conocen con certeza las intenciones de los dirigentes de otros Estados. El incremento de poder de una gran potencia suscita temor e incertidumbre en el resto. Los Estados prestan atención a las capacidades materiales de los demás, no sólo sus intenciones, ya que éstas además de ser difíciles de escrutar pueden variar con el tiempo. Una gran potencia no debe descartar por completo el enfrentamiento futuro con otra gran potencia.

Por tanto, para toda gran potencia el modo principal de garantizar su seguridad consiste en maximizar su poder relativo, acumulando una cuota superior al resto. La premisa básica es poder = seguridad, y el resultado la competición ya que, aunque una gran potencia sea objetivamente superior a las demás, no sabe con certeza si es suficientemente poderosa en el presente o si lo continuará siendo en el futuro. La percepción de inseguridad y la incertidumbre alimentan la competencia constante.

Mearsheimer (2003: 168-233) respalda empíricamente sus argumentos examinando el comportamiento histórico de seis grandes potencias: Japón de 1868 a 1945, Alemania de 1862 a 1945, la Unión Soviética de 1917 a 1991, Italia de 1861 a 1943, Gran Bretaña de 1792 a 1945, y Estados Unidos de 1800 a 1990. Según Mearsheimer, las únicas grandes potencias que defienden el statu quo son aquellas que han alcanzado una posición hegemónica a nivel regional (Estados Unidos en el hemisferio occidental), pero incluso éstas no se sienten cómodas teniendo iguales en otras regiones del mundo (peer competitors) y por ello favorecen el equilibrio de poder entre al menos dos potencias regionales. Si es preciso, intervienen como equilibradores de ultramar (offshore balancers) para evitar la aparición de potencias hegemónicas regionales que puedan medirse con ellas a escala global. Según Mearsheimer (2003: 41), ese fue el motivo que impulsó a Estados Unidos a evitar que la Alemania del Káiser (Primera Guerra Mundial), la Alemania nazi y Japón (Segunda Guerra Mundial), y la Unión Soviética (Guerra Fría) lograran la supremacía regional. En el presente, Washington fomenta el equilibrio de poder contra Irán en Oriente Medio, frente a Rusia en su antigua área de influencia en Europa del Este, y frente a China en Asia Pacífico por similares razones. Cabe inferir por tanto que una Unión Europa con auténtica ‘autonomía estratégica’ tampoco sería acorde con los intereses norteamericanos.

De manera coherente con la teoría realista, el realismo ofensivo otorga un papel central al poder, tanto absoluto como relativo. Mearsheimer (2003: 55-57) distingue entre poder militar y poder latente. El primero se refiere a las fuerzas militares de un país en un momento dado, mientras que el poder potencial se basa en la economía y la población: dos factores clave en la generación de poder militar. Aunque el poder latente nos habla sobre el estado actual y futuro del poder militar de un país, no es sin embargo un indicador definitivo porque:

  • El gobierno puede tomar la decisión de convertir en poder actual/militar sólo una fracción de su poder latente. Por ejemplo, en 1850 Estados Unidos disponía de riqueza para convertirse en una gran potencia militar pero no dio el paso hasta 1898.
  • La conversión de poder latente en poder militar puede realizarse con más o menos efectividad. Durante la Segunda Guerra Mundial la producción de guerra soviética fue muy superior a la alemana, a pesar de que la Alemania nazi arrebató a la URRS buena parte de su territorio occidental.
  • La fuerza militar generada puede tener mayor o menor capacidad de proyección. Cuanto menos proyectable, menor poder militar efectivo.

Según Mearsheimer (2003: 135-137), las fuerzas terrestres constituyen el núcleo de las fuerzas militares al ser indispensables para conquistar y controlar territorios; cuestión suprema en un mundo de Estados territoriales. Las grandes masas de agua limitan considerablemente la proyección de las fuerzas terrestres y su capacidad ofensiva, sobre todo si se enfrentan a una gran potencia. Las fuerzas navales y aéreas juegan también un rol fundamental pero en último término de apoyo a las fuerzas terrestres. Por sí solas son insuficientes como instrumento de coerción frente a grandes potencias.

A la hora de relacionarse con otras potencias, las grandes potencias disponen de un repertorio de opciones estratégicas. Algunas de ellas persiguen maximizar su poder, otras frenar al rival y otras son sencillamente conductas contrarias a la lógica realista (Mearsheimer, 2003: 147-167):

  • Guerra. La incorporación de territorios por la fuerza constituye una opción atractiva cuando las ganancias son acumulables. Así sucedió por ejemplo con la unificación alemana en tiempos de Bismark, o con la expansión territorial de la Unión Soviética y de Israel en el siglo XX. Según Mearsheimer (2003: 39), la agresión no siempre resulta contraproducente. Entre 1815 y 1980 hubo 63 guerras donde se enfrentaron grandes potencias, y el agresor venció en 39 casos, lo que supone aproximadamente un 60 por cien de éxitos. Mearsheimer reconoce que en la actualidad la guerra ha dejado de ser una opción asumible por los enormes daños que provoca a las partes implicadas, incluidos los derivados de la condena internacional. No obstante, continúa habiendo Estados que recurren a ella esperando obtener determinadas ventajas: adquisición de recursos energéticos, creación de franjas de seguridad, neutralización de una potencia rival, etc. La ocupación del sur Líbano por Israel en 1982, la de Kuwait por Irak en 1990, o la de Irak por Estados Unidos en 2003 son prueba de ello. Aunque conociendo su desenlace final, las ganancias fueron más bien un espejismo.
  • Chantaje. Obteniendo concesiones mediante la coerción armada. De entrada, es una opción atractiva porque ofrece resultados a bajo coste, pero es difícil que funcione directamente entre grandes potencias. No obstante, la Alemania nazi antes de la Segunda Guerra Mundial protagonizó dos ejemplos con la anexión de Austria y de los Sudetes sin necesidad de utilizar la fuerza a gran escala.
  • Tentar y desangrar (bait and bleed). Instigando que dos rivales se enzarcen en un conflicto armado prolongado, mientras que quien lo estimula se mantiene al margen, con su fuerza militar intacta. En la práctica es difícil que los Estados caigan en la trampa.
  • Sangrar (bloodletting). En este caso la potencia no ha provocado la guerra donde participa su rival, pero intenta que el conflicto resulte largo y costoso ayudando a quienes se enfrentan a él. Son las famosas guerras por delegación (proxy war), frecuentes durante la Guerra Fría y también en la actualidad.
  • Contrapesar (balancing). Es una estrategia para frenar el incremento de poder de otras potencias. El actor protagonista asume directamente en exclusiva o con otro Estados el equilibrio de poder mediante la disuasión e el enfrentamiento abierto.
  • Pasar la carga a otro (buck-passing). Es una alternativa al contrapeso frente a una amenaza colectiva. Consiste en intentar que otros asuman los costes derivados del equilibrio de poder, manteniéndose al margen. Durante la década de 1930 Francia y Rusia trataron de pasarse la carga una a otra frente a la Alemania nazi. Finalmente, Francia se vio obligada a contrapesar directamente a Hitler pero su derrota en la primavera de 1940 permitió que los nazis pudieran concentrar sus fuerzas en la invasión de Rusia en junio del año siguiente. No es una práctica libre de riesgos.
  • Apostar por el ganador (bandwagoning). En lugar de contrapesar, se opta por unir fuerzas con el potencial oponente para sobrevivir y beneficiarse de los despojos. Es una estrategia a evitar, propia de países débiles y rara vez utilizada por las grandes potencias. Resulta peligrosa porque permite que la potencia amenazante incremente su poder relativo, quedando a su merced. Un ejemplo de bandwagoning sería el alineamiento de Rumanía y Bulgaria con la Alemania nazi.
  • Apaciguamiento (appeasement). Otra opción contraria a la lógica realista. Con el apaciguamiento se intenta modificar la conducta del adversario permitiéndole obtener más poder con la esperanza de que al sentirse más seguro reduzca su agresividad. Sin embargo, el apaciguamiento no disminuye el apetito del agresor y, además, le favorece en términos de poder relativo. Sólo tiene sentido si se busca ganar tiempo para prepararse contra la amenaza. Los acuerdos de Munich en septiembre de 1938 han pasado a la Historia como el epítome del apaciguamiento.

Además de estas opciones, la literatura reciente sobre rivalidad por debajo del umbral de la guerra (conflicto en la zona gris) plantea otros cursos de acción coherentes con la lógica del realismo ofensivo como, por ejemplo, injerencia y desestabilización política, desinformación, coerción económica, ciber-ataques, acciones agresivas de inteligencia, hechos consumados y tácticas de erosión, etc. (Jordán, 2021: 10-15). Esta perspectiva hace más reconocibles conductas propias del realismo ofensivo en la actualidad. Mearsheimer señala que lo común es un comportamiento sutil, que aprovecha la debilidad e indecisión ajena para maximizar el poder, pero que al mismo tiempo se contiene y, si es preciso retrocede de manera táctica, ante la fuerza y la determinación de otras potencias.

Conviene subrayar una vez más que, según Mearsheimer, las principales causas de la conflictividad internacional –incluidas las guerras– se derivan de la arquitectura del sistema internacional. Como ya hemos apuntado, las variables clave a ese respecto son la anarquía y el modo como se distribuye el poder relativo. A partir de ellas Mearsheimer (2003: 337) plantea cuatro posibles escenarios:

  • Bipolaridad no equilibrada. Según Mearsheimer, se trata de una categoría teórica, difícil de encontrar en el mundo real.
  • Bipolaridad equilibrada. Estable, con escasa probabilidad de conflicto armado entre grandes potencias.
  • Multipolaridad equilibrada. Ninguna gran potencia destaca exageradamente sobre el resto. Es menos estable que la bipolaridad pero más que la siguiente categoría.
  • Multipolaridad desequilibrada. Se trata de un sistema compuesto por grandes potencias que contiene un potencial hegemón. La potencia emergente se siente con capacidad de alterar el equilibrio de poder incluso por la fuerza y, al mismo tiempo, el temor que despierta suele suscitar una coalición antihegemónica. La espiral resultante puede acabar en conflicto armado.

Abundando en el argumento, Mearsheimer (2003: 338-346) considera que la guerra es más probable en la multipolaridad que en la bipolaridad por tres razones:

  • En el sistema multipolar hay más diadas potenciales de conflicto entre grandes y pequeñas potencias. En los sistemas bipolares se espera que cada gran potencia proteja a sus aliados, especialmente a los geográficamente cercanos a la potencia rival. Habría sido muy improbable que Estados Unidos hubiera atacado a Polonia o a Checoslovaquia durante la Guerra Fría. Al mismo tiempo, los sistemas bipolares son rígidos y los Estados que no son gran potencia gozan de menor capacidad de maniobra, lo cual reduce también la posibilidad de conflicto entre ellos. Sin embargo, en la multipolaridad las pequeñas potencias son más vulnerables al empleo de la fuerza por parte de las grandes potencias y tienen más libertad a la hora de enfrentarse unas a otras.
  • La multipolaridad favorece losdesequilibrios de poder, más probables cuanto mayor es el número de grandes potencias. Como resultado, dos grandes potencias se pueden unir para atacar a una tercera (Francia y Reino Unido contra Rusia en la guerra de Crimea en 1853-1856) o para conquistar una pequeña potencia (como hicieron Alemania y la URRS con Polonia en 1939).
  • La pluralidad de actores aumenta las probabilidades de que se produzcan errores de cálculo. El orden internacional tiene mayor fluidez en la multipolaridad que en la –comparativamente– más rígida y previsible bipolaridad. El inicio de una relación amistosa con un país puede generar recelos en otro que previamente era amigo o neutral. La ambigüedad de las relaciones dificulta prever el comportamiento de los Estados que se alían o se aliarán con las diferentes potencias, así como calcular la distribución de poder resultante.

La atención que Mearsheimer presta a la guerra se debe tanto a la relevancia inherente del fenómeno bélico en las relaciones entre grandes potencias como a su incidencia a lo largo de los dos últimos siglos de historia. Como ya se he señalado, aunque Mearsheimer (2010: 382) no descarta por ejemplo que pueda producirse un conflicto armado entre China y Estados Unidos en las próximas décadas, lo cierto es que la rivalidad tiende a canalizarse a través del conflicto en la zona gris. En efecto, el interés de Moscú por afianzar su esfera de influencia en el marco de la crisis de Ucrania de 2022, la rivalidad entre potencias regionales en Oriente Medio en la actualidad, o las dinámicas en Asia Pacífico (asertividad de Pekín en la delimitación de las zonas económicas exclusivas, AUKUS, y coaliciones de contrapeso de los países ribereños del Mar de sur de China) resultan fácilmente interpretables desde los parámetros del realismo ofensivo. Si bien las recomendaciones que pueden derivarse han de ser discutidas caso por caso, la teoría de Mearsheimer ofrece un marco de análisis digno de ser tenido en cuenta.

El realismo defensivo

El autor que posiblemente ha sistematizado mejor el realismo defensivo es Shiping Tang con su obra A Theory of Security Strategy for Our Time. Defensive Realism. Según Tang (2010: 19-32), la dicotomía entre realismo ofensivo y defensivo radica en las diferentes estrategias que eligen los Estados para garantizar su seguridad en un contexto de anarquía. En concreto:

  • Intenciones de los otros Estados. Para el realismo ofensivo, el diseño de la estrategia debe asumir lo peor respecto a las intenciones de los demás; mientras que para el realismo defensivo cabe asumir otras posibilidades sin precipitarse en esperar intenciones hostiles por parte del resto de actores. El pesimismo del realismo ofensivo se deriva de la naturaleza trágica de la política internacional explicada en el epígrafe previo.
  • Interés común y cooperación. Por la misma razón, al considerar que los actores tratan de maximizar su poder a expensas de otros Estados, el realismo ofensivo no ve un interés común permanente entre ellos y, por tanto, tampoco considera que la cooperación estable sea una estrategia válida para mejorar la propia seguridad en un entorno de anarquía, más allá de la cooperación en forma de alianzas transitorias antes amenazas compartidas. En contraste, el realismo defensivo no asume que los Estados intenten maximizar continuamente su poder a costa de otros y, al no tener por tanto una actitud necesariamente agresiva, entiende que existe espacio para intereses comunes alcanzables a través de la cooperación.
  • Dos caminos distintos para alcanzar la seguridad. El destino final de un Estado que se conduce por el realismo ofensivo y el de otro que lo hace por el realismo defensivo es el mismo: garantizar seguridad. Pero ambos tratan de llegar a él por caminos opuestos. Según Tang (2010: 29-31), la diferencia esencial entre realismo ofensivo y defensivo radica en la preferencia por distintos tipos de estrategias. Para el realista ofensivo la receta es maximizar el poder respecto al resto de Estados, primero a nivel regional, y después a escala global. Sin embargo, para el realista defensivo esa estrategia suele resultar contraproducente. La prevalencia del dilema de seguridad y la lógica del contrapeso de poder llevan a que el Estado que trate de convertirse en el más poderoso del sistema (regional o global) suscite reacciones por parte del resto, bien mediante contrapeso interno (generando por ejemplo carreras de armamento) o bien mediante contrapeso externo (alianzas contrarias). Por ello, el realismo defensivo recomienda estrategias que, además de favorecer la cooperación, moderen el deseo de prevalecer sobre el resto en términos de poder

Las etiquetas realista ofensivo y realista defensivo aluden a tipos ideales cuando se aplican a Estados concretos. La experiencia empírica es a menudo dinámica. Un Estado puede pasar de una categoría a otra por cambios en el liderazgo de la acción exterior que entrañen un giro estratégico o como consecuencia de la interacción con otros Estados. Por ejemplo, un realista defensivo que responde con estrategias propias del realismo ofensivo ante otro Estado realista ofensivo.

Al mismo tiempo, realismo ofensivo y defensivo no son equivalentes a revisionismo y a favor del statu quo respectivamente. Aunque un Estado revisionista es también a menudo un realista ofensivo, puede darse el caso de que un Estado que defiende el statu quo sea realista ofensivo porque la situación alcanzada beneficia su posición hegemónica dentro del sistema y asegura la continuidad de las ganancias obtenidas mediante una estrategia propia del realismo ofensivo (Tang, 2010: 23-25).

Por otra parte, conviene recordar algo mencionado en el epígrafe anterior. Aunque Tang habla a menudo de ‘agresividad’ al referirse a conductas propias del realismo ofensivo, dicha agresividad no equivale necesariamente a empleo de la fuerza armada. Ciertamente, la guerra ha sido un instrumento utilizado por actores realistas ofensivos a lo largo de la historia para incrementar las ganancias relativas. Sin embargo, la confrontación armada directa –en particular entre Estados– resulta cada vez menos atractiva. Por ello, dicha ‘agresividad’ tiende a canalizarse actualmente a través de conflictos en la zona gris con empleo de estrategias híbridas de carácter coercitivo.

Teniendo así claro que la divisoria entre realismo ofensivo y defensivo radica en las preferencias estratégicas, conviene profundizar algo más en las conductas propias del realismo defensivo. A este respecto, Shiping Tang (2010: 100-106) propone una ‘escalera de estrategias’ que incluye las siguientes opciones de menor a mayor nivel de confrontación:

  • Apaciguamiento (appeasement). No es una estrategia realista, pero puede caerse inadvertidamente en ella si se confunde al otro actor con un realista defensivo cuando en realidad es realista ofensivo. Consiste en ser acomodaticio o conciliador, a pesar de los intentos repetidos por parte del otro actor de aprovecharse de esa buena voluntad. Solo se podría hablar de apaciguamiento si la otra parte es genuinamente agresiva (o, dicho de otro modo, se conduce según el realismo ofensivo). Por tanto, un gesto conciliador no es por sí mismo sinónimo de apaciguamiento.
  • No hacer nada (doing nothing). La no reacción frente a la hostilidad del rival es en sí misma una opción estratégica.
  • Cooperación extensa de seguridad (extensive security cooperation). Es una línea de acción genuinamente realista defensiva para mejorar la seguridad propia, pero tiene sentido solo cuando la otra parte se conduce también según el realismo defensivo. Sería catastrófica si el otro actor es un realista ofensivo.
  • Compromiso (engagement). Es una opción estratégica compleja que trata de lograr un acercamiento hacia el otro actor, favoreciendo la cooperación, pero que se mantiene en guardia frente potenciales abusos de la otra parte. De este modo, la estrategia de compromiso contiene tres elementos: 1) mensaje conciliador (reassurance) para hacer ver que no se albergan intenciones hostiles; 2) una invitación a cooperar –no solo puntual, sino de carácter extensivo– para calibrar las intenciones de la otra parte; y 3) un elemento de disuasión/defensa ante la posibilidad de que el otro actor sea un agresor decidido. La estrategia de compromiso cumple cuatro funciones críticas: 1) transmitir a la otra parte el carácter benigno de las intenciones propias y sondear las intenciones ajenas sin poner en peligro intereses vitales; 2) disuadir a la otra parte o al menos estar preparados frente a la posibilidad de que ésta albergue intenciones hostiles; 3) cambiar las intenciones del otro actor si éste no es un agresor incorregible aunque pudiera tener malas intenciones al comienzo; y 4) ganar tiempo para prepararse ante la posibilidad de que el otro sea un agresor incorregible.
  • Contención (containment). Esta opción estratégica admite dos vertientes. Por un lado, contención pasiva que combina disuasión y defensa, sin ofrecer mensajes conciliadores, pero que solo reacciona frente a los intentos de agresión de la otra parte. Por otro, contención activa que toma la iniciativa y busca obtener una posición de ventaja en términos de poder relativo, incluso provocando al rival y tratando de cambiar su régimen político.
  • Guerra preventiva (preventive war). Diferente de atacar primero ante una agresión inminente (preemptive war) que sí sería una opción aceptable en circunstancias extremas desde el realismo defensivo. Con la guerra preventiva se busca disminuir el poder relativo del oponente antes de que se produzca una transición de poder a favor de éste. La preventive war es una estrategia netamente realista ofensiva. La llamada ‘trampa de Tucídides’, popularizada por el libro de Graham Alison (2017), se refiere así a dinámicas que caen bajo el paraguas de la teoría de John Mearsheimer.

En paralelo a esta escalera de estrategias se sitúa otro abanico de elecciones referido a las alianzas. En un continuum que iría desde las amistosas a las inamistosas, cabría la opción de: 1) aliarse con el otro Estado, 2) mantenerse neutral, 3) pasar la carga a otros (buckpassing), y 4) aliarse contra ese Estado (Tang, 2010: 105).

A partir de todas esas opciones se pueden construir distintas estrategias propias del realismo defensivo. Ante un Estado con intenciones todavía por aclarar, lo más sensato sería una política de compromiso (engagement), enviando un mensaje conciliador e invitando a la cooperación, pero manteniendo al mismo tiempo la cautela hasta que se dilucide el carácter defensivo/ofensivo de la otra parte. Si se confirma que el otro actor se conduce de acuerdo con el realismo defensivo, pasar a una estrategia de cooperación extensa de seguridad (extensive security cooperation) mejoraría la seguridad de ambas partes, evitaría el dilema de seguridad, y podría conducir a una alianza entre ambas.

El realismo defensivo cree en las ventajas de la cooperación incluso cuando existe un conflicto de intereses genuino (no sólo percibido) entre las partes cuando dicho conflicto es reconciliable. En un contexto de actores realistas defensivos la cooperación es preferible a los costes del conflicto –a menudo elevados– y posee así lógica desde una perspectiva interesada y estratégica. En este punto, el realismo defensivo establece puentes con otras teorías de Relaciones Internacionales como el liberalismo y el constructivismo (Tang, 2010: 111-117).

Por el contrario, si se constata que el otro Estado actúa según los parámetros del realismo ofensivo, ya que trata de aprovecharse de las señales benignas enviadas por el realista defensivo, intentando disminuir el poder de éste para maximizar su propia cuota de poder relativo, las opciones de apaciguamiento y no hacer nada sólo tendrían sentido en circunstancias extremas como una manera de ganar tiempo o de pasar la carga a otros. También cabría la opción de aliarse con el actor realista ofensivo frente a un tercer Estado también realista ofensivo pero aún más agresivo. No obstante, en circunstancias normales el apaciguamiento y el hacer nada serían desaconsejables desde una perspectiva realista. Frente a un actor realista ofensivo, la estrategia común es la contención pasiva, combinada con la alianza con otros Estados realistas defensivos, pues para un realista defensivo las alianzas también son defensivas. Desde esta misma perspectiva, las carreras de armamentos serían subóptimas; sólo justificables desde un punto de vista racional frente a un Estado que albergue intenciones hostiles genuinas, no derivadas de un dilema de seguridad.

Así pues, realismo defensivo y realismo ofensivo comparten algunas opciones estratégicas sólo cuando se trata de responder a un actor hostil. Frente a un actor realista ofensivo será difícil poner en marcha medidas de confianza y de seguridad militar (CSBMs en sus siglas en inglés) o acuerdos de limitación de armamentos. Por lo demás, el realismo defensivo se inclina por la moderación y la autocontención como principios guía para favorecer su propia seguridad; de modo que las medidas de disuasión y defensa tratan de no ser provocativas, intentando favorecer la moderación de la otra parte y manteniendo la puerta abierta a un cambio de su actitud hostil. Sin embargo, la contención activa y, en especial, la guerra preventiva en solitario o en coalición serían opciones propias de una política realista ofensiva que busca mejorar su seguridad maximizando el poder propio a expensas del poder de otros actores. Como ya hemos visto, los Estados con estrategias realistas ofensivas tienden a asumir que la otra parte sigue su misma lógica (más poder = más seguridad), por lo que no esperan ni estimulan la moderación en las preferencias estratégicas de aquella (Tang, 2010: 117-125).

El realismo neoclásico

Como tal no existe una única teoría de realismo neoclásico, sino diversas explicaciones agrupadas hace más de dos décadas bajo este término por Gideon Rose (1998: 146) en un artículo seminal publicado en World Politics. Según Rose (1998: 145), esas teorías intentan rellenar el espacio que conscientemente dejó libre Kenneth N. Waltz al excluir los factores internos en su modelo explicativo de la política internacional. El realismo neoclásico trata así de explicar la política exterior de los Estados y, en consecuencia, según Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 2), la propia política internacional. Para ello presta atención tanto a las variables externas (derivadas del sistema internacional y, por tanto, en línea con el realismo estructural) como a las internas, relacionadas con los dirigentes y demás factores políticos del país (primera y segunda imagen de Kenneth Waltz).         

El realismo neoclásico no se decanta de manera definitiva por las variantes defensiva y ofensiva del realismo estructural; y –esto es importante remarcarlo– no es una teoría contrapuesta frontalmente al realismo estructural sino complementaria, tanto del realismo ofensivo como del defensivo. Lo que sí critica el realismo neoclásico es la pretensión, tanto del realismo estructural ofensivo como del defensivo, de explicar la política exterior como un resultado de la estructura internacional, sin tener en cuenta las variables internas de los Estados (Rose, 1998: 149-150). Además, según los realistas neoclásicos, los inputs sistémicos se ven seriamente condicionados por límites en materia de percepción, claridad de las señales externas, racionalidad y capacidad de generación de poder material a partir de los recursos disponibles. No tener en cuenta dichos condicionantes equivale a caer en un ‘determinismo externo’ (Ripsman, Taliaferro & Lobell, 2016: 19-25).

Pero a pesar de esa crítica, el realismo neoclásico asume la importancia de los factores estructurales y, por tanto, resulta compatible con la perspectiva realista ofensiva o la defensiva en función de las circunstancias. En determinados contextos históricos y regionales resulta adecuada la explicación del realismo ofensivo junto con una perspectiva neoclásica, mientras que en otros es el defensivo quien ofrece una comprensión satisfactoria, empleando en paralelo el realismo neoclásico para ese estudio de caso. Como ya he señalado anteriormente, el realismo ofensivo explica mejor las políticas de equilibrio de poder en largos periodos de los siglos XVII a XIX, las políticas agresivas que originaron la Primera y Segunda Guerras Mundiales, así como la creciente rivalidad entre grandes potencias en el siglo XXI. Sin embargo, para otros contextos históricos y regionales es preferible el realismo defensivo.

De este modo, el realismo neoclásico propone el siguiente esquema de investigación:

  1. La variable independiente es la distribución de poder en el sistema y las capacidades materiales de poder del Estado caso de estudio (por eso es una teoría realista). Como consecuencia, a la hora de establecer los parámetros básicos de la política exterior de un Estado hay que conocer de entrada la posición que éste ocupa en el sistema y su poder material relativo (Rose, 1998: 146). Aquí es donde se puede insertar la perspectiva del realismo ofensivo o del defensivo, según su potencial explicativo para ese caso concreto.
  2. La variable independiente incide sobre un conjunto de variables intervinientes como, por ejemplo, la percepción de los técnicos y decisores de la política exterior, el grado de consenso de las élites y de determinados actores sociales sobre un asunto de la realidad internacional, la fortaleza o fragilidad del sistema político, o la capacidad del gobierno a la hora de extraer recursos para la acción exterior.
  3. La variable dependiente –aquella cuyo cambio se trata de explicar– es un área concreta de la política exterior de un Estado en un momento histórico preciso.

De este modo, los inputs procedentes del sistema internacional impulsan la acción exterior del Estado de una determinada dirección. No obstante, esos inputs ejercen una influencia indirecta y compleja, ya que son filtradas por variables intervinientes de carácter doméstico que obligan a incluir en el análisis elementos de los niveles del individuo y del Estado (tal como hacía el realismo clásico). El realismo neoclásico considera que no existe una ‘cadena de transmisión’ inmediata o perfecta que conecte el poder relativo de los Estados con su comportamiento en la esfera internacional. Por ejemplo, Randall L. Schweller (2004: 171-181) en la ya mencionada teoría del infraequilibrio de poder destaca el rol que desempeñan factores como el consenso de las élites, la fortaleza del gobierno/régimen, la cohesión social y la cohesión de las élites a la hora de explicar por qué no se produce una maniobra de contrapeso ante un poder emergente y amenazante a pesar de que los inputs sistémicos impulsan en esa dirección.

Por tanto, para el realismo neoclásico la comprensión de la política exterior requiere conocer las variables intervinientes del ámbito doméstico. Expresado de otro modo, la acción exterior, como resultado de distintas políticas públicas (defensa, exterior, economía exterior, cooperación, etc.) invita a aplicar el análisis de políticas públicas, algo llamativamente poco desarrollado dentro de los estudios estratégicos y en general en los estudios de política internacional.

Aunque no existe un listado definitivo de variables intervinientes del nivel interno, a título ilustrativo se pueden destacar las siguientes (Rose, 1998; Schweller, 2004; Ripsman, Taliaferro & Lobell, 2016):

  • Percepción de los técnicos y decisores políticos. Según el realismo neoclásico, la percepción de quienes asesoran y toman las decisiones en materia de acción exterior (el presidente, los ministros y los funcionarios que participan en el diseño e implementación de las políticas de exterior y defensa) es tan importante como la magnitud de los recursos materiales del Estado y de su poder relativo dentro del sistema. Como ya advirtió hace décadas Robert Jervis (1979), el modelo de actor racional es insuficiente. Los estadistas y funcionarios son personas de carne y hueso, con valores e intereses y sujetas a errores de percepción. A ello se añaden otros factores relacionados con su personalidad y carácter, que también afectan al modo como se perciben y se responde a los estímulos externos (Byman & Pollack, 2001; Samuels, 2003).
  • Atención de los decisores a diversos planos políticos en su cálculo de costes y beneficios. Los gobernantes pueden actuar de una determinada manera en un nivel (internacional) pero sus objetivos reales se pueden encontrar en otro (regional o nacional). Por ejemplo, pueden desafiar a grandes potencias para ganar prestigio ante su propia población, en contra de lo que dictarían las presiones sistémicas.
  • Cultura estratégica. Entendida como un agregado de creencias, presupuestos, normas, ideas e ideologías políticas, que dan forma a la comprensión de la realidad internacional de las élites políticas, militares, funcionariales e incluso de la opinión pública y que afectan a las decisiones estratégicas de los Estados en materia de acción exterior (Ripsman, Taliaferro & Lobell, 2016: 66-70).
  • Grado de consenso de élites y actores sociales. Las élites gubernamentales no son las únicas protagonistas de la acción exterior. Existen otros actores (grupos empresariales, medios de comunicación, think-tanks, movimientos sociales, etc.) que participan en la valoración de las amenazas, la justificación de los cambios estratégicos, y el diseño e implementación de la política exterior y de defensa. Este hecho añade complejidad a los procesos y requiere negociación entre unos y otros. Los consensos atañen tanto a la percepción de amenazas y oportunidades en el ámbito internacional, como a los intereses particulares de dichos actores internos. Por otra parte, su nivel influencia se ve afectado por el contexto internacional. En periodos de tensión y amenaza evidente su importancia tenderá a ser menor, ya que el ejecutivo priorizará la gestión de las crisis y la respuesta a problemas inmediatos. Pero en momentos de calma y de indefinición de las amenazas o de los intereses estratégicos su influencia puede ser mayor a la hora de configurarlos y priorizarlos.
  • Capacidad de extracción de recursos por parte del Estado. Los trabajos de Fareed Zakaria (1999) y de Jeffrey W. Taliaferro (2009) han cuestionado convincentemente la capacidad de los gobiernos a la hora de extraer y emplear los recursos del país, tal como parece asumir el realismo estructural de Kenneth Waltz al considerar que el poder material absoluto del Estado equivale el poder agregado de las esferas económica, demográfica, militar, etc. La realidad difiera de esa imagen ideal. La capacidad de extracción depende, entre otros factores, de la fortaleza y extensión de las instituciones, del nacionalismo, de la difusión de ideologías estatalistas (o, por el contrario, antiestatalistas), de la percepción de la amenaza por parte de la sociedad (que estará menos dispuesta a asumir sacrificios si el peligro resulta lejano), etc.

El estudio de las variables intervinientes de carácter doméstico explica la preferencia del realismo neoclásico por los métodos cualitativos, los estudios de caso, el process tracing y el análisis contrafactual. Desde la perspectiva del realismo neoclásico, la comprensión profunda del comportamiento exterior de los Estados obliga a especializarse en países y áreas regionales concretas (Rose, 1998: 166-167). Los principios teóricos del realismo neoclásico son generalizables pero su aplicación específica exige un conocimiento derivado de la consulta de fuentes primarias, investigación en los archivos del país, familiaridad con la estructura y funcionamiento real de sus instituciones políticas, etc.

A modo de conclusión

La síntesis ofrecida en este documento didáctico no representa la totalidad de la producción teórica enmarcada en el realismo, pero el conocimiento de las cinco ramas (clásico, estructural, ofensivo, defensivo y neoclásico) es esencial comprender y contextualizar pertenecientes a este tronco común. Aunque en la década de 1990 algunas voces dieron por finalizada la teoría realista, la evolución de la política internacional acaecida desde entonces demuestra su validez explicativa: pasada, presente y –con toda probabilidad– futura.

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937 FUENTE https://global-strategy.org/teorias-realistas-para-comprender-la-politica-internacional/

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