La llegada de Joseph Biden a la Casa Blanca no significa necesariamente que EE UU vaya a reducir la presión sobre China. Beijing es la clave pero no el único punto de interés en un mundo multipolar.

Por Àngel Ferrero – 24 ENE 2021 

A estas alturas son ya varios los artículos que hablan de la covid-19 como catalizador de tendencias políticas que se encontraban ya en desarrollo, siendo la más destacada el incremento del peso en las relaciones internacionales de la importancia de China, gracias, en particular, a su capacidad industrial para fabricar materiales de protección sanitaria y las medidas adoptadas para contener la propagación del virus en su propio país y reactivar su economía. Foreign Affairs Incluso llegó a especular en marzo de 2020 con la posibilidad de que se produjese un “momento Suez”, en relación a la “intervención fracasada” de 1956 que “dejó al desnudo la decadencia del poder británico y marcó el fin del dominio de Reino Unido como potencia mundial”.

Además de por una gestión de la pandemia que contrasta claramente con la occidental por su habilidad a la hora de movilizar recursos con rapidez y efectividad, el año pasado China estuvo presente en los titulares de los medios de comunicación por su industria tecnológica –bien por la instalación de redes 5G o los intentos de la administración Trump por prohibir Tik Tok–, o los avances en varios acuerdos comerciales –ya fuese en el acuerdo de inversiones Unión Europea-China o la creación en Hanoi el pasado 15 de noviembre de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP)–.

Esta última tiene como objetivo la creación del mayor bloque comercial del mundo, formado por los diez estados miembro de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Significativamente, no pertenecen a este bloque los Estados Unidos y no se prevé que lo hagan bajo la nueva administración de Joe Biden. Como ha escrito Cui Heng para el medio chino Global Times, el cambio de inquilino en la Casa Blanca “no significa necesariamente que EE UU vaya a reducir la presión sobre China”, ya que “la contradicción entre China y EE UU es una de tipo estructural entre una potencia emergente y una fuerza hegemónica”, por lo que “no importa quién se siente en el Despacho Oval: siempre se adoptarán políticas para contener a la potencia emergente.” En este sentido, “un gobierno Demócrata muy posiblemente contendrá a China recurriendo a los derechos humanos y las cuestiones del Tíbet y Taiwán”, de modo que las probabilidades de que las relaciones sino-estadounidenses mejoren en los próximos cuatro años es “poca”.

El año pasado el presidente del país, Xi Jinping, presentó una hoja de ruta hasta 2035 para convertir a China en “una gran nación socialista, moderna, próspera y poderosa”

En Europa reina, sobre todo si nos atenemos a lo reflejado por los medios de comunicación, una mayor discreción sobre esta cuestión, aunque en un reciente informe del influyente think tank alemán Stiftung Wissenschaft und Politik (SWP) se planteaba, entre otros, un escenario en el que Bruselas finalmente da un paso adelante en la consecución de una mayor autonomía respecto a Washington y convierte a la UE en un actor global merecedor de ese nombre: “El 1 de febrero de 2025 los 27 jefes de Estado y de gobierno fundan junto con otros 17 países del Norte y el Sur la Alianza Democrática para el Progreso global, que se compromete a tomarse en serio el ‘Building Back Better’.” El Partido Comunista de China (PCCh), por su parte, no sólo mantiene los ambiciosos objetivos de su último plan quinquenal (2021-2025), sino que el año pasado el presidente del país, Xi Jinping, presentó una hoja de ruta hasta 2035 para convertir a China en “una gran nación socialista, moderna, próspera y poderosa” y conseguir el liderazgo mundial en tecnología avanzada y otros sectores estratégicos.

Es innegable que sin China no es difícil, sino francamente imposible encarar los grandes retos globales del siglo XXI. Lo ha subrayado en varias ocasiones, entre otros, Michael R. Krätke, quien en el semanario alemán Der Freitag advirtió de cómo “nadie puede permitirse ignorar o tratar mal deliberadamente a un país que es una gran potencia tecnológica, científica, económica y financiera.” Sin la cooperación de Beijing, señalaba, “no puede haber ninguna política contra el cambio climático con posibilidades de éxito” y “sin el apoyo de China no podremos controlar las previsibles olas de contagios de la pandemia que vendrán” ya que “en este aspecto no se puede confiar en EE UU.” En otro artículo para ese mismo medio, Krätke recordaba que China se ha fijado la ambiciosa meta de contar con un 50% de modelos eléctricos en su parque de automóviles para 2035 y la neutralidad climática para 2060 mientras sigue expandiendo sus líneas de ferrocarril.

Ante la publicación de todas estas noticias, y de la previsible cobertura de los medios de comunicación occidentales (en la que con demasiada frecuencia se pierde la distinción entre la voluntad de informar y la de infundir temor sobre el auge de China), resulta interesante volver a consultar al último libro de Zbigniew Brzezinski (1928-2017), Strategic Vision. America and the Crisis of Global Power (Perseus, 2012), en el que el asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter presentaba sus propios escenarios para el futuro inmediato.

El mundo en 2025, según Brzezinski

“Si América flaquea, es poco probable que el mundo sea dominado por un solo sucesor preeminente, como China”, escribía Brzezinski en su último libro. “Ninguna potencia estará preparada para ejercer entonces el papel que el mundo, después de la desintegración de la Unión Soviética en 1991, esperaba que los Estados Unidos jugasen”, pronosticaba el autor. “Sería más probable”, lamentaba, “una fase prolongada más bien de alineamientos de potencias tanto globales como regionales, sin grandes ganadores y muchos más perdedores, en un escenario de incertidumbre internacional e incluso riesgos potencialmente fatales al bienestar mundial”.

Irónicamente, el hombre que más había contribuido a la desintegración de la URSS desde la Casa Blanca proponía en su libro que Rusia fuese integrada en la esfera occidental para permitir a EE UU prolongar su hegemonía

En ausencia de una potencia hegemónica, Brzezinski aventuraba que “la incertidumbre resultante incrementará probablemente las tensiones entre competidores e inspirará un comportamiento egoísta”, haciendo que, en consecuencia, “la cooperación posiblemente decline, con algunas potencias buscando promover exclusivamente acuerdos regionales como marcos alternativos de estabilidad para el desarrollo de sus propios intereses”. Además, “contendientes históricos pueden competir más abiertamente, incluso recurriendo al uso de la fuerza, por la preeminencia regional”, mientras que “algunos estados débiles pueden encontrarse en serio peligro, a medida que las nuevas alienaciones de poder emergen en respuesta a grandes desplazamientos geopolíticos en la distribución mundial del poder”.

En este interregno, que se extendería hasta el año 2025, aumentaría “la búsqueda de una mayor seguridad nacional basada en diversas fusiones de autoritarismo, nacionalismo y religión”, como también lo haría la “indiferencia pasiva” hacia los asuntos internacionales. Como ejemplo de esta tendencia, Brzezinski mencionaba la presión de países como China y la India para transformar algunos de los principales organismos internacionales, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI) e incluso del Consejo de Seguridad de la ONU, para que reflejasen los cambios globales sucedidos en los últimos años.

Irónicamente, el hombre que más había contribuido a la desintegración de la URSS desde la Casa Blanca proponía en su libro que Rusia fuese integrada en la esfera occidental para permitir a EE UU prolongar su hegemonía. Sin embargo, este plan se antoja hoy irrealizable sin un cambio de poder en el Kremlin que traería, a su vez, inestabilidad tanto en el propio país como en su vecindario. Otra de las propuestas que planteaba Brzezinski era la democratización de Turquía para anclar a este país en la órbita occidental, y que, como en el caso de Rusia, parece haber quedado relegada al cajón de la historia alternativa por el propio desarrollo de los acontecimientos.

Cabe destacar que en Strategic Vision. America and the Crisis of Global Power Brzezinski reconoce a los dirigentes chinos la inteligencia, la prudencia y la paciencia para evitar un “rápido declive” de EEUU que “provocaría una crisis mundial que devastaría el propio bienestar de China y perjudicaría sus objetivos a largo plazo”, y traía a colación la máxima de Deng Xiaoping: “Observemos con tranquilidad, aseguremos nuestra posición, gestiones los asuntos con calma, escondamos nuestras capacidades y esperamos nuestro momento, seamos buenos manteniendo un perfil bajo, y nunca reclamemos el liderazgo.”

Los 10 años restantes

¿Qué pasaría en el tablero global –por utilizar una expresión del propio Brzezinski– en ese espacio de tiempo que va del 2025 de Zbigniew Brzezinski al 2035 de Xi Jinping? ”Incluso si el declive se desarrolla de una manera vaga y contradictoria, es posible que los dirigentes de las potencias mundiales de segundo orden, entre ellas Japón, India, Rusia y algunos miembros de la UE, estén ya valorando el potencial impacto de la despedida de América de sus respectivos intereses nacionales”, afirmaba Brzezinski. “Es más”, seguía este autor, “los escenarios de un reparto post-América pueden estar ya dando discretamente forma a la planificación de la agenda de las cancillerías de las mayores potencias extranjeras, si no están ya dictando sus políticas.”

Brzezinski enumeraba varios casos, como el de los japoneses, quienes “temerosos de una China asertiva dominando el continente asiático, pueden pensar en vínculos más estrechos con Europa”. Así, “los dirigentes en India y Japón podrían muy bien considerar una cooperación política e incluso militar más estrecha como una forma de protección si América flaquea y China emerge”. Rusia, por su parte, “aunque quizá dejándose llevar por un wishful thinking (o incluso schadenfreude) por los inciertos escenarios de América, podría tener el ojo puesto en los estados independientes de la antigua Unión Soviética como objetivos iniciales de su influencia geopolítica ampliada”, mientras Europa, “aún sin cohesionar, acabaría posiblemente dividida en diferentes direcciones: Alemania e Italia hacia Rusia por sus intereses comerciales, Francia y la insegura Europa central en favor de una UE políticamente más unida, y Reino Unido buscando manipular un equilibrio con la UE mientras continúa manteniendo una relación especial con unos Estados Unidos en declive.” Finalmente, “otros pueden moverse más rápido para delimitar sus propias esferas de influencia regionales: Turquía en la zona del viejo Imperio otomano, Brasil en el hemisferio sur, y así sucesivamente”.

Rusia se encuentra en la proverbial encrucijada y el “rol de Moscú en esta futura arquitectura del orden mundial depende del éxito o del fracaso” a la hora de comprender los cambios

Lo que entonces era un escenario de futuro entre otros posibles hoy se lee prácticamente como un análisis del presente. Mucha tinta se ha vertido sobre este asunto en los foros de debate internacionales y luego se ha reproducido diligentemente en los medios de comunicación occidentales, por lo que, como siempre, resulta interesante echar un vistazo a otros países para adquirir otra perspectiva. En un análisis titulado ‘El fin del orden unipolar’, publicado el pasado mes de noviembre en Gazeta.ru y luego resumido por Meduza, Areg Galstyan sostenía que el declive del sistema mundial surgido de la desintegración de la URSS y liderado por EEUU ha periclitado por la arrogancia e hibris de este último y conducido, como temía Brzezinski, a la emergencia de una nueva competición regional. “En ausencia de reglas claras”, particularmente tras la agresión de la OTAN a Yugoslavia en 1999 y lo que ésta supuso para la legislación internacional, “así como la creciente indiferencia e inercia de Washington debido a la fatiga objetiva de unas fuerzas exhaustas, comenzaron a formarse subsistemas separados”, describe Galstyan al precisar que “las potencias regionales fueron capaces de crear e implementar sus propios conceptos, limitando su dependencia de la influencia de la potencia hegemónica.”

Galstyan ve en Turquía uno de los protagonistas de esta transformación. En opinión de este analista, el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, aspira a convertir a su país no solamente en una potencia regional clave, “sino en uno de los fundadores del sistema post-unipolar de relaciones internacionales”. Así, “todos los recursos de la política exterior del país están enfocados a conseguir este objetivo: Ankara retiene sus posiciones en el bloque de la OTAN pero, al mismo tiempo, en los últimos tres años ha desarrollado activamente una cooperación técnico-militar con Rusia, con el apoyo de Japón, está modernizando todas sus industrias y profundizando su diálogo económico con China”.

Más importante quizá, Turquía ha “creado una amplia red de interdependencia con todos los centros de poder, que limita la habilidad de las grandes potencias para influir en las decisiones estratégicas de Ankara”. Galstyan concluye que “las dinámicas del desarrollo de las relaciones internacionales muestran que en el futuro próximo todas las potencias de tamaño medio con ambiciones y planes de pasar a la categoría de los pesos pesados utilizarán el estilo condicional turco.” Asimismo, “en estas circunstancias, los pequeños países que luchan por sobrevivir en el nuevo sistema necesitan o bien mejorar los mecanismos para mantener el patronazgo geopolítico por parte de una gran potencia (una integración más profunda u otro modelo de interdependencia bilateral) o seguir la vía de formar un modelo de redes de influencia en la toma de decisiones en uno o más centros de poder”.

En este contexto, Rusia se encuentra en la proverbial encrucijada y el “rol de Moscú en esta futura arquitectura del orden mundial depende del éxito o del fracaso” a la hora de comprender los cambios. Rusia, recuerda Galstyan, fue “un actor clave en dos sistemas de cuatro actores: Viena y Yalta-Potsdam”, pero como la UE, podría encontrarse en una incómoda tierra de nadie más pronto que tarde. “La condición principal para triunfar definitivamente”, a juicio de este autor, “es una estricta separación de los intereses nacionales y empresariales” para que estos últimos no interfieran en la agenda internacional de Moscú, que debería tener unos “límites claros” y mecanismos “consistentes”.

En los medios rusos se ha citado como primer episodio de esta transformación global el reciente conflicto en Nagorno-Karabakh por sus características militares y por el papel desempeñado por Turquía y Moscú, cuya diplomacia plantea como salida al conflicto entre Azerbaiyán y Armenia proyectos de cohesión regional, señaladamente la construcción de nuevas líneas ferroviarias. El Kremlin está interesado en revivir el ferrocarril transcaucasiano que conectaría a todos los países con presencia en el Cáucaso: Rusia, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, Georgia e Irán. Según cálculos rusos, la reconstrucción de este ferrocarril podría impulsar el intercambio comercial con Irán más de un 30% y, en el caso de Armenia e Irán, entre un 50% y un 70%, además de facilitar a Azerbaiyán sus conexiones con Turquía y potenciar a Rusia como país de tránsito en el comercio de contenedores desde Asia hacia Europa central y septentrional.

Se hace difícil ver cómo la nueva administración estadounidense puede contener, y aún más revertir, todos estos desarrollos, y cómo reaccionará en consecuencia en los años por venir. Puede que Biden termine viéndose como el Ricardo III de Shakespeare: perorando sobre “historias tristes de reyes muertos”. La Unión Europea aún tiene que decidir si hará de público de esas mismas historias.
Publicado por El Salto Sección Global: https://www.elsaltodiario.com/global/geopolitica-declive-estados-unidos-brzezinski-china-en-2035-y-los-15-anos-restantes

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