Por Lorenzo Carrasco y Geraldo Luís Lino -Autorizan su publicacion para Dossier Geopolitico

MSIa Informa, 20 de agosto de 2021.- Las imágenes de helicópteros que despegaban de la embajada de Estados Unidos y el caos imperante en el aeropuerto de la capital afgana, Kabul, el fin de semana del 14 y 15 de agosto, con centenares de personas desesperada aplastadas, pisoteadas y moribundas que intentaban abordar alguno de los últimos aviones que dejaban el país, no pueden dejar de evocar otra fuga precipitada,-diferente pero al fin una fuga- la de Saigón de 1975, ante el avance inexorable del ejército norvietnamita sobre la capital del entonces Vietnam del Sur.

En una demostración de la persistencia y del profundo efecto negativo de aquella fuga en la psique estadounidense, el secretario de Estado estadounidense, Anthony Blinken, protestó en una entrevista a la red CNN que “Eso no es Saigón. Fuimos a Afganistán hace 20 años con una misión, y esa misión era lidiar con las personas que nos atacaron el 11 de septiembre. Y tuvimos éxito en esa misión” (El Estado de São. Paulo, 16/08/2021).

Para calificar la desastrosa ocupación militar de Afganistán por Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su retirada despavorida ante el Talibán, éxito es una palabra un tanto cuanto cuestionable. A menos que se refiera a las colosales ganancias del “complejo de seguridad nacional” estadounidense, que se apropió de gran parte de los dos billones de dólares gastados oficialmente en la “misión” afgana. Y sin mencionar que el país ha vuelto a ser el mayor productor mundial de opio (cultivo que anteriormente había sido casi erradicado por el Talibán), con la “protección” de las tropas extranjeras.

Uno de los primeros en evadirse fuel el ahora expresidente Ashaf Ghani, quien huyó con algunos asesores y, según información local, con una enorme cantidad de dinero. Ghani es un tecnócrata del Banco Mundial poseedor de un doctorado de la Universidad de Columbia (EEUUAA) e, irónicamente, autor de un libro titulado Concertando estados fallidos.

Por otro lado, si la fuga de Saigón resaltó el límite de la capacidad militar ante la de un oponente determinado y con un claro objetivo de liberación nacional, además de la fuerte oposición interna a la guerra de Vietnam, la de Kabul, compartida con los últimos aliados de Estados Unidos en Afganistán, el Reino Unido y Alemania, simboliza algo más profundo: el fracaso del orden hegemónico que Estados Unidos se empeñó en poner en práctica en el periodo de la postguerra Fría con el uso de la OTAN como su gendarmería.

En Afganistán, nada menos que 30 países, entre ellos varios que no forman parte de la Alianza atlántica -Georgia, Australia, Nueva Zelanda, Finlandia, Jordania y Corea del Sur- se unieron a la lista de los casi 3.600 militares muertos de las fuerzas invasoras de Afganistán en las casi dos décadas de la ocupación (en la que no se incluyen los mercenarios, cuyo número de bajas es incierto).

Con una honestidad poco común entre los gobernantes occidentales, el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, admitió: “Las imágenes de desesperación del aeropuerto de Kabul son vergonzosas para el Occidente político. En estos días, estamos viviendo una tragedia humana, de la cual compartimos responsabilidad… (Esto es) un punto político de no retorno que nos sacudirá y cambiará el mundo” (RT, 17/08/2021).

Por ironía, la salida de las tropas soviéticas de Afganistán, en 1988, luego de 10 años de otro conflicto fracasado, también fue una precursora de la disolución de la Unión Soviética, ocurrida tres años después, ocasionada por la inestabilidad intrínseca de una estructura política, económica y cultural insostenible -que, además, guarda no pocas similitudes con la estructura hegemónica encabezada por Estados Unidos-. En un comentario hecho en el ámbito del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, el 5 de junio, el presidente ruso, Vladimir Putin, hizo un casi profético comentario al respecto:

“Yo les diré, como ciudadano de la antigua Unión Soviética ¿Cuál es el problema de los imperios? Se creen tan poderosos que se pueden dar el lujo de cometer pequeños errores y omisiones. Que pueden comprar a algunos, amedrentar a otros, hacer acuerdos con terceros, dar regalos a otros, amenazar con navíos de guerra. Piensan que eso resolverá sus problemas. Pero la cantidad de problemas está creciendo. Llega el momento en el que ya no consiguen lidiar con ellos. Estados Unidos está, a paso seguro, a paso firme, siguiendo claramente el camino de la Unión Soviética” (Sputnik Brasil, 05/06/2021).

En medio de aquel ambiente de triunfalismo de finales de los años ochenta, cuando el presidente George H.W. Bush (1989-1993) proclamó el “Nuevo orden mundial”, el politólogo Francis Fukuyama presentó la falaz tesis del “fin de la Historia”, sobre la supuesta supremacía de la “democracia liberal” occidental elevadala forma final de organización política y económica de la humanidad. Concepto hegeliano que el establishment estadounidense, imbuido en su fundamentalismo “excepcionalista”, en las décadas siguientes, se empeñaría en extender para justificar buena parte de sus intervenciones en países recalcitrantes.

La promoción de la “democracia” al lado de la “guerra al terrorismo” -iniciada precisamente en Afganistán- y de la “responsabilidad de proteger” poblaciones supuestamente amenazadas por sus líderes nacionales, en la antigua Yugoeslavia, Irak, Libia, Siria, Yemen y Somalia, además de numerosas intervenciones encubiertas en países y regiones en campos de influencia de Rusia y de China, es el caso de Ucrania, Georgia, Bielorrusia, Hong Kong y demás. La mayoría con resultados desastrosos para las respectivas poblaciones.

Sin embargo, a pesar de las expectativas de Fukuyama et alii, la marcha de la Historia no detuvo su avance, y el agotamiento de la capacidad estadounidense de imponer sus designios manu militari, que ya se vislumbraba en el ataque a Irak y Siria y que fue explícito en Afganistán, es uno de los marcos del cambio de época en curso, resaltado por la aparición del eje euroasiático encabezado por la dupla China-Rusia, con un nuevo centro de gravedad geoeconómico y geopolítico mundial.

No cabe duda de que el aparato de espionaje y otros sectores del “complejo de seguridad nacional” con pleno conocimiento de que la retirada de Afganistán significaría el regreso inmediato del Talibán, tuvieron a su disposición meses para planear la retirada ordenada de sus fuerzas e, inclusive, de gran parte del equipamiento militar, además de prepararse para la inevitable ola de fugitivos. Pero, a pesar de ello, prefirieron aferrarse en público a la mentira de que el corrupto e impopular gobierno de Ghani tendría condiciones para mantenerse, incluso con una imaginaria coalición con el Talibán. No se puede descartar la posibilidad de que, ante lo inevitable de su salida, Estados Unidos haya decidido dejar una bomba de relojería de inestabilidad en el corazón de Asia Central. Pero la celeridad de la fuga de Kabul sólo agravó la humillación de la retirada, prácticamente, con los pantalones en la mano, dice el vulgo.

Ahora bien, China y Rusia están articuladas para impedir que Afganistán se convierta en un foco de inestabilidad en una región crucial para la integración físico-económica euroasiática. Una señal de los nuevos tiempos fue que el secretario de Estados Blinken haya conversado por teléfono con sus colegas rusos, Serguéi Lavrov, y chino, Wang Yi, el lunes 16 de agosto, luego de que Moscú y Pequín hubieran manifestado su intención no sólo de mantener a sus diplomáticos en Kabul, sino también entablar conversaciones constructivas con el Talibán; China reconociendo el nuevo gobierno.

La intención evidente es ofrecer condiciones para el desarrollo al régimen Talibán, entrelazando su destino a la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) de la que Afganistán ya es miembro observador y que acaba de elevar a Irán, otro vecino de Afganistán, a la calidad de miembro permanente. Es simbólico que la entidad, cuyos motores propulsores son China y Rusia, venga a encarnar en la región el principio cooperativo y no hegemónico de un nuevo ordenamiento internacional.

Para Estados Unidos sería deseable que las lecciones de la fuga de Kabul convenciesen a sus élites dirigentes que sus aspiraciones hegemónicas son insostenibles y que las cambiasen por un plan constructivo convergente con el orden cooperativo que emerge en Eurasia, el cual no podrá consolidarse todavía plenamente sin el equilibrio económico mundial apoyado en la reindustrialización y en el desarrollo de la región euroatlántica, con la participación efectiva de Estados Unidos y de sus aliados. Sólo el tiempo, sin embargo, dirá si tales grupos de poder, viciados por imponer sus intereses con misiles, bombas, balas y montañas de dólares, aceptarán normas de conducta más cercanas a las aspiraciones civilizatorias de toda la humanidad. O, en otras palabras, con el “reinicio” de la Historia.

FUENTE: https://msiainforma.org/es/espanol-la-fuga-de-kabul-y-el-reinicio-de-la-historia/

La toma del poder por parte de los talibanes en Afganistán y la vergonzosa huida de los estadounidenses y sus aliados requieren un estudio más amplio de los cambios fundamentales en la geopolítica mundial. Afganistán ha sido un indicador de estos cambios en los últimos 50 años. A él se asociaron las fracturas en la arquitectura global del mundo. Por supuesto, no fue la causa de las transformaciones geoestratégicas, sino más bien una pantalla en la que se reflejaron, más claramente que en ningún otro lugar, los cambios fundamentales del orden mundial. 

El fundamentalismo islámico en un mundo bipolar

Empecemos por la Guerra Fría y el papel del factor del fundamentalismo islámico (principalmente suní, salafí) allí. El fundamentalismo suní (tanto el wahabismo como otras formas paralelas de islamismo radical -prohibido en la Federación Rusa-), en contraste con el chií, más complejo y controvertido geopolíticamente, sirvió a Occidente para oponerse a los regímenes de izquierda, socialistas o nacionalistas seculares, y casi siempre pro-soviéticos. Como fenómeno geopolítico, el fundamentalismo islámico formaba parte de la estrategia atlantista, trabajando para el Poder Marítimo contra la URSS como un puesto de avanzada del Poder Terrestre. 

Afganistán fue un eslabón de esta estrategia geopolítica. La rama afgana del radicalismo islámico saltó a la palestra tras la invasión soviética de Afganistán en 1979. Para entonces, ya había estallado una guerra civil en Afganistán, en la que Occidente y sus entonces aliados incondicionales -Pakistán y Arabia Saudí- apoyaban sólo a los radicales islámicos contra las fuerzas seculares moderadas inclinadas a una alianza con Moscú. Allí no había verdaderos liberales ni comunistas, pero sí un enfrentamiento entre Occidente y Oriente. Fueron los fundamentalistas islámicos quienes hablaron en nombre de Occidente.

Cuando las tropas soviéticas entraron en Afganistán, Occidente se mostró aún más activo en el apoyo a los radicales islámicos contra los «ocupantes ateos». La CIA llevó a Osama bin Laden y a Al-Qaeda (una organización prohibida en la Federación Rusa) a Afganistán, y Zbigniew Brzezinski los animó abiertamente a luchar contra los comunistas. 

Aplazamos este período de los años 80 en la línea de tiempo geopolítica:  Afganistán en los 80 era un campo de confrontación entre dos polos. Los líderes seculares se apoyaban en Moscú, los muyahidines en Washington.

La retirada de las tropas soviéticas de Afganistán por parte de Gorbachov significó el fin de la Guerra Fría y la derrota de la URSS. La toma de Kabul por las facciones rivales de los muyahidines y la ejecución del presidente Najibullah en 1996 -a pesar del caos y la anarquía- significó una victoria para Occidente. La derrota en la guerra de Afganistán no fue la razón del colapso de la URSS. Pero fue un síntoma del fin del orden mundial bipolar. 

Radicales islámicos en un mundo unipolar: innecesarios y peligrosos

La segunda década geopolítica en nuestra línea de tiempo corresponde a los años 90. En esta época se establece un orden mundial unipolar o momento unipolar (C. Krauthammer). La URSS se está desintegrando y las fuerzas islamistas intentan actuar activamente en las antiguas repúblicas soviéticas, principalmente en Tayikistán y Uzbekistán. La Federación Rusa también se está convirtiendo en una zona de guerra para los radicales islámicos pro-estadounidenses. En primer lugar, esto afecta a Chechenia y al Cáucaso Norte. Occidente sigue utilizando a sus aliados para atacar el polo euroasiático. En un mundo unipolar, Occidente -ahora el único polo- acaba (como parecía entonces, de forma irreversible) con un adversario derrotado por viejos medios.

En el propio Afganistán, en los años 90, comienza el ascenso de los talibán (organización prohibida en la Federación Rusa). No sólo es una de las direcciones del fundamentalismo, sino que es la fuerza que une al mayor grupo étnico de Afganistán: las tribus nómadas pastunes, descendientes de los nómadas indoeuropeos de Eurasia. Su ideología es una de las áreas del salafismo, cercana al wahabismo y a Al Qaeda (organizaciones prohibidas en la Federación Rusa). A los talibanes (organización prohibida en la Federación Rusa) se oponen otras fuerzas -principalmente suníes, pero étnicamente excelentes- indoeuropeas, tayikas y uzbekas túrquicas, así como un pueblo mixto de habla iraní: los hazaras que profesan el chiismo. Los talibanes (una organización prohibida en la Federación Rusa) avanzan, sus oponentes -principalmente la Alianza del Norte- retroceden. Los estadounidenses apoyan a ambos, pero la Alianza del Norte busca el apoyo pragmático de los enemigos de ayer: los rusos.

En 1996, los talibán (organización prohibida en la Federación Rusa) tomaron Kabul. Estados Unidos intenta mejorar las relaciones con los talibán (organización prohibida en la Federación Rusa) y concluir un acuerdo sobre la construcción del oleoducto transafgano.

Durante los años 90, Rusia, el antiguo polo opuesto a Occidente en un mundo bipolar, se debilita constantemente, y en las condiciones de la creciente unipolaridad, el islamismo radical, alimentado por Occidente, se convierte en una carga desagradable para él, cada vez menos relevante en las nuevas condiciones. Sin embargo, la inercia del fundamentalismo islámico es tan grande que no va a desaparecer a la primera orden de Washington. Además, sus éxitos están obligando a los dirigentes de los países islámicos a emprender el camino de la política independiente. En ausencia de la URSS, los fundamentalistas islámicos comienzan a percibirse a sí mismos como una fuerza independiente y, en ausencia de un viejo enemigo (los regímenes de izquierda pro-soviéticos), dirigen su agresión contra su amo de ayer. 

Rebelión contra el amo

La segunda década de nuestra línea de tiempo termina el 9 de septiembre de 2001, con un ataque terrorista en Nueva York y el Pentágono. La responsabilidad recae en Al-Qaeda (organización prohibida en la Federación Rusa), cuyo líder está en manos de los talibán (organización prohibida en la Federación Rusa) en Afganistán. Una vez más, Afganistán resulta ser un monitor de un cambio radical en el orden mundial. Pero ahora el polo unipolar tiene un enemigo extraterritorial que es el fundamentalismo islámico, que teóricamente puede estar en todas partes, y por lo tanto, Estados Unidos, como único polo, tiene todas las razones para llevar a cabo un acto de intervención directa contra este enemigo omnipresente y no fijo en ninguna parte. Para ello, Occidente no necesita pedir permiso a nadie más. Rusia, en ese momento, sigue estando bajo un malentendido débil y desintegrador. 

A partir de este momento, los neoconservadores estadounidenses han declarado al fundamentalismo islámico -ayer aliado de Occidente- como su principal enemigo. Una consecuencia directa de esto es:

§  la invasión de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán (con el pretexto de capturar a Osama bin Laden y castigar a los talibanes que le daban cobijo, una organización prohibida en la Federación Rusa),

§  la guerra de Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein,

§  la aparición del proyecto del «Gran Oriente Medio», que supone la desestabilización de toda la región con la alteración de las fronteras y las zonas de influencia.

Entonces, Rusia no impide la invasión estadounidense de Afganistán. 

Así comienza la historia de los veinte años de presencia de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en Afganistán, que terminaron ayer. 

Afganistán y el declive del Imperio

¿Qué ha pasado en estos 20 años en el mundo y en su espejo afgano? Durante este tiempo, el mundo unipolar, si no se derrumbó, al menos entró en la fase de desintegración acelerada. Bajo el mandato de Putin, Rusia reforzó tanto su soberanía que hizo frente a las amenazas internas de separatismo y desestabilización y volvió como una fuerza independiente a la arena mundial (incluyendo Oriente Medio – Siria, Libia y, en parte, Irak). 

China, que parecía completamente absorbida por la globalización, ha demostrado ser un jugador extremadamente hábil y, paso a paso, se ha convertido en una gigantesca potencia económica con su propia agenda. La China de Xi Jiangping es un imperio chino restaurado, no una periferia asiática de Occidente controlada desde el exterior (como podía parecer en los años 90). 

En esta época, el estatus del fundamentalismo islámico también cambió. Estados Unidos lo utilizó cada vez con menos frecuencia contra sus oponentes regionales (aunque a veces -en Siria, Libia, etc.- lo siguieron utilizando), y cada vez con más frecuencia el antiamericanismo pasó a primer plano entre los propios fundamentalistas. De hecho, Rusia ha dejado de ser un baluarte de la ideología comunista atea y se adhiere más bien a los valores conservadores, mientras que Estados Unidos y Occidente siguen insistiendo en el liberalismo, el individualismo y el LGBT+, haciendo de ello la base de su ideología. Irán y Turquía se han acercado a Moscú en muchas cuestiones. Pakistán ha forjado una estrecha asociación con China. Y a ninguno de ellos le interesa ya la presencia estadounidense, ni en Oriente Medio ni en Asia Central.  

La victoria completa de los talibán (organización prohibida en la Federación Rusa) y la huida de los estadounidenses significa el fin del mundo unipolar y de la Pax Americana. Al igual que en 1989, la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán significó el fin del mundo bipolar.  

Controlar el futuro

¿Qué pasará en Afganistán en la próxima década? Esto es lo más interesante. En una configuración unipolar, Estados Unidos no mantuvo el control sobre este territorio geopolítico clave. Este es un hecho irreversible. Mucho depende ahora de si se inicia una reacción en cadena de desintegración de Estados Unidos y la OTAN, similar al colapso del bloque socialista, o si Estados Unidos seguirá conservando un potencial crítico de poder para seguir siendo, si no el único, al menos el primer actor a escala mundial. 

Si Occidente se derrumba, entonces viviremos en un mundo diferente, cuyos parámetros son difíciles incluso de imaginar, por no hablar de las previsiones. Si se derrumba, entonces lo pensaremos. Lo más probable es que no se derrumbe hasta ahora (aunque quién sabe: Afganistán es un espejo de la geopolítica, y no miente). Pero partiremos del hecho de que, por el momento, Estados Unidos y la OTAN siguen siendo las autoridades clave, pero ya en condiciones nuevas, de hecho, multipolares.

En este caso, sólo tienen una estrategia en Afganistán. La que se describe con bastante realismo en la última (8ª) temporada de la serie de espionaje estadounidense «Homeland». Allí, según el escenario, los talibán (una organización prohibida en la Federación Rusa) se acercan a Kabul, y el gobierno títere pro-estadounidense huye. Frente a los paranoicos y arrogantes imperialistas neoconservadores de Washington, el representante del realismo en las Relaciones Internacionales (el doble cinematográfico de Henry Kissinger), Saul Berenson, insiste en negociar con los talibanes (una organización prohibida en la Federación Rusa) e intentar reconducirlos de nuevo contra Rusia. Es decir, lo único que le queda a Washington es volver a la vieja estrategia que se ensayó en las condiciones de la Guerra Fría. Si es imposible derrotar al fundamentalismo islámico, hay que dirigirlo contra sus oponentes, nuevos y a la vez viejos. Y sobre todo contra Rusia y el espacio euroasiático.

Este será el problema afgano en la próxima década.

Afganistán: un reto para Rusia

¿Qué debe hacer Rusia? Desde el punto de vista geopolítico, la conclusión es inequívoca: lo principal es no permitir que el plan estadounidense (razonable y lógico para ellos y para intentar mantener su hegemonía) se haga realidad. Para ello, por supuesto, es necesario establecer relaciones con ese Afganistán que está a punto de establecerse. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ya ha dado los primeros pasos en las negociaciones con los talibán (una organización prohibida en la Federación Rusa). Y esta es una medida muy inteligente.

Además, es necesario intensificar la política en Asia Central, apoyándose en otros centros de poder que buscan aumentar su soberanía.

Se trata principalmente de China, que está interesada en la multipolaridad y especialmente en el espacio afgano, que forma parte del territorio del proyecto «One Road – One Belt«. 

Además, es muy importante acercar nuestras posiciones a Pakistán, que cada día es más anti-estadounidense. 

Irán, debido a su proximidad e influencia sobre los jorasanos (y no sólo), puede desempeñar un papel importante en la solución afgana. 

Sin duda, Rusia debe proteger e integrar aún más a Tayikistán, Uzbekistán y Kirguistán en los planes militares-estratégicos de sus aliados, así como a Turkmenistán, que se encuentra en un letargo geopolítico. 

Si los talibanes no expulsan con dureza a los turcos en virtud de su participación en la OTAN, habría que establecer consultas con Ankara.

Y, quizás lo más importante, es convencer a los países del Golfo, y sobre todo a Arabia Saudí y a Egipto, de que se nieguen a desempeñar de nuevo el papel de instrumento sumiso en manos del imperio estadounidense, que tiende a declinar. 

Por supuesto, es deseable amortiguar el ruido semántico de los agentes extranjeros abiertos y encubiertos en la propia Rusia, que ahora comenzarán a cumplir la orden estadounidense de diferentes maneras. Su esencia es bloquear la aplicación por parte de Moscú de una estrategia geopolítica eficaz en Afganistán y perturbar (o al menos posponer indefinidamente) la creación de un mundo multipolar.

En un futuro próximo veremos la imagen del futuro y las principales características del nuevo orden mundial. Y de nuevo todo está en el mismo lugar: en Afganistán.

FUENTE: https://www.geopolitica.ru/es/article/afganistan-una-cronologia-tiempo-geopolitica

La desordenada salida de Biden de Afganistán le ha dado a China una oportunidad de oro para retratar a Estados Unidos como un aliado poco confiable y poco confiable. Por RICHARD JAVAD HEYDARIAN* Asia Times

MANILA – En su deseo declarado de poner fin a las «guerras para siempre» de Estados Unidos y, en consecuencia, reenfocar la política exterior del país más directamente en China, el presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, siguió adelante con una salida apresurada de Afganistán.

Convencido de que Estados Unidos ha hecho más que suficiente con su parte de responsabilidad al gastar billones de dólares en la construcción de la nación en Afganistán, Biden resistió o ignoró repetidamente las advertencias de sus principales funcionarios de defensa sobre un colapso precipitado a favor de las fuerzas talibanes.

Pero la salida » dura y complicada» y la victoria sin fisuras de las fuerzas talibanes han provocado conmociones en todo el mundo, amenazando con socavar la credibilidad de Estados Unidos y planteando dudas sobre sus compromisos a largo plazo con aliados en otros lugares, especialmente en Asia.

En muchos sentidos, puede haber socavado cualquier capital diplomático generado por la reciente visita de «tranquilidad» del secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, a los aliados en el sudeste asiático, a saber, Singapur, Vietnam y Filipinas.

El espectacular fracaso de la administración Biden para predecir la gran velocidad del colapso del gobierno afgano ya ha sido calificado como uno de los mayores fracasos de inteligencia en décadas. Imágenes de helicópteros estadounidenses que rescatan a diplomáticos y residentes desesperadamente varados en Kabul han revivido los oscuros recuerdos de la «Caída de Saigón» en 1975.

Como era de esperar, China y sus representantes regionales están tratando de explotar la debacle para presentar a Estados Unidos como un aliado poco confiable y poco confiable, que se apresura a intervenir en las naciones solo para repudiarlas en su mayor momento de necesidad.

Desde que llegó al poder a principios de este año, la administración Biden ha dejado en claro que confrontar y competir con China es su principal prioridad estratégica. «Estamos en una competencia con China para ganar el siglo XXI», declaró Biden durante su primer discurso antes de la sesión conjunta del Congreso en abril.

Al declarar que «Estados Unidos está en movimiento nuevamente», Biden advirtió que su país se encuentra «en un gran punto de inflexión en la historia» y, por lo tanto, necesita «competir más enérgicamente que nosotros» en las últimas décadas.

Desde entonces, Biden ha enviado a sus principales adjuntos, el secretario de Estado Antony Blinken y el secretario de Defensa Austin a lo largo de Asia y Europa para movilizar una contra-coalición contra una China resurgente.

Voto de Biden a doblar en su compromiso estratégico con el Indo-Pacífico a través de “una fuerte presencia militar” tiene la mano se ha ido de la mano con la desconexión del Gran Oriente Medio, incluyendo Afganistán.

Bajo su supervisión, Washington ha cesado su apoyo a la guerra liderada por Arabia Saudita en Yemen, ha reactivado las conversaciones nucleares para evitar la confrontación con Irán y, lo que es más dramático, ha acelerado la salida de las tropas estadounidenses de Afganistán.

En muchos sentidos, la administración Biden comenzó a cumplir con lo que el ex presidente Barack Obama trató de lograr bajo su política de “giro hacia Asia”. También abrazó reenfoque de la ex administración del triunfo en la “rivalidad entre grandes potencias”, especialmente con China, como el lugar de la política exterior de Estados Unidos en el 21 st siglo.

“Estados Unidos envió a sus mejores hombres y mujeres jóvenes, invirtió casi $ 1 billón de dólares, entrenó a más de 300,000 soldados y policías afganos, los equipó con equipo militar de última generación y mantuvo su fuerza aérea como parte de la guerra más larga en Historia de Estados Unidos ”, dijo Biden en un comunicado en medio de crecientes críticas a su apresurada retirada del país después de una guerra de 20 años.

Al advertir sobre el avance de la misión, Biden enfatizó que el objetivo principal del país en Afganistán no era la construcción de una nación per se, sino «derrotar a las fuerzas que atacaron a este país», un objetivo que se logró después de «la muerte de Osama bin Laden durante más de una década». hace y la degradación de al-Qaeda «.

Pero aunque las intenciones estratégicas de Biden fueron bien recibidas en el país y en el extranjero, los expertos y observadores internacionales han visto en gran medida la forma y el momento de la retirada como una «salida sin estrategia». El primer gran golpe fue a la credibilidad de Estados Unidos, y las agencias de inteligencia estadounidenses sostuvieron que el gobierno afgano en Kabul podría durar al menos tres a seis meses después de la retirada de las tropas estadounidenses.

El mes pasado, Biden afirmó con confianza : «Es muy poco probable que los talibanes se apoderen de todo y sean dueños de todo el país».

Consciente de la debacle de la «Caída de Saigón» en 1975, cuando las fuerzas comunistas invadieron el régimen de Vietnam del Sur respaldado por Estados Unidos, Biden sostuvo categóricamente «No habrá ninguna circunstancia en la que veas a gente ser levantada del techo de una embajada de los Estados Unidos». en Afganistán «.

Sin embargo, las garantías de la administración Biden terminaron como «un fallo de inteligencia del más alto nivel», según el experto en contrainsurgencia Bill Roggio de la Fundación para la Defensa de las Democracias en Washington DC.

Como tal, las estimaciones de la inteligencia estadounidense probablemente se recibirán con mayor escepticismo en otros lugares en el futuro. Esto incluye reiteradas garantías por parte de funcionarios estadounidenses de que los talibanes no renovarán sus antiguos lazos con otros grupos extremistas en el corto plazo.

Pero entre los países del sudeste asiático que enfrentan el extremismo religioso en casa, de manera más dramática en el caso de Filipinas, Indonesia y Tailandia, existe una profunda preocupación de que Afganistán se convierta una vez más en un caldo de cultivo y entrenamiento para terroristas transnacionales.

Más allá de la credibilidad operativa y de inteligencia de Estados Unidos, la debacle en Afganistán también ha fortalecido la voz de los sinófilos y los escépticos de Estados Unidos en toda Asia.

“Deberían decir anteayer, Vietnam, ayer, Taiwán y hoy, Afganistán. ¿No fue la isla abandonada por Estados Unidos en 1979? El experto taiwanés Chang Ching dijo al periódico The Global Times, respaldado por el estado de China.

Por su parte, Li Haidong, profesor del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Asuntos Exteriores de China, dijo al periódico nacionalista : «La acción de huida de Estados Unidos es una advertencia para los secesionistas de Taiwán, o más bien, un pronóstico [de lo que sucederá en el futuro] «. 

En países del sudeste asiático como Filipinas, la crisis en Afganistán solo profundizará la brecha de credibilidad de Washington. También empoderará a las élites favorables a Beijing, como el presidente populista Rodrigo Duterte, quien ha cuestionado constantemente la credibilidad estadounidense durante su mandato mientras giraba hacia China.

Aunque Estados Unidos sigue siendo muy popular entre los filipinos, su fiabilidad se ha cuestionado cada vez más en los últimos años. En una encuesta autorizada de Pulse Asia, casi la mitad de los filipinos  estaban indecisos (33%) o en desacuerdo (17%) cuando se les preguntó si la alianza del país con Estados Unidos había sido «beneficiosa para Filipinas».

Hasta el 47% de los filipinos apoyó la iniciativa de Duterte de mejorar las relaciones con China y Rusia a expensas de Estados Unidos.

Las dudas sobre el compromiso estadounidense con Filipinas pueden explicar por qué una encuesta del Pew Research Center mostró que la mayoría de los filipinos (67%) prefieren lazos económicos más cálidos con China en lugar de la confrontación.

Las escenas de pánico y desesperación en Kabul, con diplomáticos filipinos y trabajadores en el extranjero que luchan por escapar de las fuerzas talibanes que se acercan, solo han profundizado el escepticismo frente a la credibilidad estadounidense como aliado. Las autoridades filipinas, incluido el ejército, están monitoreando de cerca la situación a fin de determinar planes de contingencia para evacuar a 130 filipinos en el extranjero que aún se encuentran varados en el país.

El año pasado, la Armada de Filipinas desplegó dos de sus buques para evacuar a los filipinos varados en Irak y Libia en medio de crecientes tensiones en la región.

Como dijo un alto funcionario filipino a Asia Times, «¿Se ha convertido en un hábito, o es solo que ellos [los estadounidenses] no se preocupan por sus aliados?», Citando sus preocupaciones sobre el destino de los funcionarios alineados con Estados Unidos en Kabul.

De hecho, muchos filipinos de todo el espectro político han invocado la propia historia trágica del país, cuando Estados Unidos entregó rápidamente la independencia formal a Filipinas tras la devastación masiva del país tras la Batalla de Manila contra el Japón imperial.

En su último discurso nacional, el presidente filipino Duterte subió la apuesta, buscando una mayor seguridad del apoyo de Estados Unidos al exigir nuevos lotes de vacunas Covid-19. Según las estadísticas de la Casa Blanca de EE. UU., Filipinas ya ha recibido más de 6 millones de vacunas fabricadas en EE. UU., Lo que la convierte en el segundo receptor más grande del mundo.

El plan de retirada de Biden en Afganistán fue impulsado en gran medida por su objetivo de reenfocar los recursos estratégicos de Estados Unidos en China. Pero su mala ejecución ha socavado objetivos estratégicos más amplios.

Como advirtió en Twitter el influyente estratega estadounidense Walter Russell Mead: “No escucharás a nadie que diga esta mañana: ‘Confía en los estadounidenses. Ellos saben lo que están haciendo ‘”.

RICHARD JAVAD HEYDARIAN*:

Richard Javad Heydarian es un académico de Manila, que ha enseñado ciencias políticas en la Universidad Ateneo De Manila y la Universidad De La Salle, Filipinas. Es colaborador habitual del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) y del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR).

FUENTE: https://asiatimes.com/2021/08/afghan-debacle-dims-us-credibility-across-asia/?mc_cid=0b314f516b&mc_eid=3ab8a50a07


[De nuestro colaborador el Periodista Denis Korkodinov desde Rusia especial para Dossier Geopolitico]

En el período del 2 al 4 de septiembre de 2021, el VI Foro Económico Oriental se llevará a cabo en la ciudad rusa de Vladivostok, organizado por iniciativa del presidente ruso Vladimir Putin. Por primera vez debido a la pandemia COVID-19, el Foro se realizará en un formato híbrido, por lo que la participación de personas invitadas se realizará tanto en tiempo completo como en ausencia. Una característica distintiva del foro será la organización de puentes de televisión interactivos con Seúl, Shanghai y Tokio. La agenda del foro es el desarrollo de la cooperación internacional, que ha sido declarada el imperativo central de la política exterior de Rusia.

La celebración del VI Foro Económico Oriental es un resultado natural del reconocimiento, desde hace mucho tiempo, de la exclusividad de los esfuerzos rusos en la interacción estratégica con los países de Oriente Medio y el mundo entero, sin olvidar su importancia para el compromiso de Moscú de mantener estabilidad regional, que es garantía de desarrollo armónico. En este sentido, el foro anunciado es una excelente ilustración de la combinación del enfoque de la política exterior rusa con acciones constructivas concretas de Moscú para fortalecer y modernizar su «círculo de amigos» en la arena internacional.

Además de definir un nuevo marco estratégico para la interacción, el VI Foro Económico Oriental tiene como objetivo convertirse en la base del diálogo interestatal dentro de los paradigmas políticos y económicos existentes y desarrollar una hoja de ruta para apoyar las acciones de Rusia en Oriente Medio, Asia, Europa y África. continente. Este proceso está asociado a la preparación de resultados específicos del próximo foro, que pretende convertirse en un nuevo hito en el posicionamiento ruso.

Funcionarios rusos y políticos de alto rango ya asumieron la responsabilidad de albergar el VI Foro Económico Oriental en Vladivostok. El consejero del presidente de la Federación de Rusia, el secretario ejecutivo del Comité Organizador del Foro, Anton Kobyakov, anunció las grandes esperanzas que tiene el Kremlin de Rusia en la organización de un evento internacional. Yuri Trutnev, representante del presidente de Rusia en el Distrito Federal del Lejano Oriente, a su vez, destacó que la principal tarea del VI Foro Económico Oriental es atraer inversores y obtener retroalimentación de las empresas. El rector de la Universidad Federal del Lejano Oriente de Rusia, Nikita Anisimov, que se reunirá con los principales delegados del foro, señaló la gran necesidad de la comunidad internacional de desarrollar relaciones constructivas con Rusia.

El boom presentado de la actividad informativa de los representantes del establishment ruso se lleva a cabo en paralelo con un boom de interés en el VI Foro Económico Oriental por parte de los expertos internacionales. Así, el editor de la Televisión Central de China (CCTV) Thomas Pauken II señaló que Rusia continúa a la vanguardia de la política y la economía mundial, y también se esfuerza por construir relaciones constructivas con todos los países, como lo demuestra el VI Foro Económico Oriental. La corresponsal libanesa, directora del Instituto para el Desarrollo del Concepto del Futuro en Beirut, Ornella Sukkar, confirmó que el VI Foro Económico del Este es una oportunidad única para construir lazos comerciales con Moscú y definir los contornos del trabajo conjunto en la arena internacional. . El exjefe del Departamento de Relaciones con los Medios del Ministerio de Información de la República Árabe Siria, Abdullah Ahmad, dio la bienvenida a todos los posibles participantes en el VI Foro Económico Oriental, que atrajo la atención no solo de los países de Oriente Medio y Siria, en particular , pero el mundo entero.

El actual revuelo provocado por el VI Foro Económico Oriental atestigua la convicción de la mayoría de los países de la comunidad mundial en una simple verdad: Rusia sigue actuando como un sujeto en consolidación de la geopolítica y la geoeconomía. Durante mucho tiempo, Moscú ha estado trabajando sistemáticamente para crear un «club de amigos» internacional y considera la cooperación como la principal prioridad de su política exterior.

En este sentido, el VI Foro Económico Oriental enfrenta una tarea colosal: modernizar las alianzas y asociaciones regionales para fortalecer la posición de Rusia en el escenario mundial. Para ello, el resultado del foro debe ser un proceso de reconstrucción detallado que determinará los caminos por los que Rusia y su “círculo de amigos” deben avanzar en el futuro previsible. Este proceso, por supuesto, incluye una amplia comprensión del papel de Rusia en el mundo, un aumento en el nivel de habilidades macroeconómicas, gracias al cual será posible responder más rápidamente a los desafíos existentes, incluidos los relacionados con el COVID- 19 pandemia. Establecer canales de retroalimentación con negocios internacionales, a su vez, puede requerir esfuerzos adicionales por parte de Moscú. Sin embargo, esto es sumamente importante, porque Rusia pretende lograr un gran éxito en el marco del VI Foro Económico Oriental.

No sólo la errónea apreciación de la situación, la imprevisión y la indecisión sino también sus arrogantes generales y almirantes llevaron al desastre norteamericano en el Hindu Kush.

Por Eduardo J. Vior

La ceguera ideológica, la arrogancia del alto mando, la ausencia de claridad estratégica y la carencia de conducción convirtieron la inevitable derrota de Estados Unidos en el Hindu Kush en una catástrofe. Desde que Donald Trump firmó en febrero de 2020 el acuerdo con los talibanes, para retirar a las tropas norteamericanas del país de Asia Central hasta mayo de 2021 (plazo que Joe Biden luego prorrogó hasta el 31 de agosto venidero) era previsible para cualquier observador sin anteojeras que los insurgentes se harían con el poder y que el Imperio estaba derrotado. Sin embargo, la combinación de soberbia, falta de realismo, acomodamiento y decrepitud (no sólo del presidente) que reinan en Washington transformó la previsible pérdida en un terremoto de alcance mundial.

Dicen que la inteligencia de EE.UU. predijo la rápida derrota del Ejército afgano, mientras que Biden minimizaba la amenaza. Solo después del evidente caos el mandatario estadounidense habría admitido que los talibanes habían conseguido hacerse con el control del país mucho más rápido de lo que esperaba su gobierno.


Combatientes talibanes en Kabul, Afganistan, el 16 a de agosto de 2021. Reuters

Funcionarios de inteligencia de EE.UU. afirman haber advertido tempranamente sobre el colapso de las fuerzas armadas de Afganistán y una rápida toma del poder por parte de los talibanes, reveló un informe publicado este martes por The New York Times. Las evaluaciones de inteligencia estadounidenses ya venían cuestionando si las fuerzas afganas estaban dispuestas a resistir el avance talibán y si el gobierno del país se encontraba en capacidad de mantener el control de la capital. En julio, los informes fueron incluso más pesimistas, sugiriendo que los combatientes afganos no estaban preparados para evitar una derrota, según los documentos clasificados. Las tropas estaban mal pagadas y muchas veces no les llegaban ni los sueldos ni las vituallas, que eran comercializadas por sus jefes en el mercado negro o vendidas a los propios talibanes

Mientras Washington se preparaba para la retirada de sus tropas, el mes pasado Biden seguía desvalorizando las capacidades de los combatientes islámicos, afirmando que una invasión era muy poco probable y prometiendo que no habría una evacuación caótica de los estadounidenses como al término de la guerra de Vietnam en 1975.


En vez de disculparse por el desastre, el pasado lunes Biden dijo en su discurso que “la construcción de una nación nunca fue un objetivo de la ocupación norteamericana en Afganistán”.

Sin embargo, el fin de semana pasado, el Ejército Nacional Afgano terminó rindiéndose sin luchar, a medida que los talibanes tomaban el control de la capital. El presidente Ashraf Ghani renunció a su cargo y abandonó el país en dirección a Uzbequistán, llevándose consigo cuatro coches cargados con 160 millones de dólares de las arcas del Estado, para recalar finalmente en Doha, en los Emiratos. El personal diplomático estadounidense también tuvo que ser evacuado rápidamente hacia el aeropuerto de Kabul, mientras dejaba atrás y sin preaviso a miles de colaboradores y traductores.

Fue sólo después de que el caos se hizo evidente que el mandatario norteamericano admitió que los rebeldes afganos habían conseguido hacerse con el control del país mucho más rápido de lo que esperaba su equipo.

Uno de los informes de inteligencia publicado por The New York Times suponía que el grupo rebelde primero cruzaría la frontera, después se trasladaría a las capitales de las provincias, antes de asegurar el territorio en el norte, para luego ingresar a Kabul, predicciones que –según el diario neoyorquino- en gran medida habrían sido precisas. Sin embargo, informaciones de Afganistán revelan, primero, que los talibanes todos los días cruzan la frontera con el norte y el oeste de Paquistán, simplemente, porque la mayoría de ellos pertenecen a la etnia pashtún, que representa el 42% de la población afgana y está asentada a ambos lados de la frontera convenida en 1922 entre el Imperio Británico y el Reino de Afganistán, después de que las tropas imperiales fueran derrotadas en su tercer intento de invadir el país de Asia Central.

En segundo lugar, aprendiendo de la experiencia de 2001, los talibanes ya no libran batallas frontales, sino que se infiltran silenciosamente en las ciudades, para que esas “células dormidas” actúen en el momento del combate. Así lo hicieron en Kandahar, Jalalabad y, finalmente, en Kabul. No necesitaron “tomar” las ciudades. Enfrentados a la ofensiva externa y al levantamiento interno, las defensas gubernamentales se desmoronaron. Con su parafernalia de big data la comunidad de inteligencia norteamericana no previó que la capilaridad de la sociedad afgana y el cansancio por la indecible corrupción y latrocinio del gobierno títere abrirían las puertas de las mayores ciudades a los seguidores del histórico Mulá Omar casi sin derramamiento de sangre.

«La mayoría de las evaluaciones de EE.UU. se habían centrado en cuán bien iría a las fuerzas de seguridad afganas en una lucha con los talibanes. En realidad, nunca pelearon realmente», comentó Seth Jones, un experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington.

Los talibanes tienen ahora el enorme problema de poner orden en sus propias filas, evitar desbordes que los aíslen internamente frente a otras etnias y grupos religiosos, mostrarse tolerantes con las mujeres y, sobre todo, con la minoría chiíta del oeste (Herat), protegida por Irán, administrar la cotidianeidad, formar un gobierno de coalición, controlar el tráfico del opio comercializado por norteamericanos y británicos a través de Turkmenistán hacia Azerbaiyán, Turquía y Europa, y obtener el reconocimiento de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por su nombre en inglés), llave maestra para tener relaciones pacíficas dentro de Asia y obtener asistencia financiera y económica.

Sin embargo, la batalla principal de la posguerra se libra en Washington. Durante dos décadas los elegantes generales de cuatro estrellas y almirantes norteamericanos llegaron a enterrar un billón de dólares en el pobre país del Hindu Kush. Caudillos políticos como el general David Petraeus mandonearon a los gobiernos civiles. Ahora, el informe publicado en el diario de los Sulzberger intenta echar la culpa al equipo presidencial de Joe Biden. Otros informes en los medios capitalinos están “descubriendo” la corrupción y el defaitismo del ejército afgano. La prestigiosa Foreign Affairs llegó a publicar el martes 17 que “la principal responsabilidad de este trágico final de 20 años de esfuerzos de construcción del Estado en Afganistán recae directamente en los dirigentes afganos”. Nadie habla de la colusión del Estado Mayor Conjunto de EE.UU. con las empresas que sobrefacturan miles de millones de dólares de material innecesario para alimentar guerras permanentes que sólo conducen a una derrota tras otra, miserablemente encubiertas por los medios asociados al mismo poder.

Es probable que el dinámico y asertivo Jarek Sullivan tenga los días contados al frente del Consejo de Seguridad Nacional. Puede seguirlo el “todo según lo establecido” secretario de Estado Antony Blinken. Ya es más difícil, en cambio, que la empresa Raytheon deje caer a su testaferro en el Pentágono, el secretario de Defensa Lloyd Austin.


“No sé, quizás”. El miércoles el subsecretario de Defensa, John Kirby, respondió muy vagamente a las preguntas de los periodistas sobre la capacidad del US-Army para asegurar la evacuación en Kabul.

La denegación del fracaso conlleva la tentación de repetir las mismas acciones que lo produjeron. Siempre el responsable está afuera. Probablemente, muchos entorchados piensen que, si ellos se hicieran cargo del gobierno, las cosas se harían “como se debe”. No obstante, que los generales y almirantes no se equivoquen: si ocupan el gabinete de Biden, se habrán quedado sin amortiguador. Todas las tensiones de un mundo en transición y de una nación norteamericana desengañada y desesperanzada caerán sobre las fuerzas armadas sin que nadie las proteja. Cuando hacia 1960 el Imperio Británico se derrumbó y decenas de sus colonias se independizaron, la Reina Isabel se puso la mochila al hombro y reaseguró a la aristocracia, el gran capital financiero y los militares la continuidad del poder británico por otros medios. Estados Unidos carece de ese paraguas tradicionalista. La lealtad de sus ciudadanos y la aceptación de sus aliados las ha obtenido y mantenido por una hábil combinación (a veces, prestidigitación) de consumismo y excepcionalismo. Si no hay una cosa ni la otra y no hay rey que los cobije, quedan desnudos y a la intemperie. El gran derrotado de la guerra de Afganistán debe pagar ahora sus cuentas.

Entrevista realizada al Director de Dossier Geopolitico Lic. Carlos Pereyra Mele; la Periodista Luisa Valmaggia y Hugo Gulman para el Programa «Abrir el Juego» de Radio Cooperativa de BsAs «La 770», sobre Afganistan y consecuencias del mismo en America del Sur.

Equipo de Abrir el Juego: El Analista político internacional, en diálogo con Abrir el Juego, nos da su mirada sobre la situación en Afganistán.

AUDIO:

Lic. Carlos Pereyra Mele – Director del Equipo Dossier Geopolítico

Mi análisis sobre Afganistán y las lecciones que debemos aprender los Latinoamericanos de lo acontecido con la deshonrosa derrota de EEUU y la OTAN. Para la Radio de la Ciudad de San Francisco de Córdoba Argentina

AUDIO

El analista internacional Miguel Barrios abordó en Radio Leaks la historia reciente del pueblo afgano y su importancia estratégica al estar en el centro de Asia.

El surgimiento talibán en los ’90 financiados fue financiado por Estados Unidos para contener el avance soviético en Asia. Sin embargo, su fundamentalismo islámico talibán comenzó a ser un problema no solo para EEUU sino para la región.

💬 «Afganistán, a pesar de que se calcula que se gastaron 2 billones de dólares para la guerra, en lo que parecía ser la desaparición de los talibanes y una estabilidad de la zona, sin embargo lo que nosotros conocíamos, en realidad los talibanes nunca fueron derrotados, se habían agazapado en su zona montañosa. No nos olvidemos que es un pueblo que nunca perdió una guerra, ni siquiera Alejandro Magno pudo vencerlos, y al mismo tiempo el gobierno títere que instaló EEUU se dedicaba año a año a explotar el opio que seguía vendiendo al mundo» comentó Barrios.

Escuchá #RadioLeaks, con Sebastián Salgado los domingos a las 20:00 (GMT-3)

El 12 de agosto de 2021 será el día en que los talibanes vengaron la invasión de Estados Unidos y dieron el golpe que derribó a su hombre en Kabul. Articulo autorizado para Dossier geopolitico por su Autor Pepe Escobar

Pepe Escobar Asia Times 13 de agosto 2021

12 de agosto de 2021. La historia lo registrará como el día en que los talibanes, casi 20 años después del 11 de septiembre y el posterior derrocamiento de su reinado de 1996-2001 por los bombardeos estadounidenses, asestaron el golpe decisivo contra el gobierno central en Kabul.

En una guerra relámpago coordinada, los talibanes casi capturaron tres centros cruciales: Ghazni y Kandahar en el centro, y Herat en el oeste. Ya habían capturado la mayor parte del norte . En su forma actual, los talibanes controlan 14 (la cursiva es mía) capitales de provincia y contando.

A primera hora de la mañana, tomaron Ghazni, que se encuentra a unos 140 kilómetros de Kabul. La carretera pavimentada está en buen estado. Los talibanes no solo se están acercando cada vez más a Kabul: para todos los propósitos prácticos, ahora controlan la arteria principal del país, la autopista 1 de Kabul a Kandahar a través de Ghazni. 

Eso en sí mismo es un cambio de juego estratégico. Permitirá a los talibanes rodear y asediar Kabul simultáneamente desde el norte y el sur, en un movimiento de pinza. 

Kandahar cayó al anochecer después de que los talibanes lograron romper el cinturón de seguridad alrededor de la ciudad, atacando desde varias direcciones.

En Ghazni, el gobernador provincial Daoud Laghmani hizo un trato, huyó y luego fue arrestado . En Kandahar, el gobernador provincial Rohullah Khanzada, que pertenece a la poderosa tribu Popolzai, se fue con solo unos pocos guardaespaldas.

Optó por comprometerse en un acuerdo elaborado, convenciendo a los talibanes de que permitieran que los militares restantes se retiraran al aeropuerto de Kandahar y fueran evacuados en helicóptero. Todo su equipo, armas pesadas y municiones deben transferirse a los talibanes. 

Las Fuerzas Especiales afganas representaron la flor y nata de la cosecha en Kandahar. Sin embargo, solo estaban protegiendo algunos lugares selectos. Ahora su próxima misión puede ser proteger Kabul. El acuerdo final entre el gobernador y los talibanes debería cerrarse pronto. De hecho, Kandahar ha caído.

En Herat, los talibanes atacaron desde el este, mientras que el famoso ex señor de la guerra Ismail Khan, al frente de su milicia, libró una tremenda lucha desde el oeste. Los talibanes conquistaron progresivamente el cuartel general de la policía, «liberaron» a los presos y sitiaron la oficina del gobernador.

Se acabó el juego: Herat también ha caído con los talibanes controlando ahora todo el oeste de Afganistán, hasta las fronteras con Irán.     

Tet Offensive, remezclado

Los analistas militares se lo pasarán en grande deconstruyendo este talibán equivalente a la Ofensiva Tet de 1968 en Vietnam. La inteligencia satelital puede haber sido fundamental: es como si todo el progreso del campo de batalla se hubiera coordinado desde arriba.

Sin embargo, hay algunas razones bastante prosaicas para el éxito del ataque además de la perspicacia estratégica: corrupción en el Ejército Nacional Afgano (ANA); desconexión total entre Kabul y los comandantes del campo de batalla; falta de apoyo aéreo estadounidense; la profunda división política en la propia Kabul.

Paralelamente, los talibanes se habían acercado en secreto durante meses, a través de conexiones tribales y lazos familiares, ofreciendo un trato: no luches contra nosotros y te salvarás.

Añádase a esto un profundo sentimiento de traición por parte de Occidente que sienten aquellos relacionados con el gobierno de Kabul, mezclado con el miedo a la venganza de los talibanes contra los colaboracionistas.

Una trama secundaria muy triste, a partir de ahora, se refiere a la impotencia de los civiles, que sienten aquellos que se consideran atrapados en ciudades que ahora están controladas por los talibanes. Los que lo lograron antes del ataque son los nuevos desplazados internos afganos, como los que establecieron un campo de refugiados en el parque Sara-e-Shamali en Kabul.

En Kabul circulaban rumores de que Washington había sugerido al presidente Ashraf Ghani que renunciara, despejando el camino para un alto el fuego y el establecimiento de un gobierno de transición. 

En el expediente, lo que está establecido es que el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el jefe del Pentágono, Lloyd Austin, le prometieron a Ghani que “seguirá comprometido” en la seguridad afgana.

Los informes indican que el Pentágono planea redistribuir a 3.000 soldados e infantes de marina a Afganistán y otros 4.000 a la región para evacuar la embajada de Estados Unidos y ciudadanos estadounidenses en Kabul.

La supuesta oferta a Ghani en realidad se originó en Doha y provino de la gente de Ghani, como confirmé con fuentes diplomáticas.

La delegación de Kabul, encabezada por Abdullah Abdullah, presidente de algo llamado Alto Consejo para la Reconciliación Nacional, a través de la mediación de Qatar, ofreció a los talibanes un acuerdo de reparto del poder siempre que detuvieran el ataque. No se ha mencionado la renuncia de Ghani, que es la condición número uno de los talibanes para cualquier negociación.

La troika ampliada en Doha trabaja horas extraordinarias. Estados Unidos alinea el objeto inamovible Zalmay Khalilzad, ampliamente burlado en la década de 2000 como «el afgano de Bush». Los paquistaníes tienen al enviado especial Muhammad Sadiq y al embajador en Kabul Mansoor Khan.

Los rusos tienen al enviado del Kremlin a Afganistán, Zamir Kabulov. Y los chinos tienen un nuevo enviado afgano, Xiao Yong.

Rusia-China-Pakistán están negociando con la mentalidad de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS): los tres son miembros permanentes. Enfatizan un gobierno de transición, el poder compartido y el reconocimiento de los talibanes como una fuerza política legítima.

Los diplomáticos ya están insinuando que si los talibanes derrocan a Ghani en Kabul, por cualquier medio, serán reconocidos por Beijing como los gobernantes legítimos de Afganistán, algo que establecerá otro frente geopolítico incendiario en la confrontación contra Washington.

Tal como están las cosas, Beijing solo está alentando a los talibanes a lograr un acuerdo de paz con Kabul.

El acertijo de Pashtunistan

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, no ha escatimado palabras al entrar en la refriega . Confirmó que los líderes de los talibanes le dijeron que no hay negociación con Ghani en el poder, incluso mientras trataba de persuadirlos para que llegaran a un acuerdo de paz.

Khan acusó a Washington de considerar a Pakistán como «útil» solo cuando se trata de presionar a Islamabad para que use su influencia sobre los talibanes para negociar un acuerdo, sin considerar el «lío» que dejaron los estadounidenses. 

Khan dijo una vez más que «dejó muy claro» que no habrá bases militares estadounidenses en Pakistán. 

Este es un muy buen análisis de lo difícil que es para Khan e Islamabad explicar la compleja participación de Pakistán con Afganistán en Occidente y también en el Sur Global.

Las cuestiones clave son bastante claras:

1. Pakistán quiere un acuerdo de poder compartido y está haciendo todo lo posible en Doha, junto con la troika ampliada, para alcanzarlo.

2. Una toma de poder de los talibanes conducirá a una nueva afluencia de refugiados y puede alentar a los yihadistas del tipo al-Qaeda, TTP e ISIS-Khorasan a desestabilizar Pakistán.

3. Fue Estados Unidos quien legitimó a los talibanes al llegar a un acuerdo con ellos durante la administración de Donald Trump.

4. Y debido a la desordenada retirada, los estadounidenses redujeron su influencia, y la de Pakistán, sobre los talibanes.

El problema es que Islamabad simplemente no logra transmitir estos mensajes.

Y luego hay algunas decisiones desconcertantes. Tome la frontera de AfPak entre Chaman (en Baluchistán de Pakistán) y Spin Boldak (en Afganistán).

 Los paquistaníes cerraron su lado de la frontera. Todos los días, decenas de miles de personas, en su inmensa mayoría pashtunes y baluchis, de ambos lados cruzan de un lado a otro junto a un megaconvoy de camiones que transportan mercancías desde el puerto de Karachi hasta el Afganistán sin litoral. Cerrar una frontera comercial tan vital es una propuesta insostenible.

Todo lo anterior conduce posiblemente al problema final: ¿qué hacer con Pashtunistan?

El meollo absoluto del asunto cuando se trata de la participación de Pakistán en Afganistán y la interferencia afgana en las áreas tribales paquistaníes es la Durand Line completamente artificial, diseñada por el Imperio Británico.

La pesadilla definitiva de Islamabad es otra partición. Los pastunes son la tribu más grande del mundo y viven a ambos lados de la frontera (artificial). Islamabad simplemente no puede admitir una entidad nacionalista que gobierne Afganistán porque eso eventualmente fomentará una insurrección pastún en Pakistán.

Y eso explica por qué Islamabad prefiere a los talibanes en comparación con un gobierno nacionalista afgano. Ideológicamente, el Pakistán conservador no es tan diferente del posicionamiento de los talibanes. Y en términos de política exterior, los talibanes en el poder encajan perfectamente con la inamovible doctrina de «profundidad estratégica» que opone a Pakistán a la India.

Por el contrario, la posición de Afganistán es clara. La Línea Durand divide a los pastunes a ambos lados de una frontera artificial. Por lo tanto, ningún gobierno nacionalista en Kabul nunca abandonará su deseo de un Pashtunistán unido y más grande.

Como los talibanes son de facto una colección de milicias de caudillos, Islamabad ha aprendido por experiencia cómo lidiar con ellos. Prácticamente todos los caudillos y milicias de Afganistán son islámicos.

Incluso el acuerdo actual de Kabul se basa en la ley islámica y busca el consejo de un consejo de Ulema. Muy pocos en Occidente saben que la ley Sharia es la tendencia predominante en la actual constitución afgana.

Cerrando el círculo, en última instancia, todos los miembros del gobierno de Kabul, los militares, así como gran parte de la sociedad civil, provienen del mismo marco tribal conservador que dio origen a los talibanes.

Aparte del ataque militar, los talibanes parecen estar ganando la batalla de las relaciones públicas nacionales debido a una ecuación simple: retratan a Ghani como un títere de la OTAN y de Estados Unidos, el lacayo de los invasores extranjeros.

Y hacer esa distinción en el cementerio de imperios siempre ha sido una propuesta ganadora.

16 años promoviendo semanalmente la Geopolitica; Análisis Radial Semanal de Geopolitica de Carlos Pereyra Mele para el Programa: el Club de la Pluma, que conduce el periodista Norberto Ganci por la Radio Web al Mundo. 

Eje Central:

Sigue profundizandose el conflicto entre Atlantistas (EEUU y socios) y Continentalistas (China y sus socios) conflicto que conduce a un mundo Bipolar nuevamente

AUDIO

El director de Dossier Geopolítico, Carlos Pereyra Mele, inicia la columna semanal de geopolítica, del Club de La Pluma analizando la actualidad de Sudamérica y nos alerta del silencio mediático sobre aquellos países alineados disciplinadamente de EEUU y de lo poco que se habla de los conflictos en Colombia y Chile. También de que hay mucho ruido alrededor de Bolsonaro por sus amenazas públicas al poder judicial y legislativo, por sus ostentaciones militares, con paseos de tanques incluidos y por su exhibición simultánea de autoritarismo y fragilidad política. 

También anuncia LA GUERRA DEL PERÚ, dónde ya comenzaron las maniobras golpistas del poder en las sombras contra Pedro Castillo utilizando la Constitución «a medida de Fujimori”, con intentos de juicio político y con una desbandada del precio del dólar como respuesta del poder de las mineras al anuncio de nuevos impuestos decretado por el  gobierno democrático. Todo en un contexto ya muy conocido, o sea, el clásico escenario de conflictos cuando el neoliberalismo pierde el poder 

Y para terminar con la región, nuestro director analiza cómo se ha puesto de manifiesto el interés de Washington por nuestro país, al desmenuzar las recientes y sucesivas visitas a Argentina de personajes claves norteamericanos, cercanos a la seguridad, el ejército y la cibernética. Y se pregunta qué pretenden ésta especie de vicecónsules que se pasean por aquí repartiendo palos y zanahorias, o mejor dicho, castigos y premios. Y nos explica el trasfondo de una pretendida relación asimétrica, para que el país se aleje de Rusia y China, a cambio de vagas promesas a largo plazo, pero nunca de soluciones concretas e inmediatas a la grave crisis que padecemos por las políticas neoliberales de EEUU.

El individualismo capitalista prolonga la pandemia 

Y entrando en materia geopolítica, Pereyra Mele vuelve al tema de las vacunas, preguntándose ¿POR QUÉ SOLO SE HA VACUNADO A UN QUINTO DE LA POBLACIÓN MUNDIAL? Entonces, nos habla de los alcances de tan injusta discriminación y del peligro que genere otras olas de contagios más incontrolables y que se aleje la oportunidad de entrar en un período sostenible de recuperación económica. Y razona los motivos de semejante desaguisado, que tiene que ver con las grandes potencias, con su clase dirigente y con los intereses económicos que han creado esta forma arbitraria de distribución de las vacunas por el mundo. Y cierra la columna analizando las diferencias con que, tanto Occidente como Oriente, han asumido su lucha contra el Covid y aborda los diferentes comportamientos de las potencias, según cada bloque. Compara entonces, con cifras confirmadas y datos concluyentes, los contagios y las muertes, tanto de las potencias anglosajonas como de las asiáticas; y el resultado es impresionante y devastador para el “Atlantismo” liderado por EEUU. Una realidad cruel y contundente que le lleva a preguntarse ¿QUÉ HA PASADO EN OCCIDENTE? para que tenga tan terrible cantidad de víctimas, a pesar de su poder económico, a pesar de haber acaparado insumos, recursos y vacunas, y a pesar del bloqueo de las patentes. 

Unos macabros resultados que son escandalosos y sideralmente diferentes a los de Oriente, cuando además y ahora mismo, ese mismo Occidente, que se considera “líder en valores y ejemplos a seguir” pretende aplicar una tercera dosis a su población, lo que condenará a la otra parte pobre del mundo a esperar más allá del 2023 para acceder a su vacunación. 

Ante semejante fracaso, el analista recuerda con tristeza aquellas lamentables palabras de nuestro ex presidente: “… No hay que cerrar la economía… quién tenga que morir, morirá…” y sentencia que por ese criterio nefasto, individualista y egoísta, Occidente tiene los resultados que tiene, mientras que China y su entorno, han reacomodado rápidamente su economía y avanzan en el crecimiento y en el progreso. 

Eduardo Bonugli (Madrid, 15/0//21)

Sullivan – Bolsonaro Brasilia
Sullivan – A. Fernandez Buenos Aires