Si bien la izquierda superó en los comicios legislativos al oficialismo y a la extrema derecha, no tiene mayoría como para formar gobierno y Emmanuel Macron aún puede seguir maniobrando

Por Eduardo J. Vior
analista internacional especial para Dossier Geopolitico

Cuando en la noche del 7 de junio, tras el triunfo de la Agrupación Nacional (RN, por su nombre en francés) de Marine Le Pen en la elección al Parlamento Europeo, el presidente Emmanuel Macron disolvió la Asamblea Nacional y llamó a elecciones anticipadas, él y sus asesores esperaban suscitar la solidaridad republicana contra el autoritarismo. Sin embargo, el beneficiario de la convocatoria fue otro: los partidos de izquierda, que habían concurrido por separado a la elección europea, se unificaron en el Nuevo Frente Popular (NFP), presentaron un programa de reformas sociales y económicas y, contra todos los pronósticos, salieron primeros en las legislativas y relegaron al lepenismo al tercer puesto. Sin embargo, también sorprendentemente, la oficialista Juntos por la República (Ensemble, por su nombre en francés) resultó segunda. Hoy en día nadie puede formar gobierno, porque las principales fuerzas no están dispuestas a coaligarse entre sí. El jefe de Estado ventea, entonces, la posibilidad de retrasar la instalación de un nuevo gabinete y de seguir manejando los hilos de la política cotidiana. A Francia se le ofrece la continuidad del elitismo, el ajuste y la guerra. Habrá que ver si lo soporta.


El presidente de Francia Emmanuel Macron. Detrás suyo, el primer ministro todavía en funciones Gabriel Attal

En un comunicado emitido el martes 9 de julio, los distintos partidos de izquierda que componen el Nuevo Frente Popular advirtieron al presidente de la República “contra cualquier intento de secuestro de las instituciones». La Francia Insumisa, el Partido Socialista, los Ecologistas y el Partido Comunista consideraron en su manifiesto a la nación que Emmanuel Macron debería “dirigirse inmediatamente al Nuevo Frente Popular para permitirle formar gobierno”.

En su comunicado conjunto, los diferentes partidos de izquierda consideraron que «mantener a Gabriel Attal [primer ministro] al frente del gobierno durante demasiado tiempo podría parecer un intento de borrar el resultado» de la segunda vuelta de las elecciones legislativas, en las que el NFP se impuso con 180 escaños frente a los 159 de Ensemble. 

De la elección del domingo pasado surgió una Asamblea Nacional dividida en tres fracciones e tamaño similar y en principio inconciliables entre sí: el NFP (180 escaños), Juntos (159) y la extrema derecha sumada (143). Para tener la mayoría y poder formar gobierno son necesarios por lo menos 289 representantes. Esta tripartición permite teóricamente todo tipo de combinaciones que, empero no son practicables por la incompatibiidad entre los partidos. Por lo pronto, el presidente debería convocar al presidente de la fuerza más votada y pedirle que forme gobierno. Si al cabo de cierto tiempo éste no pudo reunir los votos necesarios, será el turno de otro y así sucesivamente. Una vez agotadas todas las opciones parlamentarias, el jefe de Estado puede formar un llamado “gobierno técnico” (es decir, apartidario) con ministros escogidos por él, hasta que pasen los 12 meses legales, para que el presidente pueda volver a disolver la Asamblea Nacional y convocar a nuevas elecciones. Así lo dispone el art. 12 de la Constitución de 1958. Muy probablemente éste sea el camino que el mandatario siga. 

Ante este caótico horizonte Emmanuel Macron pretende tomarse su tiempo antes de pedir al primer candidato que forme gobierno. El primer ministro en funciones no está obligado a renunciar, pero es usual que lo haga, si su partido perdió la mayoría en la Asamblea Nacional y es también habitual que el presidente nombre a un primer ministro del bloque que acaba de ganar las elecciones legislativas. Sin embargo, el presidente rechazó la renuncia de Gabriel Attal a la presidencia del gobierno. Al retenerlo, Emmanuel Macron se ha asegurado las prerrogativas del Ejecutivo, aunque al mismo tiempo impide a aquéllos de sus ministros elegidos diputados el domingo que asuman sus escaños en la Asamblea.

Por lo tanto, el primer ministro conserva sus prerrogativas en pleno ejercicio y no despacha sólo asuntos del día. Un gobierno dimisionario no podría tomar medidas con impacto presupuestario ni presentar proyectos de ley y, si lo hiciera, sus decisiones podrían ser anuladas por el Consejo de Estado. Francia tiene, por consiguiente, un gobierno con todas las facultades. Claro que sin la fuerza política que le quitaron los comicios.

Mantener las prerrogativas del gobierno de Attal ha sido, por lo tanto, el instrumento elegidopor Macron para asegurarse suficiente margen de maniobra. El jefe del gobierno puede aprobar decretos y Emmanuel Macron puede convocar una reunión del Consejo de Ministros para hacer nombramientos (julio suele ser una época de movimientos) o declarar el estado de emergencia, algo que sería muy complicado con un gobierno dimisionario.

Otra de las alternativas que está explorando  Emmanuel Macron es formar un gobierno de unidad nacional, que incluya a la izquierda, la derecha y el centro, pero excluya a RN y LFI. Sin embargo, los recelos entre los dirigentes de las fuerzas concernidas permiten dudar del éxito de esta iniciativa. Por otra parte, fines, valores y programas de las fuerzas que deberían confluir en este engendro son tan discordantes que el gabinete estallaría ante la primera votación parlamentaria o la primera crisis social. Por ahora, la crisis no tiene solución.

La segunda vuelta de las elecciones legislativas adelantadas en Francia confirmó, en primer lugar, que los pueblos de Europa quieren recuperar su independencia y salirse del autoritarismo en el que una Comisión Europea no elegida por los pueblos decide con ayuda de una inmensa burocracia sobre la vida y la fortuna de 650 millones de europeos. Algunos buscan el camino por la derecha, otros por la izquierda, pero los resultados de las europeas de junio y de esta elección apuntan en esa dirección. 

En segundo lugar, el pueblo francés ha revalidado la vigencia de un espíritu republicano que, aunque actualmente carece de una fuerza política que lo sostenga, resurge cada vez que el autoritarismo pone en peligro las instituciones. 

En tercera instancia, hay que reconocer la funesta habilidad del presidente Emmanuel Macron para sobreponerse a las derrotas e impedir la convergencia de sus adversarios. A pesar del triunfo de la izquierda, logró posicionar segunda a la alianza oficialista, frenar el ascenso de la extrema derecha y colocar en la coalición de izquierda al Partido Socialista, lo que le asegura tener allí un interlocutor dócil capaz de bloquear la arremetida del republicanismo popular de Jean-Luc Mélenchon. 

Con seguridad, el jefe de Estado va a retrasar la formación de gobierno hasta después de los Juegos Olímpicos que, espera, le den nuevo prestigio. Luego conferirá el encargo a sucesivos candidatos que fracasarán uno tras otro por no poder formar mayoría en la Asamblea Nacional, hasta, finalmente, desembocar en un “gobierno técnico” que malgobernará el país hasta que en julio del año próximo se cumpla el plazo prescripto por la Constitución para una nueva disolución del Legislativo y llamado a elecciones.

Claro que este plan de Estado Mayor puede fracasar por el agravamiento de la guerra en Ucrania, por un triunfo de Donald Trump en noviembre que levante en el Atlántico una muralla insalvable, por algún (previsible) escándalo por corrupción o por un nuevo alzamiento popular contra las políticas de ajuste. Quizás entonces el grito de independencia del pueblo francés suba lo suficiente como para llegar a los oídos de la inmensa estatua de Marianne que en la Plaza de la República congrega habitualmente a las manifestaciones de la izquierda y las organizaciones sociales.

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