Por Gonzalo Fiore Viani (*)

En su impactante bendición urbi et orbi –expresión que les sonará a los peronistas por haber sido utilizada muchas veces por Perón para reafirmar su rol de “padre eterno”, y que significa “a la ciudad y al mundo”-, Francisco fue tan claro como contundente. Lo que expresó en su discurso ante una impactante Plaza de San Pedro vacía, también les resultara familiar a quienes conozcan más o menos la doctrina justicialista. El Papa aseguró que nadie se puede realizar de manera individual sin el marco de una comunidad organizada que se realice a su alrededor. Nuestras falsas seguridades se desmoronan ante las contingencias que no podemos controlar. El ser humano debe entender necesariamente que para sobrevivir en el futuro, como sociedad, tiene que dejar de ser lobo del hombre y empezar a ser su hermano. Francisco viene insistiendo desde hace mucho tiempo, incluso antes de ser Papa, en la necesidad de un nuevo sistema. En un capitalismo que soporten los pueblos, que no destruya el ambiente, que no deje a cientos de miles de millones de seres humanos afuera, que no mida a las personas por su capacidad de producción o consumo. 

Para ello, es necesario avanzar en reformas concretas y profundas que impacten en lo que autores como Mark Fisher han denominado el “realismo capitalista”. Un sistema que parece no admitir grietas por donde se filtren nuevas alternativas. No se sabe muy bien si fue Fredric Jameson o Slavoj Zizek quien escribió que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Probablemente sea necesario un escenario que mediante las pantallas se parece bastante al fin del mundo para imaginarse de una vez el fin del capitalismo existente. El revoque que cubre las grietas del sistema comenzaron a caer junto con el “maquillaje de los estereotipos con que nos disfrazamos”, como dijo Francisco. Un hombre a quien, a su vez, los conceptos de centro y periferia no le son ajenos, el Papa es consciente que la pandemia impactará de manera extremadamente diferente en países del Primer Mundo o en América Latina. Sin embargo, el desborde de los sistemas de salud de los países centrales también ha puesto al descubierto que la ausencia del Estado es un grave problema que afecta a todo el planeta.  

Desde el comienzo mismo de su pontificado, Francisco tuvo que enfrentarse a un panorama geopolítico como el que hacía mucho tiempo no se veía en la historia de la humanidad. Un mundo extremadamente multipolar, fragmentado, enfrentado a cuestiones morales de una importancia monumental. ¿Cuántos seres humanos provenientes de las economías más pobres o de países en situación de conflicto deben acoger los países centrales? ¿Cómo es posible alcanzar una comprensión total del otro para de esta manera no caer en la trampa del extremismo? En plena cuarta revolución industrial, ¿es posible la transformación del sistema capitalista a favor de las mayorías que van cayendo a los márgenes? Bergoglio decidió poner estas preguntas al frente de su discurso a partir del minuto cero, cuando se refirió a sí mismo como un Papa proveniente del “fin del mundo”. Incomodando al poder económico, a gran parte de los dirigentes políticos, o incluso a muchos de los mismos católicos que no estaban acostumbrados a enfrentarse de una manera tan frontal con la base moral misma de la Doctrina Social de la Iglesia.

Francisco se refirió, en un pasaje particularmente conmovedor de un discurso ya de por sí histórico, sobre como “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas seguridades con las que habías construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. Más allá de cómo le resuenen a cada uno estas palabras y como impacten en su propia agenda personal, debemos reflexionar en el impacto que tiene esta tempestad en lo colectivo y lo político. Es, claramente, un gran momento para, una vez por todas, debatir cuestiones que parecían inamovibles en el capitalismo tardío de la era pos Reagan/Thatcher. El regreso a un Estado de Bienestar que comprenda las particularidades del nuevo mundo del trabajo en el Siglo XXI; la instauración de una renta básica universal para el sector que quedará afuera del mundo laboral debido a la automatización; la necesidad de tener sistemas de salud públicos, gratuitos, y con financiamiento. Esta pandemia no va a terminar con la humanidad, pero sí, depende de la humanidad, comenzar a terminar con las inequidades que genera el capitalismo realmente existente. Construir, a fin de cuentas, un capitalismo que incluya a todos, urbi et orbi.

(*) Abogado Maestrando en Relaciones Internacionales UNC Experto en Politica Exterior Miembro de Dossier geopolitico


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