La geopolítica imperial sigue marcando pautas en detrimento de la paz, con el agravante de que se puedan traspasar las líneas rojas de contención y provocar una confrontación entre grandes potencias.

Autor: Elson Concepción Pérez

Al fin estamos en el umbral de 2022. Pero, ¿cómo ha terminado el 2021 en la arena internacional?

Ya no está Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos (aunque amenaza con volver a ella). Sin embargo, todo sigue igual, o peor, en algunos aspectos, fundamentalmente en lo que respecta a política agresiva, sanciones y prepotencia.

Una pandemia letal ha mostrado la vulnerabilidad del mundo en que vivimos, donde crece la desigualdad y las amenazas de posibles nuevas guerras mantienen en tensión al planeta.

RUSIA Y CHINA, MUROS DE CONTENCIÓN

El lenguaje que prevalece por estos días finales de año es el de las «líneas rojas» en torno a las fronteras de Rusia con Ucrania y los aviones de guerra estadounidenses de última generación que surcan cielos cercanos a China con la consiguiente amenaza de convertir a Taiwán en un escenario de confrontación militar.

El diario El País tituló un reciente artículo Ruido de sables en los mares de China, en el que advierte que la zona del mar del Sur y el Este de China es considerada el escenario más probable de una hipotética guerra entre Estados Unidos y el gigante asiático. Ambas partes flexionan músculos y se envían advertencias en forma de maniobras militares, señala la publicación.

Washington aparece vulnerable ante el empuje de la economía china, que ha ido ganando mercados en regiones en las que siempre fue el comercio estadounidense el predominante. Beijing cuenta, además, con el fomento de su asociación estratégica con Rusia, con un comercio bilateral que ya en 2018 superaba los 100 000 millones de dólares, cifra que se espera duplicar para 2024.

Ambas naciones han rubricado un acuerdo por más de 400 000 millones de dólares para transportar gas natural desde Rusia y otros proyectos conjuntos en el área de la energía nuclear. Moscú también es el mayor proveedor de armas de Beijing, y suministró el 70 % de las importaciones de estos artefactos a China, entre 2014 y 2018.

En cuanto a las «líneas rojas» que Washington y la OTAN pretenden cruzar en la frontera ruso-ucraniana, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha estado advirtiendo a Occidente sobre este inminente peligro.

A mediados de diciembre, Vladímir Putin y Xi Jinping celebraron una cumbre virtual dedicada, casi por completo, al ámbito internacional y los desafíos que enfrentan ambos países –Rusia por las tensiones desde Ucrania, y China por el volátil escenario que Estados Unidos se aferra en crear en la región del Indo-Pacífico y en torno a Taiwán–.

En la citada Cumbre, ambos mandatarios informaron la creación de una infraestructura financiera independiente que dé servicio a las operaciones comerciales entre Rusia y China, que no pueda ser influenciada por terceros países. «Un verdadero ejemplo de cooperación interestatal en el siglo XXI», aseguraron.

En contraposición, en sus últimas declaraciones, el mandatario estadounidense, Joe Biden, ha afirmado que «no acepta líneas rojas de nadie».

Ucrania ha sido el escenario escogido para las provocaciones de la Alianza Atlántica, sin que los propios ucranianos valoren cuán desastroso sería que su país se involucrara en una contienda bélica de grandes proporciones.

Mientras, dignatarios, figuras políticas e instituciones proclives a evitar la confrontación y propiciar el diálogo, lanzan sos por doquier sin que hasta ahora, tanto en Estados Unidos como en la OTAN, hayan tenido oídos receptivos al respecto. 

En medio del evidente peligro, hasta el propio  jefe del Estado Mayor Conjunto del ejército estadounidense, Mark Milley, destacó que «lo último que necesita el mundo es una guerra entre las grandes potencias».

OTROS ESCENARIOS

Alrededor de la República Islámica de Irán también se tensan posibles confrontaciones militares, a partir de la retirada de Estados Unidos del Acuerdo Nuclear con Irán, desafiante acción de Donald Trump que mantiene intacta, como tantas otras, el actual mandatario Joe Biden.

Las fuerzas militares de Teherán han mostrado su capacidad y disposición combativa y se mantienen alertas ante cualquier agresión de Estados Unidos o Israel, o de ambos.

En este mismo contexto geopolítico, Siria sigue con parte de su territorio ocupado por fuerzas militares estadounidenses que, además de la violación que eso significa, roban hasta el 80 % de su petróleo y el trigo de la nación árabe y sirven de garantía para que los grupos terroristas del Estado Islámico y otros, sigan desestabilizando a la nación árabe y a otros países de la región.

Irak continúa con la presencia de bases militares y medios de guerra estadounidenses en su suelo, aun cuando el Parlamento de ese país decidió hace más de un año, que todas las fuerzas militares norteamericanas debían abandonar de inmediato su territorio.

Libia sigue sin encontrar el rumbo que la había llevado a ser la nación con más desarrollo social y económico del África occidental, cuando en 2011 Washington y la OTAN la atacaron militarmente. No solo asesinaron al entonces presidente Muamar el Gadafi, sino que dejaron un país dividido en dos, sin gobierno central y con centro de mafias para el tráfico humano de inmigrantes hacia Europa, entre otros aspectos. Diez años después, Libia es más pobre, sus recursos minerales son saqueados y su pueblo sufre a diario las consecuencias de la agresión militar estadounidense.

LA SALIDA DE AFGANISTÁN

Por último, me referiré a la atropellada salida de las tropas de Estados Unidos que por 20 años invadieron y ocuparon Afganistán y que en este 2021 tuvieron que abandonar el país, en lo que no deja de ser una humillante derrota para los gobiernos estadounidenses que invirtieron 1,5 billones de dólares para derrotar a los talibanes, y ahora han dejado a la nación asiática bajo el control de esas fuerzas, antes consideradas terroristas por las administraciones yanquis.

Joe Biden, en una de sus maniobras políticas, quiso, con el abandono de Afganistán, levantar la confianza de sus votantes con vistas a las elecciones de medio término programadas para noviembre de 2022. Algo que está por ver si lo logra. 

Lo que no pueden negar ni Biden ni sus estrategas militares es que han dejado en Afganistán a un país con mayor pobreza, inestable, y con millones de sus hijos abandonando su nación: o se desplazaron durante los 20 años de intervención estadounidense o lo hacen ahora con el retorno de los talibanes al poder.

Así concluye 2021, la geopolítica imperial sigue marcando pautas en detrimento de la paz, con el agravante de que se puedan traspasar las líneas rojas de contención y provocar una confrontación entre grandes potencias.

Fuente Gramma

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